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Электронная книга - «Caricias del corazón». Краткое содержание книги:

Pensaba que las fuerzas de seguridad no eran lugar para una mujer, pero no iba a tardar mucho en cambiar de opinión
Matt jamás había conocido a una mujer que no sucumbiera al encanto de los McCafferty. Sin embargo, la hermosa Kelly Dillinger, la policía asignada al caso del intento de asesinato de su hermana, demostró ser completamente indiferente a su atractivo. Aunque no se llevaban bien, la actitud profesional y distante de ella hería el orgullo de Matt… y le encendía la sangre.
Cuanto más se resistía Kelly, más decidido estaba él a romper las barreras. De algún modo, la atractiva detective había conseguido quebrar su dura coraza exterior para tocar su alma…
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– ¿Y cómo ha podido ocurrir algo así?

– Nadie lo sabe aún. Se ha armado la de Dios allí. El corazón le dejó de latir. Tuvieron que utilizar las palas de reanimación.

– ¡Hijo de perra!

– Eso es precisamente lo que yo estaba pensando.

Thorne se detuvo frente a la puerta de la habitación de Slade y llamó con fuerza. Cuando la abrió, se encontró al menor de sus hermanos a medio vestir, con el cabello revuelto y los dedos tratando de abrocharse los botones de una camisa de franela.

– He oído que sonaba el teléfono. Me he imaginado que serían malas noticias -musitó Slade.

– Y has imaginado bien -comentó Thorne. Rápidamente, le dio todos los detalles de lo ocurrido. La expresión del menor de los McCafferty se hizo sombría.

– Por el amor de Dios. ¡Les advertimos de que esto podría ocurrir! ¡Esos policías no están haciendo nada! -exclamó, agitando las manos en el aire-. ¿Quién está haciendo todo esto?

– ¿Y por qué? -preguntó Thorne, entornando los ojos lleno de furia.

– Vamos -dijo Slade mientras se metía la camisa por dentro de los vaqueros.

– No podemos ir todos al hospital -observó Thorne al ver que Slade tomaba un par de botas-. Alguien tiene que quedarse aquí con J.R. y las niñas.

– Eso te corresponde a ti -decidió Matt-. Tú vas a ser el padrastro de esas niñas y, de todos modos, no hay mucho que puedas hacer con la pierna escayolada.

– Pero no me puedo quedar aquí y…

– No discutas conmigo. Eso ya lo hemos oído antes -dijo Matt-. Tú crees que estás a cargo de la situación en la que se encuentra Randi, pero no es así, tanto si quieres admitirlo como si no. Tienes dos opciones: despertar al bebé y a las hijas de Nicole y sacarlas al frío de la noche para llevártelas a un hospital que seguramente está sumido en el caos, o quedarte aquí y esperar a que uno de nosotros te llame o venga a buscarte.

Los ojos grises de Thorne se oscurecieron. Entonces, frunció las cejas lleno de frustración.

– Pero yo creo…

– Por una vez, confía en nosotros, ¿de acuerdo? Podemos ocuparnos de todos -dijo Matt, que ya estaba a mitad de camino de su habitación, donde se puso unos calcetines, las botas y un par de guantes. Estaba terminando de hacerlo, cuando Thorne apareció en el umbral de su puerta.

– No me gusta esto.

– Por supuesto que no. No puedes soportar no estar al mando.

– Me sentiría mejor si…

– Por el amor de Dios, déjalo estar, ¿de acuerdo? Yo me sentiría mejor si tú cerraras la boca y te quedaras aquí con los niños, coordinando la situación. Recibiendo y realizando llamadas. Alguien vendrá a relevarte pronto y podrás irte al hospital y hacerte cargo de las cosas, ¿de acuerdo? Hasta entonces, tendrás que ejercer de niñera, tío Thorne. Ahora, apártate de mi camino.

Matt pasó al lado de su hermano mayor, recogió a Slade y los dos bajaron rápidamente la escalera. Allí, se pusieron sus chaquetones y sus sombreros.

Matt se tensó cuando pensó en Randi, completamente vulnerable tumbada en su cama de hospital. Dios, cualquiera habría pensado que allí estaría segura.

En el exterior, la nieve había empezado a caer y hacía un frío de muerte. Matt se sentó al volante de su vehículo y arrancó. Slade se sentó a su lado. Matt hizo que el vehículo se moviera mucho antes de que Slade tuviera tiempo de cerrar la puerta.

