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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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La Hermana miraba de nuevo hacia el cielo, y la niebla oscura que los rodeaba a ambos giraba y adoptaba formas. Eran espectros: figuras incorpóreas en cuyo interior bullía la muerte. Sus rostros mudaban rápidamente con humeantes sombras siempre cambiantes, que se combinaban con unos relucientes ojos rojos y semblantes impenetrables; ardientes llamas de fuego vivas de odio que chispeaban furiosas desde la noche eterna.

A Richard se le puso la carne de gallina. Cuando sintió la presencia del aullador al otro lado de la puerta en la casa de los espíritus, cuando había sentido al hombre que estaba a punto de matar a Chandalen y la primera vez que había visto a las Hermanas había experimentado una abrumadora e inexplicable sensación de peligro. Y ahora se repetía.

En su mente no cabía la menor duda de que esos espectros eran parte de la magia del valle, y que, por fin, esa magia había encontrado al intruso: él.

— ¡Verna! —gritó.

— Richard, ya te he dicho que debes llamarme hermana Verna —lo reprendió la mujer.

— ¿Es esto lo que haces a tus pupilos? ¿Les haces daño con tu poder?

La Hermana se sobresaltó.

— Pero si yo…

— ¿Es éste tu paraíso eterno? ¿Pelearte con los demás? ¿Hacerles daño? —Richard se arrodilló rápidamente, sin perder de vista las formas que flotaban alrededor—. Hermana, tenemos que salir de aquí.

— Pero yo quiero quedarme con Él. He hallado la felicidad.

— ¿Es ésta tu idea del paraíso? ¿Causar dolor? ¡Respóndeme, hermana Verna! ¿Es esto lo que el Creador desea que hagas? ¿Causar daño a la gente de la que eres responsable?

La Hermana se quedó mirándolo muy asombrada y, recuperando de pronto la rapidez de movimientos, corrió hacia él.

— ¿Te he hecho daño? —le preguntó, cogiéndolo con fuerza por los hombros—. Oh, hijo mío, lo siento. No era mi intención.

Richard se puso de pie y la zarandeó.

— Hermana, tenemos que salir de aquí. Pero yo no sé cómo. ¡Dime cómo hacerlo antes de que sea demasiado tarde!

— Pero… yo quiero quedarme.

— Mira alrededor, hermana Verna. ¿Qué ves?

La mujer giró la cabeza con rigidez, posando la mirada en una oscura forma tras otra, y luego de nuevo en el joven.

— Richard…

— ¡Mira, Hermana! —Richard señaló el cielo, enfadado—. ¡Ése no es el Creador! ¡Es el Custodio!

La mujer miró en la dirección que él señalaba. Lanzando un grito ahogado, se llevó una mano a la boca.

El resplandor rojo en los ojos de una de las formas oscuras y cambiantes se intensificó hasta convertirse en ascuas ardiendo. La sensación de peligro le llegó a Richard hasta la misma alma. En un abrir y cerrar de ojos ya había desenvainado la espada. El vaporoso espectro adquirió forma sólida, con huesos, músculos, garras y colmillos. Ahora era una horrenda bestia de piel oscura, agrietada y correosa, salpicada por asquerosas llagas purulentas. La bestia descendió sobre Richard con increíble velocidad.

Empuñando la espada con ambas manos, Richard descargó toda la furia que sentía en un grito, mientras atravesaba el pecho de la bestia con el acero. La carne blanda y el duro hueso sisearon al contacto con la hoja. El monstruo se deslizó de la espada al suelo como un cubo lleno de inmundicias; el pellejo no fue suficiente para contener sus entrañas. Una gota de sangre salpicó a Richard en un brazo, le quemó la camisa y le llegó a la carne. La bestia hervía y echaba espuma desde el interior. De las llagas abiertas empezaron a brotar gusanos.

La hermana Verna contemplaba con ojos desorbitados esa masa borboteante y humeante. Richard le agarró la corta melena rizada y le giró la cabeza para obligarla a mirar a las formas que se les acercaban.

— ¿Es ésta tu idea del paraíso? ¡Mira! ¡Míralas!

