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Las naves de la Tierra [The Ships of Earth - es]

Электронная книга - «Las naves de la Tierra [The Ships of Earth - es]». Краткое содержание книги:

El planeta Armonía, colonizado por humanos hace casi cuarenta millones de años, ha estado siempre bajo el cuidado de una inteligencia artificial: el Alma Suprema, el ordenador que todo lo sabe y todo lo protege. Pero el Alma Suprema ha envejecido y está debil. Debe volver a la lejana Tierra para recabar la ayuda del Guardián.
Nafai y su familia, los elegidos del Alma Suprema, deben afrontar una larga travesía por el desierto y dirigirse, aun sin saberlo, hacia el viejo puerto espacial de Armonía que, tras cuarenta millones de años, espera, en silencio y abandonado, la orden que ha de lanzar de nuevo las viejas naves interestelares hacia su largo retorno a la Tierra. Pero no todos los expedicionarios han elegido o aceptado su exilio ni los designios del Alma Suprema. Los odios, las rivalidades y las luchas por el liderazgo hacen todavía más arduo un viaje ya de por si difícil.
De nuevo Card se muestra como un maestro en la comprensión de la psicología de las personas y nos ofrece, como ya hiciera en El Juego de Ender, un interesante retrato del ser humano y de sus motivaciones. La lucha por el dominio de un pequeño grupo, los puntos de los diversos sexos, el difícil paso del matriarcado de Basílica a un patriarcado justificado por la dureza de la vida nómada son, en manos de Orson Scott Card, elementos más que suficientes para hacer de libro una narración que se recuerda con satisfacción y agradecimiento
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Pero ahora, al verle, comprendió que no tenía miedo de él, pues el sueño le había infundido esperanzas. No, tenía miedo de lo que él pensaría de ella, un temor aún más antiguo y oscuro. ¿Sabía Issib lo que Rasa y el Alma Suprema habían planeado? ¿Ya la observaba mientras ella armaba la tienda, evaluándola? Si así era, estaría muy decepcionado. Le imaginaba pensando: Desde luego, el tullido se queda con la fea, la larguirucha, la de rostro agrio cuyo cuerpo jamás atrajo la mirada de los hombres. La estudiosa, que no tiene talento para hacer reír a nadie, salvo a su hermana menor Luet (ella sí es brillante, pero pertenece a Nafai). Él debe estar pensando: Tendré que conformarme, porque soy un tullido y no tengo elección. Tal como yo estoy pensando: Tendré que conformarme con el tullido, porque ningún otro hombre me aceptará.

¿Cuántos matrimonios habían comenzado con sentimientos similares? ¿Algunos eran felices, al final?

Se demoró todo lo posible, saboreando la cena, que era mejor que todo lo que habían comido mientras viajaban. Zdorab y Volemak habían encontrado hortalizas silvestres y raíces en el valle y habían servido un guisado, en vez de pasas y charqui, y pan fresco con levadura, en vez de las galletas y bizcochos duros con que habían tenido que conformarse durante la travesía. Pronto sería mejor aún, pues Volemak había sembrado un huerto, y dentro de pocas semanas habría melones y calabazas, zanahorias, cebollas y rábanos.

Todos estaban cansados y aprensivos durante la cena. Aún recordaban el intento de ejecución de Nafai, mucho más bochornoso ahora que habían regresado a Volemak y veían con cuánta desenvoltura ejercía su autoridad, siendo un auténtico líder, mucho más fuerte que un bravucón prepotente como Elemak. Todos temían algún ajuste de cuentas con el anciano, ¿pues cuántos de ellos —con excepción de Eiadh, y por supuesto de Nafai— podían sentirse orgullosos de su actuación? Así, aunque la comida era sabrosa, nadie salvo Hushidh tenía muchos deseos de quedarse a charlar. No había gratas remembranzas del viaje, ni anécdotas divertidas para contar a quienes los habían esperado. En cuanto despejaron la mesa, las parejas fueron a sus tiendas.

Se fueron tan repentinamente que Hushidh, a pesar de su ansiedad por evitar ese momento, descubrió, al regresar del arroyo con los cacharros que había lavado, que Shedemei era la única mujer que quedaba, y Zdorab e Issib los únicos hombres. Ya reinaba un embarazoso silencio, pues Shedemei no era buena conversadora, y Zdorab e Issib parecían enfermizamente tímidos. Cuan difícil para todos, pensó Hushidh. Sabemos que somos la resaca del grupo, y que sólo estamos reunidos aquí porque nadie nos quería, salvo el Alma Suprema. Y algunos ni siquiera por eso, pues el pobre Zdorab estaba allí porque Nafai le había impuesto un juramento en vez de matarle a las puertas de Basílica, la noche en que murió Gaballufix.

—Qué grupo tan taciturno —dijo Volemak.

