Los Portales de Piedra
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #4
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:
Como si pensar en lo extraordinario hubiera servido de llamada a tales rarezas, un trozo de cielo, cerca de las montañas, se oscureció repentinamente y se convirtió en una ventana a otro lugar. Rand se encontraba en medio de un vendaval, riendo a mandíbula batiente, como un demente, con los brazos alzados, y en el viento cabalgaban pequeñas formas de colores dorados y escarlatas, como la peculiar figura del estandarte del Dragón; unos ojos ocultos observaban a Rand, quien tal vez lo sabía o tal vez no. La rara «ventana» desapareció repentinamente y fue sustituida por otra más lejana en la que Nynaeve y Elayne avanzaban con cautela por un aberrante paisaje de edificios retorcidos y sombríos, a la caza de una bestia peligrosa. Perrin no habría sabido decir por qué sabía que era peligrosa, pero no le cupo duda alguna al respecto. La visión desapareció, y otro parche oscuro se abrió en el cielo. Mat estaba parado en la bifurcación de una calzada que se extendía ante él. Lanzó una moneda al aire, miró hacia uno de los ramales y, de repente, estaba tocado con un sombrero de ala ancha y sostenía una especie de cayado rematado por una cuchilla corta. Otra «ventana» se abrió, y en ella Egwene y otra mujer de largo cabello blanco lo miraron con sorpresa mientras a su espalda la Torre Blanca se desmoronaba piedra tras piedra. También esta imagen se desvaneció.
Perrin respiró profundamente. Había visto cosas parecidas con anterioridad aquí, en el sueño de lobos, y consideraba que tales visiones eran reales en cierto modo o guardaban algún significado. En cualquier caso, los lobos no las veían. Moraine había sugerido que el sueño de lobos era lo mismo que algo llamado Tel’aran’rhiod y no quiso añadir nada más. El joven escuchó en una ocasión a Egwene y a Elayne hablando sobre sueños, pero la muchacha de Dos Ríos ya sabía demasiado sobre él y sobre lobos, quizá tanto como Moraine. No era un tema del que Perrin pudiera hablar, ni siquiera con ella.
Había alguien con quien sí podría hacerlo. Ojalá encontrara a Elyas Machera, el hombre que le había presentado a los lobos. Elyas sabía sobre estas cosas. Cuando pensó en el hombre, Perrin tuvo la sensación de escuchar su propio nombre susurrado quedamente en el viento, pero al prestar atención sólo oyó el aire. Era un sonido solitario. Estaba aquí él solo.
—¡Saltador! —llamó. El lobo estaba muerto y, sin embargo, aquí no lo estaba. El sueño de lobos era el lugar al que venían los lobos al morir mientras esperaban volver a nacer. Para ellos era algo más que eso; parecían ser conscientes del sueño de algún modo incluso cuando estaban despiertos. Era casi tan real como lo otro—. ¡Saltador! —volvió a llamar, pero el lobo no acudió.
Esto era inútil. Se encontraba aquí por una razón, así que más valía que siguiera adelante. Como poco le llevaría varias horas llegar al punto donde había visto a los cuervos.
Dio un paso, el entorno se tornó borroso a su alrededor, y plantó el pie cerca de un pequeño arroyo a cuyas márgenes crecían cicutas achaparradas y sauces de montaña; en lo alto las nubes cubrían los picos del macizo. Miró, perplejo, a su alrededor. Se encontraba en el extremo opuesto del valle donde estaba la puerta a los Atajos. De hecho, estaba exactamente en el punto donde tenía intención de ir, el sitio de donde habían salido los cuervos y la flecha que había matado al halcón. Hasta ahora no le había ocurrido nada igual. ¿Estaba aprendiendo más cosas sobre el sueño de lobos —Saltador le decía siempre que era un ignorante— o era diferente en esta ocasión?
Fue más cauteloso en dar otro paso, pero no ocurrió nada fuera de lo normal. No había evidencia de arqueros ni de cuervos, ninguna huella, ninguna pluma, ningún olor. No sabía muy bien lo que había esperado encontrar, pero, indudablemente, no habría señales a menos que también hubieran estado en el sueño. No obstante, sí podría encontrar lobos y ellos le dirían si había Engendros de la Sombra en las montañas. Quizá si estuviera más arriba oirían su llamada.
