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Los Portales de Piedra

Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:

Los sellos de Shayol Ghul se han debilitado y la presencia del Oscuro se hace cada vez más evidente.En Tar Valon, Min es testigo de hechos portentosos que vaticinan un horrible futuro. Los Capas Blancas buscan en Dos Ríos a un hombre con los ojos dorados y siguen el rastro de Dragón Renacido. Mientras tanto, Rand al’Thor se dedica a tomar sus propias y sorprendentes decisiones.
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Es lista. Había un atisbo de duda en la idea; Saltador seguía sin creer que hubiera habido ninguna «ella».

—He llegado mucho más lejos de lo que era mi intención —musitó Perrin. Le explicó a Saltador su necesidad de encontrar lobos en Dos Ríos o en las montañas cercanas, y lo de los cuervos y lo de los trollocs en los Atajos.

Cuando hubo acabado, Saltador permaneció callado un buen rato, con la peluda cola agachada y tiesa. Finalmente…

Evita tu antiguo hogar, Joven Toro. La imagen que evocó en la mente de Perrin la palabra «hogar» era la de una tierra marcada por una manada de lobos. Ya no quedan lobos allí. Los que había y no huyeron ahora están muertos. Verdugo camina en el sueño allí.

—He de ir a casa, Saltador. Es preciso.

Ten mucho cuidado, Joven Toro. El día de la Última Cacería se aproxima. Correremos juntos en ella.

—Lo haremos —respondió tristemente Perrin. Sería bonito que pudiera venir aquí cuando muriera; a veces, parecía que ya era medio lobo—. He de irme ahora, Saltador.

Que tengas muchas y buenas cacerías, Joven Toro, y hembras que te den muchos cachorros.

—Adiós, Saltador.

Abrió los ojos a las mortecinas brasas de la lumbre en la falda de la montaña. Gaul estaba sentado en cuclillas justo al borde de la luz, vigilando la noche. En el otro campamento Faile estaba despierta, haciendo su turno de guardia. La luna se asomaba sobre las montañas y convertía las nubes en sombras nacaradas. Perrin calculó que había dormido dos horas.

—Haré guardia un rato —dijo mientras retiraba la capa. Gaul asintió y se tumbó en el suelo, en el mismo sitio donde estaba—. Gaul… —El Aiel levantó la cabeza—. Puede que las cosas en Dos Ríos estén peor de lo que pensaba.

—Suele ocurrir —contestó Gaul en voz queda—. Así es la vida. —El Aiel recostó la cabeza tranquilamente, dispuesto a dormir.

Verdugo. ¿Quién sería? ¿Qué sería? Engendros de la Sombra en los Atajos, cuervos en las Montañas de la Niebla, y ese hombre llamado Verdugo en Dos Ríos. No podía ser una coincidencia por mucho que él quisiera.

29

Regreso al hogar

El trayecto hacia el Bosque del Oeste que Perrin había realizado en media docena de pasos en el sueño de lobos para salir de las montañas y atravesar las Colinas de Arena duró tres largos días a caballo. Los Aiel no tuvieron problemas para mantener el ritmo a pie, pero a los animales les resultaba muy difícil avanzar con velocidad a causa del accidentado terreno. A Perrin le picaban mucho las heridas en su proceso de curación; por lo visto el ungüento de Faile estaba funcionando.

Por lo general el viaje estuvo presidido por el silencio, que las más de las veces se rompía con el gañido de los zorros en plena caza o el grito resonante de un halcón y más de tarde en tarde por la conversación. Por lo menos no volvieron a ver cuervos. En más de una ocasión Faile estuvo a punto de acercar su yegua al caballo de Perrin para decirle algo, pero siempre se refrenó en el último momento. El joven se alegró de ello; deseaba hablar con la muchacha más que nada, pero ¿y si acababan haciendo las paces? Se reconvino para sus adentros por desear que tal cosa ocurriera. Al fin y al cabo, Faile había engañado a Loial con un ardid y a él le había jugado una mala pasada. Su presencia iba a empeorarlo todo, a hacerlo aun más difícil para él. Sin embargo, cómo deseaba volver a besarla. Pero ojalá decidiera que ya estaba harta de él y se marchara. ¿Por qué tenía que ser tan testaruda?

