El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #1
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino». Краткое содержание книги:
La senda era lo suficientemente ancha para los dos, por lo que Kahlan esperó que llegase a su altura para continuar.
—No. Según las mujeres, todo se mantuvo tranquilo por un tiempo. Pero hace aproximadamente una semana, al amanecer, tropas del ejército de la Tierra Occidental arrasaron la ciudad y mataron a todo el destacamento de D’Hara. Después de eso, iniciaron el saqueo y la matanza indiscriminada. Mientras mataban, los soldados de la Tierra Occidental gritaban que eso era lo que les ocurriría a todos los que siguieran a Rahl y se resistieran a la Tierra Occidental. Antes de que cayera la tarde se habían ido.
Richard agarró a Kahlan por la blusa, a la altura del hombro, y la obligó a dar media vuelta.
—¡Eso es mentira! ¡Los occidentales no harían algo así! ¡No fueron ellos! ¡Es imposible!
—Richard, yo no digo que sea cierto —respondió Kahlan, parpadeando—. Yo me limito a decirte lo que me contaron, lo que esas mujeres creen.
El joven la soltó y se sonrojó por más de una razón. Sin poderlo evitar, insistió:
—El ejército de la Tierra Occidental no cometió esa carnicería. —Richard dio media vuelta para seguir caminando, pero Kahlan lo detuvo cogiéndolo del brazo.
—Espera. Hay más.
Por la expresión de sus ojos, Richard supo que no quería oírlo. No obstante, le indicó con un gesto de la cabeza que prosiguiera.
—Los supervivientes se dispusieron a huir de inmediato, llevándose con ellos todo lo que podían cargar. Al día siguiente del ataque, después de enterrar a sus familias, se marcharon más personas. Esa noche regresó un destacamento del ejército de la Tierra Occidental, formado aproximadamente por cincuenta soldados. En la ciudad sólo quedaba un puñado de gente. Los soldados occidentales les dijeron que aquellos que se resisten a la Tierra Occidental no merecen ser enterrados, que deben dejarse a la merced de los carroñeros para que sirva de ejemplo a los demás. Para no dejar lugar a la duda, los soldados reunieron a todos los supervivientes varones, incluso a los niños, y los ejecutaron. —Por el modo de pronunciar la palabra «ejecutaron», sin mencionar cómo, Richard supo que era mejor no preguntar cómo murieron—. El niño y el anciano que hemos visto se salvaron porque pasaron inadvertidos. A las mujeres las obligaron a mirar.
—¿Cuántas mujeres quedaban?
—No lo sé. No demasiadas. —Kahlan lanzó un vistazo hacia la senda que se abría a su paso y que los alejaba de la ciudad, antes de que su furibunda mirada se posara en Richard—. Los soldados violaron a las mujeres y también a las niñas. —La ardiente mirada de Kahlan le quemaba los ojos—. Todas las niñas que viste en la ciudad fueron violadas por al menos…
—¡Los occidentales no comenten tales atrocidades!
La mujer estudió el rostro del joven.
—Lo sé —replicó—. Pero entonces ¿quién fue? ¿Y por qué? —Su rostro estaba recuperando la calma.
—¿Hay algo que podamos hacer por ellos? —inquirió Richard, dirigiendo a su compañera una mirada de frustración.
—Nuestro trabajo no consiste en proteger a unos cuantos supervivientes, ni a los muertos, sino detener a Rahl el Oscuro y así proteger a los vivos. No podemos perder ni un minuto; es preciso que lleguemos a Tamarang. Por si acaso, será mejor que evitemos los caminos principales.
—Tienes razón —admitió Richard de mala gana—. Pero no me gusta.
—A mí tampoco. —La mujer dulcificó el gesto—. Richard, no creo que les ocurra nada más. Fueran de donde fuesen los soldados que arrasaron la ciudad, no es probable que regresen para eliminar a un puñado de mujeres y niños; estoy convencida de que buscarán presas más importantes.
Pues qué consuelo pensar que los asesinos estaban buscando grupos más numerosos de personas para hacerles daño en el nombre de su patria, pensó Richard, y se dijo una vez más cuánto odiaba todo aquello. Qué diferente era cuando vivía aún en el bosque del Corzo y su mayor preocupación era que su hermano siempre le dijera qué debía hacer.
