Las naves de la Tierra [The Ships of Earth - es]
- Автор: Кард Орсон Скотт
- Серия: Saga del retorno #3
- Год: 1995
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-5579-7
- Переводчик: Carlos Gardini
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Las naves de la Tierra [The Ships of Earth - es]». Краткое содержание книги:
Nafai y su familia, los elegidos del Alma Suprema, deben afrontar una larga travesía por el desierto y dirigirse, aun sin saberlo, hacia el viejo puerto espacial de Armonía que, tras cuarenta millones de años, espera, en silencio y abandonado, la orden que ha de lanzar de nuevo las viejas naves interestelares hacia su largo retorno a la Tierra. Pero no todos los expedicionarios han elegido o aceptado su exilio ni los designios del Alma Suprema. Los odios, las rivalidades y las luchas por el liderazgo hacen todavía más arduo un viaje ya de por si difícil.
De nuevo Card se muestra como un maestro en la comprensión de la psicología de las personas y nos ofrece, como ya hiciera en El Juego de Ender, un interesante retrato del ser humano y de sus motivaciones. La lucha por el dominio de un pequeño grupo, los puntos de los diversos sexos, el difícil paso del matriarcado de Basílica a un patriarcado justificado por la dureza de la vida nómada son, en manos de Orson Scott Card, elementos más que suficientes para hacer de libro una narración que se recuerda con satisfacción y agradecimiento
—Creí que era hombre muerto —murmuró Rasa, asiendo la mano de Luet—. Creí que lo había perdido.
—También yo, por momentos —dijo Luet.
—Pero te aseguro una cosa —dijo Rasa—. Si Elemak hubiera consumado esto, habría muerto antes del anochecer.
—Yo también tramaba su muerte en mi corazón —dijo Luet.
—Somos más animales de lo que creemos. ¿Alguna vez soñaste semejante cosa? ¿Que de pronto estaríamos dispuestas a matar?
—Como mandriles, protegiendo la tribu —dijo Luet.
—Todo un descubrimiento, ¿verdad? Luet sonrió y le estrujó la mano.
—No lo revelemos a nadie —dijo—. Los hombres se pondrían nerviosos si supieran que somos tan peligrosas.
—Ahora no importa —dijo Rasa—. El Alma Suprema fue más fuerte de lo que yo creía. Ahora todo ha terminado.
Luet regresó a su camello, pensando que no había terminado. Llegaría el día en que habría otra lucha por el poder. Y la próxima vez no habría garantías de que el Alma Suprema pudiera salirse con la suya. Si Elemak hubiera decidido disparar el pulsador una sola vez, todo habría concluido; la próxima vez podría comprenderlo y no se dejaría distraer por una tontería como la súplica de Rasa de que sólo atara y abandonara a Nafai. Había faltado muy poco. Y al final, Luet sabía que el odio de Elemak por Nafai era más fuerte que nunca, aunque por un tiempo él lo negaría, fingiría aun ante sí mismo que su odio se había disipado. Puedes engañar a los demás, Elemak, pero yo te estaré vigilando. Y si algo le sucede a mi esposo, te lo aseguro, será mejor que me mates a mí también. Será mejor que me dejes bien muerta, y aun así, si puedo encontrar un modo, regresaré de la tumba para vengarme.
—Estás temblando, Lutya —dijo Hushidh.
—¿Sí? —Tal vez por eso le costaba tanto ceñir la cincha de la silla del camello.
—Como un ala de libélula.
—Fue realmente estremecedor —dijo Luet—. Todavía estoy alterada.
—Todavía estás celosa de Eiadh, eso es lo que pasa —dijo Hushidh.
—En absoluto. Nafai me ama total y absolutamente.
—Sí, así es. Pero todavía veo en ti mucha furia hacia Eiadh.
Luet sabía que era cierto, sí, sentía celos de Eiadh. Pero Hushidh lo había llamado furia, y ella no había comprendido que el sentimiento era tan fuerte.
—No me enfurece que ame a Nafai, de veras que no.
—Oh, lo sé —dijo Hushidh—. Mejor dicho, ahora lo veo. No, creo que estás furiosa con ella, y celosa de ella, porque ella pudo salvar la vida de tu esposo, y tú no.
Sí, pensó Luet. De eso se trataba. Y ahora que Hushidh lo había dicho, sintió el dolor de la frustración, y derramó ardientes lágrimas de cólera y vergüenza.
—Eso es —dijo Hushidh—. Es bueno exteriorizarlo. Es bueno.
—Me alegra. Ya que de un modo u otro voy a llorar como una tonta, es mejor que sea bueno.
Todavía estaba llorando cuando Nafai se acercó a ayudarla con el camello.
—Eres la última —dijo Nafai.
—Creo que sólo necesitaba que me tocaras una vez más —dijo—. Para asegurarme de que estás vivo.
—Todavía respiro. ¿Piensas seguir llorando así mucho tiempo? Porque atraerás moscas con tanta humedad en la cara.
—¿Qué pasó con esos bandidos? —preguntó ella, enjugándose la cara con la manga.