¿Quién había tratado de matar a su hermana? ¿Por qué alguien sería capaz de llegar hasta aquel punto para conseguir verla muerta? ¿Acaso había alguien que quería que Randi no hablara? ¿Sería venganza? ¿Tendría algo que ver con J.R. y el padre misterioso de éste?

– ¿Qué demonios está pasando? -gruñó. El miedo y la preocupación lo estaban corroyendo por dentro.

¿Y si Randi no conseguía salir adelante? ¿Y si la persona que había intentado matarla se salía con la suya?

– No sé -admitió Slade-, pero te aseguro que vamos a descubrirlo.

Eso era cierto. Aunque no hiciera otra cosa en su vida, Matt tenía la intención de descubrir quién había sido capaz de hacerle algo así a su hermana. Cuando lo hiciera, se aseguraría de que aquel canalla se arrepintiera hasta el final de sus días.

El Hospital de St. James era una casa de locos. La prensa se había enterado de que un paciente había estado a punto de ser asesinado y ya estaban allí, frente a la puerta, una furgoneta de televisión, un equipo de cámaras y periodistas de dos cadenas. Kelly pudo zafarse de un micrófono que le pusieron delante de la boca con un rápido:

– Sin comentarios.

Cuando entró en el hospital, vio que había otro periodista en el vestíbulo. Kelly se apresuró a tomar las escaleras que la llevaban al tercer piso. El corazón le latía como si fuera un tambor, al ritmo que marcaba el taconeo de sus botas sobre la escalera. En el exterior de la UCI, se encontró con el detective Espinoza, dos ayudantes del departamento del sheriff y una mujer policía.

– ¿Qué ha ocurrido? -preguntó.

– Randi McCafferty sufrió un ataque al corazón. Parece que alguien podría habérselo provocado inyectándole algo en la vía.

– ¿Cómo?

– Eso es lo que estamos tratando de averiguar.

– ¿Se encuentra Randi bien?

– Por el momento parece estar fuera de peligro -dijo Espinoza mientras se frotaba la nuca con una mano.

– Dame todos los detalles.

– Una de las doctoras del hospital, Nicole Stevenson, se pasó a ver a la que muy pronto va a ser su cuñada. La doctora Stevenson está comprometida con Thorne McCafferty.

– Lo sé.

– Randi estaba en una habitación privada en la cuarta planta. Cuando la doctora Stevenson salió del ascensor, vio a una persona con una bata blanca que salía de la habitación de Randi. El tipo, aunque podría haber sido una mujer porque la doctora Stevenson no llegó a ver al asesino o asesina con claridad, se dio la vuelta y se marchó precipitadamente por el pasillo para bajar por la escalera de personal. A la doctora Stevenson no le pareció nada del otro mundo hasta que entró en la habitación de Randi. Esta no respiraba. Nicole empezó a reanimarla mientras llamaba a gritos a las enfermeras.

– ¿Y no reconoció a la persona que huía?

– Ya te he dicho que ni siquiera está segura de si era hombre o mujer. Lo único que recuerda es que el sospechoso medía aproximadamente un metro setenta y tenía el cabello castaño, demasiado largo para un hombre y muy corto para ser el de una mujer. De constitución media. No pudo verle el rostro, pero cree que la persona en cuestión podría llevar gafas. No hay mucho más.

– Es mejor que nada.

A continuación, Espinoza explicó a Kelly que un equipo de forenses estaba examinado la habitación en la que había ocurrido el intento de asesinato, aunque estaban seguros de que había pocas posibilidades de encontrar huellas dactilares del asesino o cualquier otro tipo de prueba. También había dos policías comprobando los turnos de los empleados del hospital y habían recibido instrucciones de interrogar a los que estaban de guardia. Por el momento, Espinoza creía que Randi estaba a salvo porque le habían puesto una policía a la puerta de la UCI.

– Creo que quien haya intentado matarla anteriormente, no volverá a intentarlo esta noche. Lo dejará estar durante un tiempo -concluyó Espinoza.

– A menos que no pueda hacerlo. Evidentemente, le preocupa que Randi se pueda despertar y que hable -observó Kelly.

– Estará siempre vigilada -dijo Espinoza-. Si ese tipo es tan estúpido como para volver a intentarlo, estaremos preparados.

– ¿Y cómo está la paciente? ¿Sigue en coma?

Espinoza asintió y miró hacia las puertas de la UCI.

– Hasta ahora. Antes del ataque, un par de enfermeras estaban seguras de que no iba a tardar en despertarse.

– Tal vez por eso el asesino decidió actuar precisamente esta noche.

– Eso parece.

– En ese caso, regresará -afirmó Kelly.

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