En El Pais De La Nube Blanca
- Автор: Lark Sarah
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
– ¡Oh, Miss Helen, será como un cuento! -susurró. Elizabeth ceceaba un poco y eso la convertía en continuo objeto de burla, así que sólo en raras ocasiones alzaba la voz-. ¡Un príncipe que la está esperando! ¡Seguro que se consume y sueña cada noche con usted!
Helen rio e intentó liberarse del abrazo de su alumna más joven, Rosemary. Se suponía que Rosie tenía once años, pero Helen calculó que esa niña totalmente amedrentada no debía tener más de nueve. No podía explicarse quién había tenido la idea de que esa criatura trastornada iba a ganarse de algún modo la vida por sí misma. Hasta entonces, Rosemary se había mantenido pegada a Dorothy. Sin embargo, en el momento en que se presentó un adulto amable, cambió sin transición a Helen. Ésta encontraba tranquilizador sentir la manita de Rosie en la suya, pero sabía que no debía fomentar la dependencia de la pequeña: los niños ya estaban adjudicados a señores de Christchurch y por ello no podía en absoluto alimentar en Rosie las esperanzas de que podría quedarse con ella después del viaje.
Además, el propio destino de Helen también era totalmente incierto. Todavía seguía sin saber nada de Howard O’Keefe.
No obstante, Helen preparó una especie de dote. Invirtió sus pocos ahorros en dos vestidos nuevos y en prendas interiores y adquirió ropa de cama y de mesa para su nuevo hogar. Por una modesta cantidad también podía llevarse su querida mecedora y Helen pasó horas embalándola con primor. Con objeto de luchar contra su nerviosismo, emprendió pronto los preparativos del viaje y, básicamente, ya estaba lista cuatro semanas antes de comenzar la travesía. Sólo retrasó casi hasta el final la desagradable tarea de comunicar la partida a su familia. No obstante, en algún momento ya no se demoró más. La reacción fue la esperada: la hermana de Helen se mostró sorprendida y los hermanos enfadados. Si Helen ya no estaba dispuesta a pagar su mantenimiento, tendrían que volver a refugiarse en casa del reverendo Thorne. Helen pensaba que eso sería beneficioso para ambos y así se lo hizo saber con bastante crudeza.
En cuanto a su hermana, ni por un segundo Helen prestó importancia a sus diatribas. Susan expuso largamente, empero, cuánto añoraría a su hermana, y en algunos lugares la carta mostraba incluso huellas de lágrimas que más bien eran causadas por el hecho de que los gastos de los estudios de John y Simon recaerían ahora sobre las espaldas de Susan.
Cuando ésta y su esposo se decidieron a viajar a Londres para «discutir una vez más sobre el asunto», Helen no respondió al supuesto dolor por la separación de la hermana. En lugar de ello explicó que su emigración no alteraría para nada su relación con Susan. «Hasta ahora no nos hemos escrito más de dos veces al año -le dijo Helen con cierta malicia-. Ya tienes bastante trabajo con tu familia y a mí pronto me sucederá igual.»
¡Si al menos hubiera por fin un motivo concreto para creerlo!
Howard, no obstante, seguía guardando silencio. Apenas una semana antes de la partida de Helen, cuando ya hacía tiempo que había dejado de acechar cada mañana la llegada del cartero, George le llevó un sobre con muchos sellos de colores.
– Aquí lo tiene, Miss Davenport -dijo el niño emocionado-. Puede abrirlo ahora mismo. Le prometo que no me chivaré y que tampoco miraré por encima del hombro. Juego con William, ¿vale?
Helen estaba con sus alumnos en el jardín, acababa de concluir la hora de clase. William estaba ocupado en lanzar la pelota sin método alguno a través de los aros del cróquet.
– ¡George, no tienes que decir «vale»! -le reprendió Helen como era habitual, mientras que cogía la carta con una precipitación impropia-. ¿De dónde has sacado ese modo de hablar? ¿De una de esas noveluchas que lee el personal? No dejes que anden rondando por ahí. Si William…
– William no sabe leer -la interrumpió George-. Los dos lo sabemos, Miss Davenport, da igual lo que crea mi madre. ¿Leerá ahora la carta? -La expresión del fino rostro de George era insólitamente seria. Helen había contado más bien con su habitual sonrisa irónica.
¿Pero qué podía pasar? Incluso si le contaba a su madre que ella, Helen, leía cartas privadas durante la clase, en una semana ya estaría navegando, si es que no…
Helen abrió el sobre con manos temblorosas. Si el señor O’Keefe no mostraba ningún interés más en ella…
Mi muy estimada Miss Davenport:
Imposible expresar con palabras cuánto han conmovido mi alma sus líneas. Desde que recibí su carta pocos días atrás, ya no me he separado de ella. Me acompaña a todos sitios, durante mi trabajo en la granja, durante los escasos viajes a la ciudad: cada vez que la palpo siento consuelo y reboso de alegría por el hecho de que en algún lugar, lejos de aquí, un corazón late por mí. Y debo admitir que en las tristes horas de mi soledad, la acerco con disimulo a mis labios. Este papel que usted ha tocado, que su aliento ha rozado, es para mí tan sagrado como los pocos recuerdos de mi familia que todavía hoy conservo como tesoros.
¿Pero qué nos sucederá? Respetadísima Miss Davenport, lo que ahora haría con más agrado sería gritarle: ¡venga! ¡Dejemos ambos a nuestras espaldas la soledad! ¡Desprendámonos de nuestra antigua piel de desesperación y oscuridad! ¡Empecemos de nuevo los dos juntos!
Estoy impaciente por que emanen los primeros aromas de la primavera. La hierba empieza a reverdecer, los árboles echan brotes. ¡Cuánto me agradaría compartir con usted este paisaje, esta arrebatadora sensación del despertar de una nueva vida! Para ello, sin embargo, son precisas reflexiones menos elevadas que un afecto naciente. Me gustaría enviarle el dinero para la travesía, estimada Miss Davenport…, qué digo, ¡queridísima Helen! No obstante, esto tendrá que esperar hasta que mis ovejas hayan dado a luz y se puedan calcular los beneficios de la granja para este año. A fin de cuentas, en ningún caso deseo cargar nuestra vida en común con deudas desde el principio.
¿Comprende usted, estimada Helen, estos reparos? ¿Puede, quiere esperar usted, hasta que por fin pueda llamarla? No hay nada en el mundo que desee más ardientemente.
Quedo su más devoto afecto,