—El Alma Suprema se las ingenió para dormirlos antes de concentrar su influencia sobre los demás. Despertarán dentro de un par de horas. ¿Por qué pensaste en ellos?
—Pensaba que nos hubiéramos sentido muy tontos si hubieran aparecido al galope para hacernos trizas mientras discutíamos si había que matarte o no.
—Sí, te entiendo. Enfrentar la muerte no es gran cosa. Pero sentirse estúpido al morir, bien, eso sería insufrible.
Ella se echó a reír y le cogió la mano un instante. Sólo otro instante, y luego un poco más.
—Nos están esperando —dijo Nafai—. Y los bandidos despertarán al fin.
Ella lo soltó, y en cuanto él se dirigió hacia su camello, el de Luet se incorporó y ella se elevó sobre el suelo del desierto.
Era como estar en una torre inestable durante un terremoto, y habitualmente le disgustaba. Pero hoy le resultaba tan encantador como estar sentada en un trono. Pues en el camello de delante iba Nafai, su esposo. Aunque no hubiera sido Luet quien lo había salvado, ¿qué más daba? Bastaba con que estuviera vivo, y con que todavía estuviera enamorado de ella.
3. CACERÍA
Llegaron al campamento de Volemak al anochecer. Ese día habían viajado más que de costumbre, porque estaban cerca; pero todavía quedaban pendientes todas las faenas de la noche, pues Volemak no sabía que llegaban y no había más tiendas preparadas, y Zdorab ya había lavado los utensilios después de la cena que había preparado para Volemak, Issib y él. Trabajaron con mayor lentitud que de costumbre, porque se sentían más seguros y porque, después de llegar, parecía injusto tener tanto trabajo como durante el viaje.
Hushidh permaneció cerca de Luet y Nafai. De cuando en cuando veía a Issib flotando en su silla. Su apariencia no le sorprendía, pues le conocía desde hacía años, ya que Issib era el hijo mayor de la dama Rasa y había estudiado en casa de Rasa desde que Hushidh estaba allí. Pero siempre lo había considerado el inválido, y le prestaba poca atención. Luego, en Basílica, cuando comprendió que iría al desierto con Nafai y Luet, le resultó evidente —pues siempre veía los vínculos que unían a las personas— que, en la distribución de varones y mujeres de la expedición del Alma Suprema, a ella le tocaría Issib. El Alma Suprema quería que los genes de Issib se perpetuaran, y también los de ella, y para bien o mal realizarían ese esfuerzo juntos.
Le había costado aceptarlo. Sobre todo en la noche de bodas, cuando la dama Rasa desposó a Luet y Nafai, a Elemak y Eiadh, a Mebbekew y Dolya, y cada pareja fue a su lecho nupcial, Hushidh apenas podía contener la furia, el temor y la decepción en el corazón, al no tener la clase de amor que tenía su hermana Luet.
En respuesta, el Alma Suprema —o así lo había creído ella al principio— le había enviado un sueño esa noche. En el sueño se vio unida a Issib, lo vio volar y voló con él; comprendió entonces que el cuerpo de Issib no expresaba su verdadera naturaleza, y que ese matrimonio no la aplastaría sino que, por el contrario, la elevaría. Y se vio teniendo hijos con Issib, se vio de pie en la puerta de una tienda del desierto con él, mirando jugar a sus hijos, y vio que en esa escena futura lo amaría, estaría vinculada a él por hebras de oro y plata que los unían desde hacía varias generaciones, y que se remontaban también en el futuro, año tras año, hijo tras hijo, generación tras generación. Aunque el sueño también contenía algunas partes aterradoras, ella buscaba consuelo en él durante esos días. Mientras se encontraba con el general Moozh, obligada a casarse con el conquistador de Basílica, pensó en el sueño y supo que no terminaría casada con él, y el Alma Suprema, en efecto, trajo a la madre de Hushidh y Luet, la mujer llamada Sed, quien las identificó como sus hijas, y a Moozh como al padre. No hubo boda, y a las pocas horas estaban en el desierto, camino al campamento de Volemak.
Pero desde entonces había tenido tiempo para pensar, tiempo para recordar sus temores. Claro que se había resistido, había tratado de aferrarse a la confortación que traía ese sueño, o a las frases alentadoras de Nafai, quien le decía que Issib era brillante y gracioso, una compañía agradable, algo que ella no había podido apreciar en la escuela.
Pero a pesar del sueño, a pesar de Nafai, persistían esas viejas impresiones que había albergado durante tantos años. Mientras recorría el desierto veía el movimiento descoyuntado de esos brazos y piernas en la ciudad, donde Issib podía usar elevadores bajo la ropa, de modo que siempre parecía estar brincando en el aire como un fantasma saltarín, o —¿cómo había dicho Kokor una vez?— como un conejo bajo el agua. ¡Cómo se habían reído! Y ahora, qué desleal se sentía, aunque había sido la propia hermana de Issib quien había hecho la broma. Hushidh no podía haber sabido que un día el tullido, el fantasma, el conejo bajo el agua, sería su esposo. El viejo temor y la extrañeza permanecían como una corriente submarina, a pesar de sus esfuerzos para tranquilizarse.