—Un grupo de soldados tan numeroso no se moverá por una senda flanqueada por un espeso bosque, viajará por los amplios caminos. No obstante, será mejor que empecemos a buscar algún pino hueco para pasar la noche. Alguien puede estar vigilando.
—Tienes razón. Richard, muchos de mis compatriotas se han unido a Rahl y han cometido crímenes atroces. ¿Cambia eso la opinión que tienes de mí?
—Claro que no.
—Pues mi opinión de ti tampoco cambiaría aunque los responsables hubieran sido soldados de la Tierra Occidental. Tú no tienes ninguna culpa de que tus compatriotas cometan crímenes aborrecibles. Estamos en guerra y tratamos de hacer lo mismo que hicieron nuestros antepasados, tanto Buscadores como Confesoras: derrocar a un gobernante. Para lograrlo, sólo podemos contar el uno con el otro. —Kahlan lo estudió con una intensa expresión de intemporalidad. Richard se dio cuenta de que estaba agarrando con fuerza la empuñadura de la espada—. Es posible que llegue el día en el que únicamente puedas contar contigo mismo. Todos hacemos lo que debemos. —No era Kahlan quien había pronunciado esas palabras, sino la Madre Confesora.
Sobrevino un momento de incomodidad y dureza hasta que la mujer desvió la mirada, finalmente dio media vuelta y echó a andar. Richard se abrigó con la capa para protegerse del frío, tanto interior como exterior.
—No fueron soldados de la Tierra Occidental —masculló para sí mientras se disponía a seguirla.
—Luz para mí —dijo Rachel. El pequeño montón de ramas rodeado por piedras prendió, bañando el interior del pino hueco con un brillante resplandor rojo. La niña se volvió a guardar la cerilla en el bolsillo y, estremeciéndose, acercó las manos al fuego para calentarse, al mismo tiempo que bajaba la vista hacia Sara, sentada en su regazo.
—Aquí estaremos a salvo esta noche —le dijo. Sara no respondió. No había vuelto a hablar desde la noche que habían huido del castillo. Así pues, Rachel se imaginó que Sara le decía que la quería. En respuesta, abrazó con fuerza a la muñeca.
A continuación, se sacó del bolsillo unas bayas. Se comía una baya, se calentaba las manos en el fuego y comía otra. Sara no quiso ninguna. Rachel mordisqueó el pedazo de queso. Ya se había comido todas las provisiones que se llevara del castillo, excepto el pan, por supuesto. Pero no se lo podía comer; la caja estaba dentro.
Rachel echaba de menos a Giller con toda su alma, pero tenía que hacer lo que el mago había dicho: seguir huyendo y dormir en un pino hueco distinto cada noche. La niña no sabía cuánto se había alejado del castillo; simplemente caminaba durante el día, con el sol a la espalda por la mañana y de cara por la tarde. Brophy se lo había enseñado. Él lo llamaba viajar con el sol. Rachel supuso que eso era lo que estaba haciendo: viajar.
Una rama de pino se movió, sobresaltando a la niña. Rachel vio una manaza que retiraba la rama y luego la reluciente hoja de una espada larga. La niña se quedó mirándola con los ojos muy abiertos, incapaz de moverse.
Un hombre asomó la cabeza.
—Vaya. ¿Qué tenemos aquí? —inquirió risueño.
Rachel oyó un gemido y se dio cuenta de que había salido de su propia garganta. Seguía sin poder moverse. Una mujer también asomó la cabeza junto al hombre y tiró de su compañero para entrar ella primero. Rachel apretó con fuerza a Sara contra el pecho.
—Envaina la espada. La estás asustando —dijo la mujer en tono de reproche.
La niña se acercó hacia sí la hogaza de pan, que el hatillo sólo cubría en parte. Quería correr, pero las piernas no la obedecían. La mujer entró en el interior del pino, se aproximó a Rachel y se arrodilló, apoyándose sobre rodillas y talones. Luego entró el hombre. Rachel alzó la vista hacia la faz de la mujer y vio su larga melena iluminada por la luz del fuego. Abrió los ojos aún más y lanzó otro grito. Por fin sus piernas reaccionaron, al menos un poco. Rachel retrocedió apresuradamente hacia el tronco del árbol, sin olvidar el pan. Las mujeres de pelo largo siempre traían complicaciones. La niña mordió un pie de Sara; jadeaba y no cesaba de gemir, apretando la muñeca con todas sus fuerzas. Entonces apartó la mirada del pelo de la mujer y buscó desesperadamente una vía de escape.