El joven la arrastró hacia atrás con él, mientras la oscura y aguada sangre derramada por la bestia prendía. Las llamas desprendían volutas de humo acre, grasiento y negro. Richard se detuvo al recordar lo que la Hermana le había dicho antes acerca de correr hacia las garras de las bestias que acechaban detrás. Entonces olió a carne quemada y, al darse cuenta de que era la suya, escupió sobre el doloroso punto humeante en el brazo donde había salpicado la sangre del monstruo.

Rápidamente recorrió la zona con la mirada. Detrás de ellos había más formas. Una de ellas se encarnó en otra bestia, esta vez con pezuñas hendidas y un ancho hocico, del que le brotaron colmillos afilados como navajas, que crecieron hasta transformarse en largas armas curvas.

Gruñendo, cargó contra ellos. Richard descargó la espada sobre la cabeza de la bestia que trataba de empalarlo con los colmillos, y le atravesó el cráneo. Lanzando un chillido, el monstruo se desplomó pesadamente. Cuando su voluminoso cuerpo tocó el suelo, ya se había transformado en una masa de serpientes que se retorcían. Los ofidios iban cayendo uno sobre los otros en una enmarañada pila que se iba deshaciendo. Centenares de penetrantes ojos rojos se clavaron en él, y lenguas rojas se agitaron en el aire, mientras los cuerpos a bandas amarillas y negras se deslizaban hacia los dos humanos.

A Richard no le pareció que fueran meros espejismos incorpóreos. Al menos, el brazo donde la sangre del monstruo le había quemado le dolía una barbaridad. Las serpientes silbaban. Algunas se enroscaron, prestas a atacar, dejando al descubierto chorreantes dientes.

— Richard, tenemos que salir de aquí. Vamos, hijo.

Ambos dieron media vuelta y echaron a correr, seguidos por las serpientes de ojos rojos que flotaban. De pronto, Richard sintió que atravesaba una zona de aire más denso, que chispeaba alrededor.

La hermana Verna gritó. Richard se volvió y la vio tirada en el suelo, delante de las serpientes. La Hermana se puso de pie de un salto y volvió a intentarlo, pero no pudo pasar. Para ella el aire era sólido.

Por un instante se quedó en silencio. Una vez se hubo serenado, unió ambas manos y dijo:

— Richard, estoy atrapada en este hechizo y no puedo salir de él. Es a mí a quien el hechizo ha capturado y reconoce. Para mí ya es tarde. Sálvate. Corre. Sin mí tienes una oportunidad. Vamos, corre.

De pronto había muchas más serpientes de las que Richard había visto al principio. El suelo hervía de reptiles. Lo estaban rodeando. De un golpe con la espada, decapitó a tres que se habían acercado demasiado.

Los cuerpos sin cabeza se retorcieron y a continuación se convirtieron en cientos de enormes bichos brillantes con bandas negras y marrones. Los insectos se dispersaron en todas direcciones. Algunos se le metieron dentro de las perneras. Frenético, Richard sacudió las piernas para librarse de ellos. Cada picadura era como un carbón ardiendo sobre la piel. Golpeaba con los pies en el suelo para quitárselos de encima. En el suelo donde había matado a las serpientes los bichos se multiplicaban. Sus duros cuerpos caían unos sobre los otros y crujían como el sonido de hojas secas que el viento arrastra por un suelo agostado.

Saltando entre los bichos que emitían ruiditos secos y las serpientes que se retorcían, avanzó de espaldas hasta el aire que chispeaba.

— Sin ti no tengo oportunidad alguna —dijo a la Hermana—. Tú vienes conmigo.

El joven la envolvió con sus brazos y se lanzó hacia la chispeante barrera con la espada por delante. Al principio era como muro sólido, pero entonces el aire alrededor explotó con rutilantes destellos. Líneas de luz, como vidrio agrietado, salieron disparadas en todas direcciones. El aire se inflamó en un estallido de chispas y un resonar de truenos. Las vertiginosas chispas fueron ralentizándose y cayendo al suelo como copos de nieve. Su luz se extinguía al tocar la tierra. Ambos atravesaron entonces la barrera, libres ya del hechizo.

Pero las formas oscuras los siguieron, al igual que las serpientes, y los bichos reventaban y crujían bajo sus botas.

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