Las naves de la Tierra [The Ships of Earth - es]
- Автор: Кард Орсон Скотт
- Серия: Saga del retorno #3
- Год: 1995
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-5579-7
- Переводчик: Carlos Gardini
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Las naves de la Tierra [The Ships of Earth - es]». Краткое содержание книги:
Nafai y su familia, los elegidos del Alma Suprema, deben afrontar una larga travesía por el desierto y dirigirse, aun sin saberlo, hacia el viejo puerto espacial de Armonía que, tras cuarenta millones de años, espera, en silencio y abandonado, la orden que ha de lanzar de nuevo las viejas naves interestelares hacia su largo retorno a la Tierra. Pero no todos los expedicionarios han elegido o aceptado su exilio ni los designios del Alma Suprema. Los odios, las rivalidades y las luchas por el liderazgo hacen todavía más arduo un viaje ya de por si difícil.
De nuevo Card se muestra como un maestro en la comprensión de la psicología de las personas y nos ofrece, como ya hiciera en El Juego de Ender, un interesante retrato del ser humano y de sus motivaciones. La lucha por el dominio de un pequeño grupo, los puntos de los diversos sexos, el difícil paso del matriarcado de Basílica a un patriarcado justificado por la dureza de la vida nómada son, en manos de Orson Scott Card, elementos más que suficientes para hacer de libro una narración que se recuerda con satisfacción y agradecimiento
—Y también hambre, sin duda. Bien, sírvete. Agua fresca y pan de ayer en la tienda de la cocina, cerrada con cerrojo.
—Bien, si está cerrada…
—Para los mandriles. Para los humanos es bastante fácil.
Cuando Rasa entró en la tienda, comprendió a qué se refería Zdorab. El «cerrojo» era sólo un nudo de alambre que mantenía cerrado el refrigerador de energía solar. ¿Entonces por qué enfatizaban el hecho de que tenía cerrojo? Tal vez para recordarle que lo cerrara después.
Abrió la tapa y encontró hogazas de pan y muchos paquetes de comida envueltos en paño. ¿ Carne congelada? No, no podía estar congelada, pues por fuera no estaba tan fría. Metió la mano, abrió un paquete y encontró queso de leche de camello. Era pestilente. Rasa lo había comido una vez, en casa de Volemak, cuando ella lo visitaba en una ocasión, en el período intermedio entre sus dos matrimonios. «¿Ves cuánto te amaba?», había bromeado él. «En todo el tiempo que estuvimos casados, nunca te hice probar esto.» Pero Rasa sabía que necesitaría las proteínas y las grasas. Se mantendrían con raciones magras la mayor parte de la travesía, y tenían que ingerir todo lo que tuviera valor nutritivo.
Cogió un pan redondo y chato, arrancó la mitad, envolvió el resto y rellenó su parte con trozos de queso. El pan era tan seco y duro que ocultaba buena parte del sabor del queso, así que el desayuno no resultó tan nauseabundo como esperaba. Bienvenida al desierto, Rasa.
Cerró la tapa y se volvió hacia la puerta.
—¡Ay! —gritó involuntariamente. En la puerta había un mandril en cuatro patas, mirándola intensamente, olisqueando el aire—. Fuera —dijo Rasa—. Lárgate. Es mi desayuno.
El mandril le estudió la cara. Rasa recordó que no había cerrado el refrigerador. Avergonzada, dio la espalda al mandril, y, ocultando con el cuerpo lo que hacía, anudó el alambre. Supuestamente el mandril no tenía suficiente habilidad manual para deshacer el nudo. ¿Pero qué ocurriría si podía abrirlo de una dentellada? Más valía que no se enterase de que era el alambre lo que le cerraba el paso.
Desde luego, quizá pudiera darse cuenta por sí solo. ¿Acaso no decían que los mandriles eran lo más parecido a los humanos en Armonía?
Tal vez por eso los colonos originales del planeta los habían traído. Los mandriles eran de la Tierra, no nativos de este planeta.
Rasa dio media vuelta y de nuevo gritó, pues el mandril estaba ahora a sus espaldas, erguido sobre las patas traseras, clavándole la misma mirada fija.
—Es mi desayuno —insistió Rasa. El mandril curvó los labios en una mueca, se puso en cuatro patas y salió de la tienda. En ese momento entró Zdorab.
—Ja —dijo—. A ése lo llamamos Yobar. Es nuevo en la tribu, así que todavía no lo aceptan. No le importa porque se cree muy dominante cuando todos huyen de él. Pero el pobre está cachondo todo el tiempo y ni siquiera logra acercarse a las hembras.
—Lo cual explica su nombre —dijo Rasa. Yobar era una palabra antigua que designaba a un hombre insaciable en el amor.
—Lo llamamos así para alentarlo —dijo Zdorab—. Largo de aquí, Yobar.
—Creo que ya se marchaba, cuando rehusé compartir con él mi pan con queso.