Fijó la mirada en el pico más alto de los que bordeaban el valle, justo rozando las nubes, y adelantó un paso. El mundo se tornó borroso y, un momento después, Perrin estaba en la ladera de la montaña, con las hinchadas nubes blancas a poco más de quince metros sobre su cabeza. Sin poder remediarlo, se echó a reír. Esto era divertido. Desde su posición alcanzaba a divisar todo el valle que se extendía allá abajo.
—¡Saltador!
No hubo respuesta. Se trasladó a la siguiente montaña y llamó; pasó a la siguiente, hacia el este, en dirección a Dos Ríos. Pero Saltador siguió sin contestar. Y, lo que era más inquietante, Perrin tampoco percibió la presencia de otros lobos. En el sueño de lobos siempre los había. Siempre.
Saltó de pico en pico a gran velocidad, llamando, buscando. Las montañas se encontraban vacías bajo él a excepción de los venados y otros animales de caza. Empero, de tanto en tanto surgían señales de la presencia de hombres, pero eran muy antiguas. Unas estatuas talladas, al doble del tamaño natural, ocupaban la casi totalidad de una ladera; en otro sitio, unas extrañas letras angulosas de unos tres metros de alto habían sido esculpidas en la cara de un risco un poco demasiado liso y escarpado. La lluvia y el viento habían erosionado los rostros de las estatuas, y unos ojos menos penetrantes que los suyos habrían tomado las letras como obra de los fenómenos atmosféricos. Las montañas y los riscos dieron paso a las Colinas de Arena, unos ondulados montículos apenas cubiertos por hierba dura y arbustos resistentes, que en tiempos eran el litoral de un gran mar, antes del Desmembramiento. Inopinadamente, Perrin vio a otro hombre en lo alto de una arenosa colina.
Estaba demasiado lejos para verlo con detalle, sólo que era un hombre alto de cabello oscuro, pero, evidentemente, no se trataba de un trolloc ni nada por el estilo. Vestía una chaqueta azul y llevaba un arco colgado a la espalda; estaba inclinado sobre algo que quedaba oculto detrás de un arbusto. Sin embargo, había algo familiar en él.
Se levantó el viento, y Perrin captó levemente su olor. Un olor frío, era la única descripción que se le ocurría. Frío y, realmente, inhumano. De repente, el joven tuvo en la mano su propio arco, con una flecha encajada, y notó el peso de la aljaba llena colgada del cinturón.
El otro hombre levantó la cabeza y lo vio. Vaciló un instante antes de darse media vuelta y convertirse en una especie de rayo que se desplazó por las colinas, alejándose.
Perrin saltó al punto donde había estado el hombre y echó una ojeada a lo que lo había tenido ocupado; sin pensarlo, fue en su persecución dejando tras de sí el cadáver de un lobo a medio despellejar. Un lobo muerto en el sueño de lobos. Inconcebible. ¿Qué podía causar su muerte aquí? Algo maligno.
Su presa corría delante de él con zancadas que cubrían kilómetros, manteniéndose a una distancia en la que apenas resultaba visible. Dejaron atrás las colinas, cruzaron el enmarañado Bosque del Oeste con sus dispersas granjas, pasaron sobre labrantíos, por un tapiz de campos y pequeños sotos, y pasaron el pueblo Colina del Vigía. Era raro ver las casas de techos de paja que cubrían la colina sin que hubiera gente en las calles, y las granjas como si estuvieran abandonadas. Pero el joven no perdió de vista al hombre que huía delante de él. Se había acostumbrado de tal modo a esta persecución que no se sorprendió cuando en una de las zancadas llegó a la orilla meridional del río Taren y, en la siguiente, se encontró en medio de unas áridas colinas desprovistas de árboles y hierba. Siguió corriendo hacia el nordeste, por encima de arroyos y calzadas y pueblos y ríos, concentrado únicamente en el hombre que iba delante. Entonces algo centelleó al frente, reflejando el soclass="underline" una torre de metal. Su presa se dirigió velozmente hacia ella y desapareció. Dos saltos lo llevaron también a Perrin allí.