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Tiempos de gloria [Glory Season - es]

Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:

La joven Maia, una descastada nacida en verano, debe abandonar el clan de sus privilegiadas medio hermanas clones nacidas en invierno. Su difícil y peligroso viaje iniciático arranca en los muelles de Puerto Sanger y prosigue a bordo de uno de los barcos tripulados por los escasos hombres (menos de un veinte por ciento) que forman la población de Stratos, un mundo creado por y para las mujeres. Sólo el difícil y lejano éxito le permitirá ser la fundadora de un nuevo clan. Las manipulaciones genéticas de la Madre Fundadora Lysos han creado en Stratos un mundo nuevo y distinto, dominado por mujeres que se reproducen por clonación. Una nueva opción sociopolítica, tecnológica, ecológica y, sobre todo, en el ámbito de la relación entre ambos sexos. En la senda de la literatura que denuncia las relaciones entre los sexos o propone establecer nuevos vínculos, Tiempos de gloria se une a obras ya clasicas como La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Le Guin.
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Lo milagroso es que todavía funcione, pensó Maia.

Al principio, le sorprendió la coincidencia de que su viejo utensilio de navegación de segunda mano pudiera ser empleado de esa forma. Pero claro, muchos de los instrumentos que había visto a bordo poseían diminutas pantallas en blanco. En la antigüedad debía de ser costumbre conectar con frecuencia con la Vieja Red… aunque Maia dudaba que espectaculares paredes de maravillas como aquélla fuesen comunes, incluso antes de la Gran Defensa. O de la Fundación.

Se inclinó hacia delante. Algo había cambiado. Hasta ahora, las nuevas formas que entraban girando desde la periferia eran siempre vagamente similares a las pautas más pequeñas que desaparecían por el centro. Pero ahora, dedos de negrura aparecían por los lados. Las formas parecían rodar cada vez más apretadas, y adquirían el aspecto de gigantescas pelotas que flotaban hacia dentro como unidades diferenciadas y no como remolinos parecidos a nubes. Desde arriba y desde abajo, a izquierda y a derecha, aparecían cuerpos esferoides que rebotaban y se perdían uno tras otro mientras la pared frontal en conjunto se volvía más negra.

El último y más grande grupo de pelotas se convirtió en una entidad nueva: una gruesa plancha fosforescente. La rebanada de color chillón pareció tensarse como una cuerda de arco desde la parte inferior derecha. Mientras seguían con la mirada su aparente ascensión, la plancha disminuyó de tamaño. Más membranas similares entraron en escena, conectándose para formar una celdilla vibrante de muchos lados, como la de un tembloroso panal de miel. Más celdillas aparecieron para unirse en un conglomerado espumoso de color iridiscente.

Leie sudaba mientras tiraba con suavidad del diminuto brazo. Maia se inclinó hacia delante para ver la masa difuminarse y desaparecer en un instante.

La pared se convirtió en un vacío terrible.

—¡Oh! —gruñó la gemela de Maia, desazonada, sus rasgos brillando a la leve luz de las bombillas eléctricas—. ¿Lo he roto?

—No —le aseguró Maia—. La pared ya estaba así antes. La máquina sigue conectada. Continúa.

—¿Estás segura? Puedo volver atrás.

—Continúa —repitió Maia, esta vez con firmeza.

—Bueno, iré un poco más rápido, entonces —dijo Leie. Antes de que Maia pudiera responder, tiró con más fuerza del pequeño brazo. La negrura duró otra fracción de segundo, lo suficiente para que un enjambre de puntitos chispeara a la vista. ¡De pronto, todos los colores volvieron! Una vez más, el punto de vista simulado retrocedió, mientras oleadas de convulso brillo irisado aparecían en los bordes. Todo esto sucedió en el tiempo que Maia tardó en gritar:

—¡No! ¡Alto!

El movimiento cesó, excepto la lenta danza de las pautas y de sus partículas constituyentes, que se mezclaban y separaban como volutas de humo.

—¿Qué? —inquirió Leie, volviéndose para mirar a su hermana—. Vuelve a funcionar…

—Nunca ha dejado de funcionar. Vuelve atrás —insistió Maia, reprimiendo el impaciente impulso de apartar a su hermana y manejar la máquina ella misma. La coordinación de Leie, algo mejor, podría constituir toda la diferencia—. Vuelve a la parte negra.

