El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever». Краткое содержание книги:
E incluso a los diez años, Miranda supo que lo amaría para siempre.
Turner siempre ha considerado a Miranda como de la familia. Tras un desastroso matrimonio, Turner sabe que el amor que pudiera sentir lo destruyeron las infidelidades de su difunta esposa.
Pero a pesar de su cinismo, Turner se sorprende a sí mismo al darse cuenta del incontrolable deseo que Miranda empieza a despertar en él.
– Nada malo sobre Olivia, si eres tan amable. Soy bastante leal a ella.
– Eres tan fiel como un perro, si me perdonas el menos que atractivo símil.
– Adoro a los perros.
Y fue entonces cuando llegaron a casa de Miranda.
Adoro a los perros. Ése sería su comentario final. Maravilloso. Durante el resto de su vida, él la asociaría con perros.
Turner la ayudó a bajar y luego echó una mirada hacia el cielo, el cual había comenzado a oscurecerse.
– Espero que no te importe si no te acompaño dentro -murmuró.
– Por supuesto que no -dijo Miranda. Era una chica práctica. Era una tontería que él se mojara cuando ella era perfectamente capaz de entrar en su propia casa.
– Buena suerte -dijo él, saltando de vuelta a la calesa.
– ¿Con qué?
– Londres, la vida. -Se encogió de hombros-. Lo que quiera que desees.
Ella sonrió tristemente. Si él supiera.
19 de Mayo de 1819
Llegamos a Londres hoy. Juro que nunca he visto algo así. Es grande, ruidosa y llena de gente. En realidad, bastante maloliente.
Lady Rudland dice que llegamos tarde. Mucha gente ya está en la ciudad, y la temporada comenzó hace un mes. Pero no hay nada que hacer, Livvy habría parecido terriblemente maleducada por salir cuando se suponía que estaba de luto por Leticia. Aún así, hicimos algo de trampa y vinimos antes, aunque sólo para las pruebas y los preparativos. No asistiríamos a eventos hasta que el duelo estuviera completo.
Gracias a Dios sólo se requerían seis semanas. El pobre Turner debía guardarlo un año.
Ya le he perdonado, me temo. Sé que no debería, pero no puedo obligarme a despreciarlo. Seguramente debo tener alguna especie de record por el periodo más largo de amor no correspondido.
Soy patética.
Soy un perro.
Soy un perro patético.
Y desperdicio papel increíblemente.
CAPÍTULO 4
Turner había planeado pasar la primavera y el verano en Northumberland, donde podría negarse a llorar la muerte de su esposa con algún grado de privacidad, pero su madre había empleado un número asombroso de tácticas. La más letal, hacerlo sentir culpable, por supuesto; para hacerle torcer el brazo y obligarlo a viajar a Londres en apoyo de Olivia.
No había cedido cuando le había indicado que era el cabeza de familia, y ante la sociedad su presencia en el gran baile de Olivia aseguraría la concurrencia de los mejores caballeros al completo.
No había cedido cuando le había dicho que no debería desmoronarse en el campo, y que le haría bien salir y estar entre sus amigos.
Sin embargo, tuvo que rendirsecuando apareció en su umbral y dijo, aún sin el beneficio de un saludo:
– Es tu hermana.
Y por eso allí estaba, en la Casa Rudland en Londres, rodeado por quinientas personas, si no lo más selecto del país, al menos lo más pomposo.
De todos modos, Olivia iba a tener que encontrar un marido entre todos ellos, Miranda, también, y Turner maldito si permitía a cualquiera de ellas hacer un matrimonio tan desastroso como había sido el suyo. Londres hormigueaba con equivalentes masculinos de Leticia, muchos de los cualescomenzaban sus nombres con Lord Esto o Sir Aquello. Y Turner dudaba bastante de que su madre estuviese al día delos más escabrosos cotilleos que atravesaban sus círculos.