Hushidh irguió la cabeza con alivio y vio que Volemak y Rasa regresaban a la fogata. Debían haber comprendido que era preciso decir algo, hacer presentaciones, al menos, entre Shedya y el bibliotecario, que ni siquiera se conocían.

—Yo estaba entrando en la tienda de mi esposo —dijo Rasa—, pensando en lo agradable que era estar de vuelta con él, cuando de repente eché de menos a mis compañeros de viaje, Shuya y Shedya, y luego recordé que no había cumplido con mi deber de dama de esta casa.

—¿Casa? —dijo Issib.

—Las paredes pueden ser de piedra y el techo puede ser el cielo, pero ésta es mi casa, un lugar de refugio para mis hijas y de seguridad para mis hijos —dijo Rasa.

—Nuestra casa —observó gentilmente Volemak.

—En verdad, hablé de mi casa llevada por los viejos hábitos de Basílica, donde las casas pertenecían sólo a las mujeres.

Rasa se llevó la mano de su esposo a los labios, la besó y le sonrió.

—Aquí —dijo Volemak—, las casas pertenecen al Alma Suprema, que nos alquila ésta a un precio razonable. Cuando nos marchemos de aquí, los mandriles que viven corriente abajo se quedarán con el huerto.

—Hushidh, Shedemei, creo que conocéis a mi hijo Issib —dijo Rasa.

—Nuestro hijo —dijo Volemak, con igual gentileza—. Y este hombre es Zdorab, quien fue archivista de Gaballufix, pero ahora sirve en nuestro campamento como jardinero, bibliotecario y cocinero.

—Pésimo en las tres cosas, me temo —dijo Zdorab.

Rasa sonrió.

—Voltya me ha dicho que Issib y Zdorab han explorado el índice mientras aguardaban aquí. Y sé que mis dos queridas sobrinas, Shuya y Shedya, tendrán un profundo interés en lo que ellos han encontrado.

—El índice del Alma Suprema es la senda hacia toda la memoria de la Tierra —dijo Volemak—. Y ya que nos dirigimos a la Tierra, es tan importante estudiar esa gran biblioteca como realizar las tareas que nos permiten sobrevivir en este desierto.

—Sabes que cumpliremos con nuestro deber —dijo Shedemei.

Hushidh sabía que no se refería únicamente a los estudios.

—Oh, basta de evasivos buenos modales —dijo Rasa—. Todos sabéis que sois los solteros, y que todos deben casarse para que esto dé resultado, con lo cual quedáis sólo vosotros cuatro. Sé que no hay motivos para que no dispongáis de libertad para arreglar vuestras cosas, pero os diré que por edad y experiencia me imaginé que Hushidh terminaría con Issib y Shedemei con Zdorab. No tiene por qué ser así, pero creo que sería útil que al menos exploraseis las posibilidades.

—La dama Rasa habla de experiencia —dijo Zdorab—, pero debo señalar que soy un hombre sin experiencia en lo concerniente a las mujeres, y temo ofender con cada palabra que diga.

Shedemei rió despectivamente.

—Lo que ha querido decir Shedemei, con su parca elocuencia —intervino Rasa—, es que no puede concebir que tengas menos experiencia con las mujeres que ella con los hombres. Shedemei también está segura de su habilidad para ofenderte con cada palabra, por eso optó por responderte sin usar ninguna.

El absurdo de la situación, sumado a la torpeza de Shedemei y la tímida cortesía de Zdorab, fue demasiado para Hushidh. Se echó a reír, y pronto los demás la imitaron.

—No hay prisa —dijo Volemak—. Tomaos tiempo para conoceros.

—Yo preferiría terminar con esto cuanto antes —dijo Shedemei.

—El matrimonio no es algo que terminas, sino algo que comienzas —dijo Rasa—. Así pues, como decía Volemak, tomaos vuestro tiempo. Cuando estéis preparados, acudid a mí o a mi esposo, y podremos asignaros tiendas, tras las ceremonias de rigor.

—¿Y si nunca estamos preparados? —preguntó Issib.

—Ninguno de nosotros vivirá tanto corno para ver el nunca —dijo Volemak—. Y en cuanto al presente, será suficiente con que procuréis conoceros y simpatizar.

Eso fue todo, salvo algunas palabras de elogio por la cena que Zdorab había preparado. Pronto se dividieron, y Hushidh siguió a Shedemei a la tienda que compartían por el momento.

—Bien, eso fue tranquilizador —dijo Shedemei.

Hushidh tardó un instante en comprender que Shedya hablaba irónicamente. Siempre le pasaba lo mismo.

—Yo no me siento tranquila —respondió.

—¿No te pareció encantador que nos permitieran tomarnos tiempo para decidir si haríamos lo inevitable? Es como darle a un reo la palanca de la trampa del patíbulo y decirle: «Cuando estés preparado.»

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