El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever». Краткое содержание книги:
E incluso a los diez años, Miranda supo que lo amaría para siempre.
Turner siempre ha considerado a Miranda como de la familia. Tras un desastroso matrimonio, Turner sabe que el amor que pudiera sentir lo destruyeron las infidelidades de su difunta esposa.
Pero a pesar de su cinismo, Turner se sorprende a sí mismo al darse cuenta del incontrolable deseo que Miranda empieza a despertar en él.
Se encogió de hombros.
– Mi abrigo es negro.
– Tus abrigos son siempre negros.
– Quizás estoy de luto perpetuo entonces -dijo suavemente-, por la inocencia perdida.
– Crearás un escándalo -siseó limpiamente.
– No -dijo intencionadamente-, Leticia creaba escándalos. Yo simplemente rechazo afligirme por mi escandalosa esposa.
– ¿Deseas arruinar a tu hermana?
– Mis acciones no repercutirán sobre ella ni la mitad de mal que mi difunta esposa lo hubiera hecho.
– Eso no tiene nada que ver, Turner. La verdad es que es tu esposa murió, y…
– Vi el cuerpo -replicó, parando con eficacia sus argumentos.
Lady Rudland retrocedió.
– No hay necesidad de ser vulgar sobre ello.
La cabeza de Turner comenzó a palpitar.
– Pido perdón por ello, entonces.
– Desearía que lo reconsideraras.
– Yo preferiría que no te causara angustia -dijo con un pequeño suspiro-, pero no cambiaré de opinión. Puedes tenerme aquí en Londres sin el brazalete, o puedes tenerme en Northumberland… también sin el brazalete -terminó después de una pausa-. Es tu decisión.
Su madre apretó la mandíbula, y no dijo nada. Entonces simplemente se encogió de hombros y dijo:
– Me reuniré con Miranda, entonces.
Y lo hizo.
Miranda había estado en la ciudad durante dos semanas, y aunque no estaba segura que pudiera calificarse como un éxito, no pensabacalificarse como un fracaso tampoco. Estaba justo dónde había esperado estar… en algún lugar intermedio, con una tarjeta de baile que estaba siempre a medio llenar y un diario rebosante de observaciones de lo necio, lo insano, y ocasionalmente, lo doloroso. (Ese sería Lord Chisselworth, quien tropezó con un escalón en la fiesta de Mottram y se torció el tobillo. De los necios e insanos, había demasiado que contar)
En general, se consideraba bien dotada para el juego con los particulares talentos y atributos que Dios le había dado. En su diario, escribió:
Me propuse afilar mi don de gentes, pero como Olivia señalara, la charla ociosa nunca ha sido mi fuerte. Pero he perfeccionado mi dulce y vacua sonrisa, y parece haber funcionado el truco. ¡Tenía tres candidatos para acompañarme en la cena!
Ayudaba, desde luego, que su posición como íntima amiga de Olivia fuera bien conocida. Olivia había tomado a la sociedad por asalto, como todos sabían que haría,y Miranda se beneficiaba por asociación. Había caballeros que llegaban al lado de Olivia muy tarde para asegurarse un baile, y había otros que simplemente estaban demasiado aterrorizados para hablar con ella. (En tales casos, Miranda siempre parecía una opción más cómoda)
Pero aún con toda la desbordante atención, Miranda todavía permanecíasola cuando oyó una voz dolorosamentefamiliar.
– Nunca diga que la he cogido sin compañía, Señorita Cheever.
Turner.
No pudomenos que reír. Estaba devastadoramente apuesto con su oscuro traje de noche, y la luz de la vela parpadeaba doradacontra su pelo.
– Ha venido -dijo simplemente.
– ¿Pensó que nolo haría?
Lady Rudland había dicho que planeaba venir, pero Miranda no había estado tan segura. Había dejado meridianamente claro que no quería participar en la sociedad este año. O posiblemente en ningún año. Era difícil decirlo justo ahora.
– Entiendo que tuvieron que chantajearle para que asistiera -dijo mientras adoptabanposiciones uno al lado del otro, ambos mirando ociosamente hacia la multitud.
