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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino

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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
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35

Con una bota, Richard echó tierra sobre los rescoldos del fuego, apagando así la única fuente de calor en el amanecer de un nuevo día. El cielo empezaba a iluminarse y a teñirse de un azul gélido, y del oeste soplaba un viento helado. «Bueno, al menos tendremos el viento a nuestras espaldas», pensó. Cerca de su otra bota estaba el palo que Kahlan había usado para asar el conejo, que había atrapado ella misma con una trampa que él le había enseñado a hacer.

Richard se sonrojó al recordarlo, al pensar en que él, un simple guía de bosque, había enseñado a cazar conejos a ella, a la Madre Confesora, a alguien que era más que una reina. Las reinas se inclinan ante las Confesoras, había dicho Kahlan. Richard nunca se había sentido tan estúpido. La Madre Confesora. ¿Quién se creía él que era? Zedd había tratado de advertírselo. Ojalá lo hubiera escuchado.

El joven se sentía consumirse en una sensación de vacío. Pensaba en su hermano, y en sus amigos Zedd y Chase. Mientras contemplaba cómo Kahlan se echaba la mochila al hombro, se dijo que, aunque no llenaban el vacío, al menos él tenía a alguien. Pero ella no tenía a nadie. Sus únicos amigos —las demás Confesoras— habían muerto. Kahlan estaba completamente sola en el mundo, sola en la Tierra Central, rodeada por gente a la que ella trataba de salvar pero que la temían y la odiaban, y por enemigos que querían matarla, o algo peor. Ni siquiera contaba con la protección de un mago.

Comprendía que Kahlan hubiera tenido miedo de contarle quién era. Él era su único amigo. Richard se sintió más estúpido que nunca por pensar sólo en sí mismo. Si Kahlan no podía ser más que una amiga, pues no sería más que eso. Aunque eso acabara por matarlo.

—Supongo que habrá sido muy duro para ti decírmelo —comentó, mientras se ceñía la espada.

Kahlan se arropó con la capa para protegerse de las ráfagas de viento helado. Su faz mostraba de nuevo esa expresión serena que no dejaba traslucir nada. No obstante, ahora que la conocía tan bien, Richard era capaz de leer las líneas de dolor.

—Me hubiera resultado más fácil matarme —respondió, y acto seguido dio media vuelta y echó a andar.

Richard la siguió. Si Kahlan le hubiera dicho quién era de buen principio, ¿se hubiera quedado con ella? ¿Le habría tenido miedo como todos los demás? Tal vez Kahlan tenía motivos para ocultarle la verdad. Pero si hubiera sido sincera le hubiera ahorrado lo que ahora sentía.

Era casi mediodía cuando llegaron a una bifurcación de caminos marcada por una piedra la mitad de alta que Richard. El joven se detuvo y estudió los símbolos grabados en las caras pulidas de la roca.

—¿Qué significan? —preguntó.

—Indican qué dirección seguir para llegar a diferentes ciudades y aldeas, y a qué distancia se encuentran. —Kahlan se había colocado las manos en las axilas para calentarlas. Con un gesto de la cabeza indicó un sendero—. Si queremos evitar a la gente, debemos ir por ahí.

—¿Cuánto queda?

—Normalmente tomo los caminos que unen las ciudades —contestó Kahlan tras estudiar otra vez la piedra—, no estos senderos menos concurridos. La piedra sólo indica las distancias relativas a los caminos, no las de los senderos, pero supongo que unos pocos días.

Richard tamborileó con los dedos sobre la empuñadura de la espada.

—¿Hay alguna ciudad cerca?

—Sí. Estamos a una o dos horas de distancia del Molino de Horner. ¿Por qué?

—Porque ahorraríamos tiempo si tuviéramos caballos.

Kahlan miró hacia la senda que conducía a la ciudad como si fuera capaz de divisarla.

—El Molino de Horner es una ciudad maderera, un aserradero. Supongo que habrá muchos caballos, pero quizá no sea una buena idea. He oído que están del lado de D’Hara.

—¿Por qué no vamos y echamos un vistazo? Con caballos nos ahorraríamos un día, al menos. Tengo unas cuantas monedas de plata y una o dos de oro. Tal vez podríamos comprarlos.

