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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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Había vuelto a ser un lobo durante un instante, pero la bofetada de Weese se lo arrebató todo, y sólo le dejó el regusto de su sangre en la boca. La bofetada había hecho que se mordiera la lengua. Cuánto odiaba a aquel hombre.

—¿Quieres que te dé otra? —preguntó airadamente—. Mira que no me cuesta nada. No te pienso aguantar esas miradas insolentes. Baja a la destilería y dile a Tuffleberry que tengo dos docenas de barriles para él, pero más vale que envíe a alguien a buscarlos o se los daré a otro que los necesite más. —Arya echó a andar, pero no lo suficientemente deprisa para el gusto de Weese—. ¡Más vale que corras si quieres cenar esta noche! —le gritó, al parecer olvidadas ya sus promesas de un capón gordo—. ¡Y no te vuelvas a perder o te juro que te doy una paliza!

«No —pensó Arya—. No volverás a darme ninguna paliza.» Pero corrió. Los antiguos dioses del norte debían de guiar sus pasos. A medio camino de la destilería, cuando pasaba bajo un puente de piedra que enlazaba la Torre de la Viuda con la Pira Real, oyó unas risas ásperas. Rorge dobló la esquina con otros tres hombres, todos con el blasón de la manticora de Ser Amory bordado sobre el pecho. Al verla, se detuvo y sonrió mostrando los dientes marrones y torcidos bajo la solapa de cuero con la que se cubría el rostro.

—Vaya, pero si es la putita de Yoren —dijo—. Ya sabemos para qué te quería ese cabrón de negro en el Muro, ¿eh? —Rió de nuevo, y los demás corearon sus carcajadas—. ¿Dónde tienes ahora el palo aquél? —preguntó Rorge de repente. Su sonrisa había desaparecido tan deprisa como apareció—. Ya te dije que te lo iba a meter por el culo. —Dijo un paso hacia ella. Arya retrocedió—. Vaya, ahora que no estoy encadenado ya no eres tan valiente, ¿eh?

—Yo os salvé. —Mantuvo una buena distancia entre ellos, preparada para huir, rápida como una serpiente, si intentaba agarrarla.

—Y en prueba de gratitud te lo meteré dos veces. ¿A Yoren qué le gustaba, follarte por el coño o por ese culito prieto?

—Estoy buscando a Jaqen —dijo—. Tengo un mensaje para él.

Rorge se detuvo. Algo brilló en sus ojos… ¿sería posible que tuviera miedo de Jaqen H’ghar?

—En los baños. Fuera de mi camino.

Arya se dio media vuelta y salió corriendo veloz como un ciervo, volando sobre los guijarros hasta que estuvo al lado de los baños. Jaqen estaba sumergido en una bañera, rodeado de vapor, mientras una criada le echaba agua caliente por encima de la cabeza. La larga cabellera, roja por un lado y blanca por el otro, le caía sobre los hombros húmeda y pesada.

Se acercó silenciosa como una sombra, pero él abrió los ojos.

—La chica camina con pasitos de ratón —dijo—, pero uno oye.

«¿Cómo me ha podido oír?», se preguntó, y pareció como si también eso lo oyera.

—El sonido del cuero contra la piedra canta más alto que un cuerno de guerra para uno con los oídos atentos. La niña lista va descalza.

—Traigo un mensaje. —Arya miró con inseguridad a la sirvienta. Al ver que no se iba a marchar, se inclinó hasta que casi rozó con los labios la oreja del hombre—. Weese —susurró.

Jaqen H’ghar volvió a cerrar los ojos y flotó lánguido, medio dormido.

—Di a su señoría que uno irá a presentarle sus respetos en cuanto sea posible. —Movió la mano tan de repente que la salpicó de agua caliente, y Arya tuvo que dar un salto atrás para no quedar empapada.

Cuando le dijo a Tuffleberry lo que Weese le había encargado, el cervecero lo maldijo a gritos.

—Ya puedes ir a decirle a Weese que mis muchachos tienen mucho que hacer aquí, y dile a ese cabrón picado de viruelas que los siete infiernos se helarán antes de que le dé otro cuerno de mi cerveza. Que quiero los barriles aquí antes de una hora o esto llegará a oídos de Lord Tywin, vaya si llegará.

