La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
— Desapareciste —se defendió—. No podía encontrarte. Te busqué pero…
— ¡No me repliques! —le gritó la mujer, y sus rizos se agitaron—. Estoy harta de oírte. Ya te dije que no iba a tolerar más desmanes de tu parte. Se me ha agotado la paciencia, Richard.
El joven abrió la boca para decir algo, pero el collar lo impulsó hacia atrás, y sus pies abandonaron el suelo. Era como si llevara una soga al cuello y alguien hubiera tirado de ella. Lanzando un gruñido se estrelló contra el muro. El impacto lo dejó sin respiración y casi le hizo perder el conocimiento. Se quedó colgando en el aire, pegado contra el muro y sin poder moverse. El rada’han lo estaba asfixiando. Por mucho que tratara de fijar los ojos en algo, sólo veía manchas borrosas.
— Ya es hora de que te dé una lección que te mereces hace mucho tiempo —dijo la Hermana en un gruñido, al tiempo que se aproximaba a él—. Ya estoy harta de tanta desobediencia y no pienso soportarla más.
Richard pugnó por respirar. Cada vez que cogía aire, le quemaba al pasar a través de lo que le constreñía el cuello. Por fin, la visión se le aclaró y posó la mirada en el semblante de la hermana Verna. Su ira se inflamó.
— Hermana… no…
El dolor le impidió seguir. Le quemaba en el pecho con tal ardor que sentía un hormigueo en los dedos. Era incapaz siquiera de coger aire para gritar.
— Ya basta de tanto hablar. No quiero oír ni una sola palabra más. Ya basta de excusas, de razones y de juicios severos. A partir de ahora harás lo que yo te diga cuando te lo diga, y no volverás a tratarme nunca más con insolencia.
La mujer se le acercó otro paso. Su expresión se tornó amenazadora.
— ¿Nos entendemos ahora sí o no?
De algún modo, la Hermana intensificó el dolor. Richard temblaba por la angustiosa sensación aplastante en el pecho. Sus ojos muy abiertos derramaron abundantes lágrimas.
— ¡Te he hecho una pregunta! ¿Nos entendemos sí o no?
— Hermana Verna… —dijo cuando los pulmones se le llenaron de aire—. Te lo advierto… no…
— ¿Que me adviertes a mí? ¿Tú me adviertes a mí?
Un candente dolor le desgarró el pecho, y empeoraba con cada inspiración. En los pulmones le nació un grito. Sus peores temores se estaban cumpliendo. Eso es lo que había conseguido por volverse a poner un collar. Eso era lo que pensaban hacerle las Hermanas. Ése era el destino que le esperaba, si lo permitía.
Richard conjuró la magia de la espada.
Atendiendo la llamada de su amo, el poder fluyó hasta él, ardiente de promesa, ardiente de cólera, ardiente de anhelo. Richard le dio la bienvenida, lo abrazó y dejó que su propia cólera se uniera a la de la espada y lo invadiera por completo. Esa furia consumió el dolor y lo usó para acrecentar su poder.
— ¡No oses enfrentarte a mí o lamentarás haber nacido!
Las abrasadoras llamas del tormento se reavivaron. Richard las atrajo hacia su cólera. No estaba en contacto físico con la espada, y tampoco era necesario. Se había fundido con la magia, y ahora reclamaba para sí su fuerza.
— Detén esto o serás tú quien lo lamentará —logró decir entre dientes.
La hermana Verna, con los puños apretados a los lados, dio otro paso hacia él.
— ¿Me amenazas? Ya te he advertido que no lo hicieras. Has cometido tu último error, Richard.
Aunque el dolor que la mujer descargó súbitamente en él casi lo cegó, Richard pudo ver una cosa: la Espada de la Verdad. Yacía en la arena, junto a la Hermana.
El Buscador concentró la magia de la espada en el poder que lo mantenía inmovilizado contra la pared. Con un fuerte ruido, ese poder se rompió. Richard cayó al suelo y rodó sobre la arena.
Sus manos encontraron la espada.
La hermana Verna se abalanzó sobre él. El joven se levantó al tiempo que trazaba un amplio arco con la espada. La sed de sangre le abrasaba el alma. Nada podía apagarla. Nada más importaba.