—El queso es intragable, ¿verdad? Pero teniendo en cuenta que los mandriles comen alimañas vivas cuando pueden cogerlas, es comprensible que el queso de camello les resulte muy apetecible.
—Pero los humanos sí lo comemos, ¿verdad?
—Constantemente y de mala gana. Y nunca te acostumbras al regusto. Por eso bebemos tanta agua y después tenemos que orinar tanto. Perdonando la expresión.
—Presiento que las normas urbanas de delicadeza en el lenguaje no serán muy prácticas por estos lares —dijo Rasa.
—Pero creo que yo debería esforzarme más. Bien, disfruta tu comida. Estoy tratando de no crear el olor a pan quemado.
Zdorab salió de la tienda.
Rasa probó el pan y estaba sabroso. Luego comió el segundo bocado y casi vomitó, pues esta vez contenía queso. Se obligó a masticarlo y tragarlo. Pero le hizo sentir nostalgia por el pasado reciente, cuando el único producto de camello con que tenía que vérselas era el estiércol, y nadie esperaba que se lo comiera.
La tienda se abrió de nuevo.
Rasa pensó que sería de nuevo Yobar, dispuesto a probar suerte otra vez. Pero era Dol.
—Wetchik dice que no nos reuniremos hasta que las sombras se alarguen, para que no haga tanto calor. Buena idea, ¿no crees?
—Sólo lamento que hayas debido desperdiciar medio día para esperarme.
—Oh, no te preocupes. De cualquier modo no quería trabajar. No me gusta mucho la jardinería. Mataría las flores junto con las malezas.
—Es un huerto, no un jardín ornamental —dijo Rasa.
—Tú me entiendes —dijo Dol.
Oh sí, entiendo muy bien.
También entiendo que debo encontrar a Volemak y pedirle que me ponga a trabajar de inmediato. No conviene que me tome días de descanso cuando los demás trabajan duramente. Tal vez sea la segunda en edad aquí, pero eso no significa que sea vieja. Vaya, todavía puedo tener hijos, y por cierto los tendré, si puedo lograr que Volya me salude como su esposa, en vez de tratarme como a una niña inválida.
Lo que no logró decirse a sí misma, aunque lo sabía y lo detestaba, era que debería tener hijos para cumplir algún papel en el desierto. Pues estaban regresando a un estado primitivo de la vida humana donde primaban la supervivencia y la reproducción, y ella nunca recobraría esa vida civilizada que le había permitido descollar en Basílica. En cambio, competiría con mujeres más jóvenes para ocupar un puesto en esta nueva tribu, y la moneda de la competencia sería la prole. Los que tuvieran hijos serían alguien, de lo contrarío no serían nadie. Y a la edad de Rasa, era importante empezar deprisa, pues no disponía de tanto tiempo como las jóvenes.
De nuevo enfadada, aunque ahora no tenía nadie con quien desquitarse, salvo la frívola Dol, Rasa salió de la tienda, comiendo el pan con queso. Miró a su alrededor. Cuando habían bajado por el empinado declive del desfiladero, había sólo cuatro tiendas. Ahora había diez. Rasa reconoció las tiendas para viajeros, y se sintió vagamente culpable de que los demás aún vivieran en recintos tan estrechos, cuando ella y Volya compartían tanto espacio: una tienda amplia de paredes dobles. Pero ahora notó que las tiendas estaban dispuestas en un par de círculos concéntricos, pero la tienda que ella compartía con Volemak no era el centro; tampoco era la tienda de la cocina. En el centro se encontraba la más pequeña de las cuatro tiendas originales, y al cabo de un instante Rasa comprendió que era la tienda donde guardaban el índice.
Había sobreentendido que Volemak guardaría el índice en su propia tienda, pero desde luego eso no era práctico. Zdorab e Issib utilizaban el índice continuamente, y no podían acomodar sus horarios a inconvenientes tales como una anciana cuyo esposo le permitía dormir hasta media mañana.
Rasa se plantó frente a la pequeña tienda y dio dos palmadas.
—Adelante.
Por la voz supo de inmediato que era Issya. Sintió una punzada de culpa, pues anoche casi no había hablado con el niño —el hombre— que era su primogénito. Sólo cuando ella y Volya habían —hablado con los cuatro solteros del campamento. Y aun ahora, sabiendo que él estaba en la tienda, quiso marcharse y regresar en otra ocasión.
¿Por qué lo estaba eludiendo? No por sus defectos físicos. A estas alturas estaba habituada a eso, después de ayudarle durante su infancia, después de sentarlo en sillas y flotadores para que él pudiera moverse con soltura y llevar una vida casi normal, o al menos una vida de libertad. Conocía el cuerpo de Issib casi más íntimamente que él mismo, pues lo había lavado de la cabeza a los pies hasta su pubertad, y le había masajeado y movido los miembros para mantenerlos flexibles antes que él aprendiera penosamente a moverlos por su cuenta. Durante esas sesiones habían hablado sin cesar. Issib era más amigo suyo que sus otros hijos. Pero Rasa no quería enfrentarlo.