Con un suspiro, Leie se dio la vuelta y empujó delicadamente la diminuta palanca. Una vez más, experimentaron la sensación de zambullida hacia delante, hacia abajo… de hacerse más pequeñas mientras todo a su alrededor crecía y se precipitaba hacia fuera.

La negrura regresó con un destello, y desapareció de nuevo, aún más rápidamente que la primera vez. Ya la habían cruzado y se encontraban entre los panales de espuma centelleante antes de que Leie pudiera detener el movimiento de su mano.

—¡No es fácil, maldición! —se quejó—. Las palancas se mueven a sacudidas. Yo nunca permitiría que una máquina llegara a un estado semejante.

Maia casi replicó que Leie nunca había tenido que cargar con el diminuto aparato mientras montaba a caballo, en trenes, barcos, mientras se ahogaba, la golpeaban, escalaba acantilados y luchaba por su vida… Pero lo dejó estar mientras Leie se inclinaba sobre la herramienta, intentando tirar del brazo poco a poco. Como antes, las estructuras celulares se convirtieron en espuma y luego se perdieron en la negrura, una negrura que no variaba, salvo por algún ocasional borrón que cruzaba la escena demasiado rápido para poder seguirlo.

—¿Te importa… decirme… qué estamos buscando? —gruñó Leie.

—Tú sigue —instó Maia. Notaba la confusión de los hombres que la rodeaban. Sorprendidos por la desaparición de las pautas giratorias, pero asombrados por su apasionamiento, avanzaron y se quedaron mirando la pared en blanco como si se asomaran a una espesa niebla en busca del milagro de la luz de una bahía. Su compañía fue bienvenida, sobre todo cuando uno de ellos exclamó:

—¡Alto!

Lo hizo antes de que Maia pudiera articular palabra. Esta vez, Leie reaccionó con rapidez. La zona de luz que el hombre había advertido todavía seguía en la esquina superior izquierda. A primera vista, era casi totalmente blanca, aunque tenía puntitos azules y anaranjados. Leie pasó a las ruedas medidoras, que controlaban el movimiento lateral. Girándolas con suavidad, centró el objeto.

Era una brillante forma parecida a un molinete. Un «ciclón», según dijo un marinero. Un huracán, o un remolino, sugirieron otros.

Pero Maia sabía que no. El viejo Bennett la habría identificado nada más verla. Renna la percibiría como una amiga y una señal.

Contempló asombrada la majestuosa forma que cubría la pared frontaclass="underline" una rueda galáctica, el esplendor de su espiral lleno de brillantes estrellas.

…ε| τιεμπο ηο εζρεrα

ε| (αρrι(hο δε ηαδια…

25

El capitán Poulandres la mandó llamar. Había otro parlamento con las enemigas. La cortante respuesta de Maia, transmitida por el grumete, sugirió irritada que el capitán escogiera a otra persona.

—¡Necesito tiempo! —gritó por encima del hombro cuando Poulandres vino en persona—. La última vez fui para que me vieran. ¡Todo lo que pido es que nos consigas más tiempo!

Maia apenas oyó su murmurada promesa de intentarlo.

—Y envíame a tu navegante, ¿quieres? —añadió, llamándolo cuando ya se marchaba—. ¡Nos vendrá bien la ayuda de un profesional!

Relevado de la guardia con el rifle, el joven oficial llegó cuando Leie y Maia consiguieron retroceder desde la nebulosa en espiral, revelando su inclusión en un puñado de brillantes galaxias. Y ese puñado demostró no ser más que una resplandeciente onda en un sinuoso arco que se extendía a través del vacío, titilando como una aurora cósmica. El navegante soltó una exclamación al ver la maravillosa imagen.

Maia reconoció que era todo un espectáculo, ¿pero qué significaba? ¿Era una pista hacia el camino que Renna había emprendido? Tenía que dar por entendido que sí, puesto que nada más en el enorme juego—simulación parecía tener el menor sentido. ¿Se suponía que tenían que encontrar un destino concreto en aquel macrocosmos, e «ir» allí? ¿O eran aquellas convulsas entidades indicadores de otra clase?

Los problemas concretos lastraban el progreso en muchos sentidos. Manejar los controles era como intentar pilotar una barcaza de carbón por un canal estrecho y retorcido, toda una prueba de arranques, pausas y ajustes.

La inercia y los fallos mecánicos seguían ampliando demasiado la imagen para luego reducirla excesivamente. Más aún; Maia no tardó en darse cuenta de que nadie, ni siquiera el navegante, tenía idea de dónde «estaban».

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