Weese también prorrumpió en maldiciones cuando Arya le llevó la respuesta, aunque omitió la parte del cabrón picado de viruelas. Gritó y amenazó, pero al final reunió a seis hombres y de mala gana los envió a llevar los barriles a la cervecería.

Aquella noche la cena consistió en un guiso aguado de centeno, cebolla y zanahorias, con un trozo de pan moreno que estaba duro. Una de las mujeres se estaba acostando en la cama de Weese, así que a ella le dieron también un trozo de queso azul y un ala del capón del que Weese había hablado aquella mañana. El resto se lo comió él solo. La grasa le corría en un hilillo brillante por las espinillas que tenía en la comisura de la boca. Ya casi se había terminado el ave cuando alzó la vista y vio que Arya lo estaba mirando.

—Ven aquí, Comadreja.

Aún quedaban unos bocados de carne roja en uno de los muslos. «Se le había olvidado, pero ahora se ha acordado.» Casi se sintió mal por haberle dicho a Jaqen que lo matara. Se levantó del banco y acudió junto a la mesa.

—He visto que me estabas mirando. —Weese se limpió los dedos en su vestido. Luego la agarró por el cuello con una mano y la abofeteó con la otra—. ¿Qué te he dicho? —Le dio otra bofetada, ésta de revés—. Como me vuelvas a mirar con esos ojos te saco uno y se lo echo de comer a mi perra. —La tiró al suelo de un empujón. El dobladillo se le enganchó con un clavo suelto del banco y se le desgarró—. Eso lo tendrás que remendar antes de acostarte —anunció Weese al tiempo que se comía el último trozo de capón. Cuando terminó, se chupó los dedos con un ruidoso sorbetón, y echó los huesos a la perra de piel con manchas.

—Weese —susurró Arya aquella noche, mientras cosía el desgarrón del vestido—. Dunsen, Polliver, Raff el Dulce —siguió, un nombre con cada puntada de la aguja de hueso en la lana sin teñir—. Cosquillas y el Perro. Ser Gregor, Ser Amory, Ser Ilyn, Ser Meryn, el rey Joffrey, la reina Cersei. —Se preguntó cuánto tiempo más tendría que incluir a Weese en su plegaria, y se dejó llevar por el cansancio. Cuando se quedó dormida soñó que por la mañana, al despertarse, Weese ya había muerto.

Pero lo que la despertó fue un puntapié de la bota de Weese, como de costumbre. Mientras desayunaban un poco de avena les dijo que el grueso de las fuerzas de Lord Tywin saldría aquel día del castillo.

—Ni penséis que las cosas os van a resultar más sencillas mientras no esté mi señor de Lannister —les advirtió—. El castillo no es más pequeño, y habrá menos manos para ocuparse de todo. Sois una panda de holgazanes, pero ahora vais a enteraros de lo que es trabajar duro, vaya que sí.

«No serás tú quien nos lo enseñe.» Arya mordió una galleta de avena. Weese la miró con el ceño fruncido, como si oliera su secreto. Ella bajó la vista rápidamente hacia la comida y no se atrevió a volver a levantar los ojos.

Una luz blanquecina iluminaba ya el patio cuando Lord Tywin Lannister partió de Harrenhal. Arya lo vio salir desde una ventana arqueada, en medio de la Torre Aullante. El corcel de batalla del señor llevaba una manta de escamas esmaltadas en color escarlata, y testera y capizana doradas; Lord Tywin lucía una gruesa capa de armiño. Su hermano, Ser Kevan, tenía un aspecto también espléndido. Los precedían nada menos que cuatro portaestandartes, con los inmensos blasones escarlata en los que se veía el león dorado. Detrás de los Lannister iban grandes señores y capitanes. Sus estandartes ondeaban al viento en colorida procesión: buey rojo y montaña dorada, unicornio púrpura y gallo, oso pinto y tejón, hurón plateado y malabarista de traje multicolor, estrellas y rayos de sol, pavo real y pantera, cheurón y daga, capucha negra, escarabajo azul, flecha verde…

El último de todos era Ser Gregor Clegane, con su armadura gris plateada, a lomos de un caballo de batalla tan malhumorado como su jinete. Junto a él cabalgaba Polliver, con el estandarte del perro negro en la mano y el casco astado de Gendry en la cabeza. Era alto, pero cuando cabalgaba a la sombra de su señor no parecía más que un muchachito.

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