Era el portador de la muerte.
Ni siquiera trató de dirigir la trayectoria de la espada, sino que se limitó a concentrar su ansia de matar en el arco que dibujaba.
La punta del acero silbó en el aire.
Era el portador de la muerte.
La hoja atravesó a la Hermana a la altura del hombro. Un chorro de cálida sangre estalló en el frío aire. Richard sólo olía sangre y sólo veía sangre. La cabeza y parte de los hombros de la mujer giraron en el aire cuando la espada la partió en dos. Sangre y huesos se estrellaron contra los muros. La parte inferior del cuerpo cayó al suelo. La arena blanca se empapó con la sangre de la Hermana y se fue extendiendo bajo ésta. Lo que quedaba de sus hombros y la cabeza cayó al suelo a tres metros de distancia, levantando una nube de blanca arena. La sangre y otros humores que brotaron de sus entrañas dibujaron un reluciente arco.
Richard cayó de rodillas, jadeando. Ahora ya no sentía dolor alguno. Se había prometido que no iba a permitir que volvieran a hacerle eso, y lo había dicho muy en serio.
En su interior sentía un sordo dolor por lo que había hecho, como si fuera un recuerdo lejano. Todo había ocurrido muy deprisa, sin darle tiempo a pensar. Había usado la magia de la espada para sesgar una vida, y ahora la magia le pasaba factura.
No le importaba. Eso no era nada comparado con el sufrimiento que le estaba infligiendo la Hermana y más que le habría causado. Mientras se concentraba en la ira, ese dolor también se evaporó.
¿Qué iba a hacer ahora? Necesitaba a las Hermanas para que le enseñaran el modo de que el don no lo matara. Sin la ayuda de la hermana Verna, moriría. ¿Cómo podía presentarse ahora ante las demás Hermanas y pedirles ayuda? Al matar a la hermana Verna acababa de firmar su propia sentencia de muerte.
Pero no iba a permitir que volvieran a torturarlo. Nunca más.
De rodillas, se sentó sobre los talones mientras se recuperaba, tratando de pensar. Delante de él, junto al cuerpo de la Hermana, vio el librito en el que la mujer siempre escribía y que guardaba metido en el cinturón.
Lo recogió y lo fue hojeando. Estaba en blanco, excepto dos páginas casi al final, que decían:
Soy la Hermana que está al cargo de este muchacho. Estas directivas no son sólo irrazonables, sino también absurdas. Exijo conocer el significado de estas instrucciones. Exijo saber con qué autoridad han sido dictadas.
Atentamente, hermana Verna Sauventreen, servidora de la Luz.
Richard reflexionó sobre el hecho de que la hermana Verna había sido temperamental incluso al escribir. La página siguiente estaba escrita por otra mano.
Obedecerás las instrucciones o sufrirás las consecuencias. No te atrevas a poner nunca más en duda las órdenes de palacio.
De mi propia mano, la Prelada.
Bueno, al parecer la hermana Verna se las había arreglado para despertar la ira de alguien más aparte de él. Richard arrojó de nuevo el libro al suelo, junto al cadáver. Entonces se quedó mirando el cuerpo de la Hermana, pensando en lo que había hecho. ¿Qué iba a hacer ahora?
Oyó un suspiro, alzó la cabeza y vio a Kahlan ataviada con su blanco vestido de Confesora, de nuevo de pie bajo uno de los arcos. Con triste expresión, meneó lentamente la cabeza.
— ¿Y te preguntas por qué te envié lejos de mí?
— Kahlan, tú no lo entiendes. No sabes lo que la Hermana iba a…
Una débil risa atrajo su atención hacia el otro lado del recinto. Rahl el Oscuro estaba de pie bajo el otro arco. Su túnica blanca relucía.
Richard sintió que la cicatriz de la huella de su padre en el pecho le hormigueaba y le ardía.
— El Custodio te da la bienvenida, Richard —le dijo con una amplia sonrisa—. Estoy orgulloso de ti, hijo mío.
Con un grito, Richard echó a correr por la arena. Volvía a estar poseído por la furia. Blandiendo la espada, se lanzó contra Rahl el Oscuro.
La reluciente imagen se evaporó, y Richard voló atravesando el arco. Se oyó una última risotada, y luego silencio.