—Podríamos echar un vistazo, si somos cuidadosos. Pero no saques ninguna de tus monedas, ni de plata ni de oro. Llevan la marca de la Tierra Occidental y la gente de por aquí considera una amenaza a cualquiera que venga del Límite occidental. Es cosa de historias y supersticiones.

—¿Pues cómo vamos a conseguir caballos entonces? ¿Robándolos?

—¿Ya has olvidado con quién viajas? —inquirió ella, enarcando una ceja—. Soy la Madre Confesora y, si quiero algo, sólo tengo que pedirlo.

Richard disimuló su desagrado lo mejor que pudo adoptando una expresión imperturbable.

—Vamos pues.

El Molino de Horner se alzaba en la misma orilla del río Callisidrin, y las aguas turbias y lodosas de éste proporcionaban energía para los aserraderos y transportaban los troncos. En las zonas de trabajo serpenteaban aliviaderos, y destartalados molinos descollaban por encima de las demás estructuras. En cobertizos sin paredes se amontonaban pilas y más pilas de madera, mientras que otras esperaban cubiertas por lonas impermeables a que las transportaran en barcazas río abajo o a que las cargaran en carros. Las casas se apiñaban en la ladera de la colina, más arriba del molino, como si hubieran surgido como refugio temporal y, con el transcurso de los años, se hubieran convertido, para su desgracia, en refugio permanente.

Incluso desde lejos, Richard y Kahlan supieron que algo andaba mal. El molino estaba silencioso y las calles vacías cuando la ciudad tenía que bullir de actividad. Debería haber gente en las tiendas, en los muelles, en el molino y en las calles, pero no se veía rastro de ningún humano ni animal. En el manto de silencio que había caído sobre el Molino de Horner únicamente se oía el sonido de algunas lonas que ondeaban al viento, así como algunos crujidos y golpeteos de los paneles de hojalata en los edificios del molino.

Cuando se acercaron más, el viento les llevó algo; el pútrido olor de la muerte. Richard comprobó que tenía la Espada de la Verdad presta para desenvainarla.

Los cuerpos hinchados, tanto que casi reventaban las ropas, rezumaban fluidos que atraían nubes de insectos. Los muertos yacían en las esquinas y contra los edificios, como hojas de otoño que el viento hubiera arrastrado en pilas. La mayoría presentaba horrendas heridas; algunos tenían clavadas aún lanzas rotas. El silencio parecía estar vivo. Las puertas, hechas añicos, colgaban de una única bisagra en extraños ángulos, o yacían en la calle junto con efectos personales y pedazos de muebles. En toda la ciudad no quedaba ni una sola ventana intacta. Algunos edificios no eran más que fríos montones de vigas y restos carbonizados. Tanto Richard como Kahlan procuraban cubrirse boca y nariz con las respectivas capas, tratando de protegerse del hedor, mientras sus ojos se veían irremisiblemente atraídos hacia los cadáveres.

—¿Rahl? —le preguntó el joven.

La mujer estudió desde la distancia un grupo de cuerpos caídos en diferentes posiciones antes de contestar:

—No. Rahl no mata de este modo. Aquí ha habido una batalla.

—A mí más bien me parece una matanza.

Kahlan hizo un gesto de asentimiento.

—¿Recuerdas a la gente barro muerta? Ése es el aspecto de las víctimas de Rahl. Siempre es igual. Esto es distinto.

Ambos continuaron recorriendo la ciudad, manteniéndose cerca de los edificios y evitando el centro de la calle. De vez en cuando, tenían que pasar por encima de cadáveres. Todas las tiendas de la ciudad habían sido saqueadas, y los atacantes habían destruido todo lo que no habían podido llevarse. De una tienda salía un rollo de tela color azul pálido que se había desplegado por la calle, con manchas oscuras diseminadas por ella, como si hubiera sido desechada porque su dueño la hubiera estropeado con su sangre. Kahlan tiró a Richard de la manga y señaló la pared del edificio, donde se veía escrito con sangre: MUERTE A TODOS LOS QUE SE RESISTAN A LA TIERRA OCCIDENTAL.

—¿Qué crees que significa? —contestó la mujer, como si temiera que los muertos pudieran oírla.

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