Él fingió ofenderse.
– ¿Chantaje? Qué palabra tan fea. E incorrecta en este caso.
– ¿Oh?
Se inclinó ligeramente hacia ella.
– Era culpabilidad.
– ¿Culpabilidad? -crispólos labios y se giró hacia él con ojos pícaros-. ¿Qué hizo usted?
– Es lo que no hice. O más bien lo que no estaba haciendo -dijo encogiéndose despreocupadamente de hombros-. Me dijeron que usted y Olivia serían un éxito si ofrecía mi apoyo.
– Supongo que Olivia sería un éxito aunque no tuviera dinero y naciera en el lado equivocado de la cama.
– Yo no me preocuparía por usted, tampoco -dijo Turner, sonriendo hacia ella de una manera irritantemente benévola. Entonces frunció el ceño-. ¿Y podría decirme con qué me chantajearía mi madre?
Miranda se sonrió. Le gustó que estuvieradesconcertado. Siempre parecía tan controlado frente a ella, mientras que su corazón siempre se las arreglaba para palpitar por triplicado donde quiera que lo veía. Por suerte los años la habían hecho sentirse cómoda con él. Si no lo conociera de tanto tiempo, dudaba que fuera capaz de arreglárselas con una conversación en su presencia. Además, él seguramente sospecharía algo si se quedara muda cada vez que se encontraban.
– Ah, no sé -pretendió reflexionar-. Historias de cuando usted era pequeño y eso…
– Cierre la boca. Yo era un perfecto ángel.
Ella levantó sus cejas con recelo.
– Usted debe pensar que soy muy crédula.
– No, solamente demasiado cortés para contradecirme.
Miranda puso los ojos en blanco y se volvióhacia la muchedumbre. Olivia estaba dando audiencia a travésdel salón, rodeada por su grupo habitual de caballeros.
– Livvy tiene un talento natural, ¿verdad? -dijo.
Turner cabeceó asintiendo.
– ¿Dónde están todos sus admiradores, señorita Cheever? Encuentro difícil de creer que no tenga ninguno.
Se ruborizó con su elogio.
– Uno o dos, supongo. Tiendo a mezclarme conla carpintería cuando Olivia está cerca.
Él disparó hacia ella una mirada incrédula.
– Déjeme ver su tarjeta de baile.
De mala gana, se la entregó. Él la examinó rápidamente, luego se la devolvió.
– Teníarazón -dijo-. Está casi llena.
– Muchos de ellos encontraron el camino hacia mí sólo porque estaba de pie al lado de Olivia.
– No sea tonta. Y no es nada por lo que ofenderse.
– Ah, pero no lo estoy -contestó ella, sorprendiéndose de que tan siquiera lo pensara-. ¿Por qué? ¿Parezco alterada?
Él retrocedió y la inspeccionó.
– No. No, no lo parece. Qué extraño.
– ¿Extraño?
– Yo nunca he conocido a una dama que no deseara que una manada de jóvenes candidatos la rodeara en un baile.
Miranda se erizó con la condescendencia de su voz y no fue capaz de guardarse la insolencia, cuando le dijo:
– Bien, ahora sí.
Pero él sólo se rió entre dientes.
– ¿Y cómo, querida muchacha, va usted a encontrar a un marido con esa actitud? Ah, no me mire como si la estuviera subestimando.
Sólo hizo que sus dientes rechinaran más duro.
– … Usted misma me dijo que deseaba encontrar un marido esta temporada.
Tenía razón, ¡caray con el hombre! Que la dejó sin otra cosaque decir.
– Hágame el favor de no llamarme “querida muchacha”.
Él sonrió abiertamente.
– Vaya, Señorita Cheever, ¿detecto un poco de carácter en usted?
– Yo siempre tuve carácter -dijo ella un poco enojada.
– Por lo visto así es. -Todavía sonreía cuando lo dijo, lo cual era aún más irritante.
– Creía que se suponía que usted era malhumorado y amenazante -se quejó.
Él se encogió de hombros.
– Usted parece sacar lo mejor de mí.
Miranda le dirigió una mirada mordaz.