Aún asíesto no significaba que necesitaran que hiciese demasiadas apariciones. Estaba aquí, en el baile de debutantes, y las acompañaba de vez en cuando, quizás si había algo en el teatro realmente le gustase verlo, y aparte de eso, observaría el progreso de los acontecimientos. Para el final del verano, se habría cansado de todas estas tonterías, y podría regresar a…
Bien, podría volver a lo que fuese que había estado pensando y planificando hacer. El estudio de la rotación de cultivos, quizás. Reanudar el tiro con arco. Visitar el pub local. Le gustaba bastante su cerveza. Y nadie jamás hacía preguntas sobre la reciente desaparición de Lady Turner.
– ¡Querido, estás aquí! -Su madre de repente llenó su visión, encantadora en su vestido púrpura.
– Te dije que llegaría a tiempo -contestó, terminándose la copa de champán que había estado sosteniendo en la mano-. ¿No te avisaron de mi llegada?
– No -contestó, algo distraídamente-. He estado corriendo por todas partes como una loca con todos los detalles de último momento. Estoy segura que los criados no desearon molestarme.
– O no pudieron encontrarte -comentó Turner, explorando ociosamente la muchedumbre. Era una multitud desenfrenada, un éxito desde todo punto de vista. No vio a ninguna de las invitadas de honor, pero por otro lado, había estado bastante contento de permanecer en las sombras durante veinte minutos o así que llevaba allí.
– He conseguido permiso para el vals para ambas muchachas -dijo Lady Rudland-, así que por favor, cumple con tu deber con ambas.
– Una orden directa -murmuró.
– Especialmente con Miranda -añadió, no habiendo oído su comentario aparentemente.
– ¿Qué quieres decir, especialmente con Miranda?
Su madre se giró con ojos serios.
– Miranda es una muchacha notable, y la quiero muchísimo, pero ambos sabemos que no es del tipo que la sociedad normalmente favorece.
Turner le dirigió una aguda mirada.
– También sabemos que la sociedad raramente es una excelente conocedora del carácter. Leticia, si recuerdas, fue un gran éxito.
– Como Olivia, si lo de esta tarde sirve de algún indicio -le contestó ásperamente su madre-. La sociedad es caprichosa y recompensa al malo tan a menudo como al bueno. Pero nunca recompensa al aburrido.
Fue en aquel momento que Turner divisó a Miranda. Estaba de pie cerca de Olivia en la puerta del vestíbulo.
Cerca de Olivia, pero en mundos separados.
No era que Miranda estuviera siendo ignorada, porque seguramente no lo era. Estaba sonriendo a un joven caballero que apareció solicitándole un baile. Pero no tenía nada parecido a la muchedumbre que rodeaba a Olivia, quien, Turner tenía que admitirlo, brillaba como una radiante joya colocada en el engarce apropiado. Los ojos de Olivia chispearon, y cuando sonrió, la música pareció llenar el aire.
Había algo cautivador en su hermana. Incluso Turner tenía que admitirlo.
Pero Miranda era diferente. Miraba. Sonreía, pero era casi como si tuviera un secreto, como si tomaraapuntes en su mente sobre la gente que encontraba.
– Ve a bailar con ella -animó su madre.
– ¿Con Miranda? -preguntó, sorprendido. Había pensado que desearía que concediera su primer baile a Olivia.
Lady Rudland asintió.
– Será un éxito enorme para ella. No has bailado desde… ni siquiera puedo recordarlo. Mucho antes que Leticia muriera.
Turner sintió su mandíbula apretarse, y habría dicho algo, de no ser porque su madre de repente jadeó, lo cual no fue ni la mitad de sorprendente de lo que siguió, lo que, estaba completamente seguro, era el primer indiciode blasfemia que alguna vez cruzara sus labios.
– ¿Madre? -requirió
– ¿Dónde está tu brazalete? -susurró urgentemente.
– Mi brazalete -dijo, con algo de ironía.
– Por Leticia -añadió, como si él no lo supiera.
– Creo haberte dicho que he elegido no estar de luto por ella.
– Pero esto es Londres -siseó-. Y es el debut de tu hermana.