Faile y las dos Aiel mantenían las distancias; Bain y Chiad caminaban una a cada lado de Golondrina a no ser que alguna de ellas estuviera haciendo un reconocimiento del terreno. A veces las tres mujeres musitaban quedamente entre ellas tras lo cual evitaban mirarlo de manera tan manifiesta que habría tenido el mismo efecto si le hubieran tirado piedras. Loial cabalgaba con ellas a petición de Perrin, aunque saltaba a la vista que la situación le ocasionaba una profunda irritación. Sus copetudas orejas se agitaban como si el Ogier deseara no haber topado jamás con humanos. En cuanto a Gaul, por lo visto encontraba todo aquello muy divertido; cada vez que Perrin lo miraba, el Aiel parecía estar riendo para sus adentros.

Por su parte, Perrin no dejó de estar preocupado un solo momento, hasta el punto de llevar el arco encordado y dispuesto sobre la perilla de la silla de manera continua. Se preguntaba si el tal Verdugo merodearía por Dos Ríos únicamente en el sueño de lobos o, por el contrario, lo haría también en el mundo real. El joven sospechaba que era esto último y que había sido Verdugo quien había disparado al halcón sin motivo alguno. Como si no tuviera bastantes preocupaciones con los Hijos de la Luz, ahora también debía estar alerta contra ese tipo.

Su numerosa familia vivía en una floreciente granja situada a más de medio día de camino de Campo de Emond, casi en el Bosque de las Aguas. Estaban sus padres, sus hermanas y un hermano pequeño. Petram tendría ahora nueve años y sin duda se opondría con más empeño que nunca a que lo llamaran el pequeñín; Deselle, con sus doce, estaría en pleno desarrollo; y Adora, ya con dieciséis, probablemente estaría a punto de trenzarse el cabello. También vivían allí tío Eward, hermano de su padre, y tía Magda, ambos muy fornidos y parecidos entre sí, y sus hijos. Y tía Neain, que visitaba la tumba de tío Carlin todas las mañanas, y sus hijos. Y su tía abuela, Ealsin, que nunca contrajo matrimonio, con su afilada nariz y aun más agudo olfato para enterarse de lo que se traían entre manos todos los que vivían en kilómetros a la redonda. Antes de su marcha, sólo los veía en los días festivos, ya que trabajaba como aprendiz de maese Luhhan y la granja se encontraba demasiado distante para estar yendo y viniendo a diario; además, siempre había habido trabajo pendiente en la herrería. Si los Capas Blancas buscaban a los Aybara no les costaría trabajo encontrarlos. De ellos era de quienes tenía que preocuparse, no del tal Verdugo. Un hombre solo no podía ocuparse de todo, así que había que tener prioridades, y la suya era proteger a su familia y a Faile. Ante todo. Después estaban el pueblo, los lobos y, por último, Verdugo.

El Bosque del Oeste se hallaba sobre un terreno pedregoso donde crecían afloramientos; un terreno agreste, frondoso, en el que había pocos senderos y aun menos granjas. Había recorrido estas densas florestas de pequeño, ya fuera solo o con Rand y Mat, cazando con arco o con honda, poniendo trampas para conejos o simplemente paseando. Las ardillas parloteando en los árboles, los zorzales gorjeando en las ramas e imitados por los cenzontes, los colines de espalda azul levantando el vuelo entre la maleza delante de los viajeros… Todos ellos le anunciaban el hogar. El propio aroma de la tierra levantada por los cascos de los caballos era un reencuentro.

Se habría dirigido directamente a Campo de Emond, pero en cambio se desvió hacia el norte a través del bosque y finalmente cruzaron un sendero llamado el Camino de la Cantera cuando el sol descendía hacia las copas de los árboles. Nadie en Dos Ríos sabía el porqué del nombre de Cantera, y, en cuanto a lo de Camino, poco tenía de tal, sino que era una senda desbrozada en la que no se advertía la falta de árboles hasta que se veían los profundos surcos dejados por el paso de incontables carretas y carros a lo largo de generaciones. De vez en cuando asomaban a la superficie fragmentos del antiguo pavimento. Quizás antaño conducía a una cantera de Manetheren.

La granja que buscaba Perrin se hallaba cerca de este sendero, al otro lado de las hileras de manzanos y perales en los que maduraban los frutos. Perrin olió la granja antes de verla. El olor a calcinado no era reciente, pero la peste no desaparecería ni en el transcurso de un año.

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