El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #1
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino». Краткое содержание книги:
Kahlan bajó la vista, evitando los ojos de Richard, y prosiguió:
—Por alguna razón, se necesita la especial compasión de una mujer para ser capaz de manejar el poder, para evitar que te corrompa. Ni siquiera los magos saben por qué. Con el Buscador ocurre algo similar: tiene que ser la persona adecuada, nombrada por un mago, o usará el poder de la espada para fines corruptos. Por eso Zedd se enfureció con el Consejo de la Tierra Central cuando le arrebataron la facultad de nombrar al Buscador. Los Confesores, no todos, pero sí la mayoría, son incapaces de mantener el sentido del equilibrio con el poder. No poseen la fuerza necesaria para reprimirlo cuando deben. —La mujer alzó los ojos hacia Richard y continuó explicando.
»Cuando deseaban una mujer, usaban el poder para conseguirla. Lo hicieron con muchas. No tenían ningún límite, ningún sentido de la responsabilidad. Por lo que me han contado, la Época de Tinieblas fue una larga noche de terror. El reinado de los Confesores duró muchos años. Los magos tuvieron que matar a muchos. Finalmente, acabaron con todos los descendientes corrompidos por el poder, para evitar que éste se propagara sin control. Decir que los magos estaban disgustados sería quedarse muy corto.
—¿Y ahora qué? —preguntó Richard cautelosamente—. ¿Qué sucede cuando una Confesora da a luz a un niño?
Kahlan carraspeó de nuevo y se reprimió las ganas de llorar.
—Cuando una Confesora tiene un hijo, el niño es llevado a un lugar especial, en el corazón de Aydindril, donde su madre lo coloca sobre la Piedra. —Al llegar a este punto la mujer rebulló. Era evidente que le costaba explicarlo. Richard le cogió su tersa mano entre las suyas y le acarició el dorso de la misma con los pulgares, aunque, por primera vez, sentía que no tenía derecho a tocarla con tal familiaridad—. Como ya te he dicho, un hombre que haya sido tocado por una Confesora hará cualquier cosa que ella le pida. —El joven notaba que la mano de la mujer temblaba—. La madre dice al marido lo que debe hacer, y éste… coloca una vara sobre el cuello del bebé… y… y se sube encima con los pies en ambos extremos.
Richard le soltó la mano. Entonces se pasó los dedos por el pelo, volviéndose hacia el fuego.
—¿Eso es lo que se hace con todos los hijos varones?
—Sí —respondió Kahlan con voz apenas audible—. No se puede correr el riesgo de dejar a ningún Confesor con vida porque es posible que no fuera capaz de controlar el poder y podría usarlo para someter a los demás. Si eso sucediera, podría regresar la Época de Tinieblas. Los magos y las demás Confesoras vigilan atentamente a todas las Confesoras que están embarazadas y hacen lo posible por consolarlas si resulta que es niño y, por tanto, deben… —Kahlan no pudo continuar.
De repente Richard se dio cuenta de que odiaba la Tierra Central, la odiaba con una intensidad sólo menor al odio que sentía por Rahl el Oscuro. Por primera vez entendió por qué los habitantes de la Tierra Occidental habían deseado vivir en un lugar sin magia y deseó encontrarse allí. Las lágrimas acudieron a sus ojos al recordar cuánto echaba de menos el bosque del Corzo. El joven se juró a sí mismo que, si lograba detener a Rahl, haría lo imposible por que el Límite volviera a levantarse. Zedd lo ayudaría, sin duda. También entendía ahora que Zedd hubiese deseado alejarse de la Tierra Central. Cuando el Límite volviera a levantarse, Richard estaría en el lado occidental y no lo abandonaría nunca jamás.
Pero primero tendría que hacer algo con la Espada de la Verdad, no la devolvería, la destruiría.
—Gracias por contarme todo esto, Kahlan —se forzó a decir—. No hubiera querido enterarme por otro. —El joven sentía que todas sus esperanzas se desvanecían. Había creído que, cuando detuviera a Rahl, empezaría su vida, que a partir de entonces todo sería posible. Pero ahora veía que cuando detuviera a Rahl sería el final. No sólo sería el fin de Rahl sino el suyo propio; más allá de frustrar los planes de Rahl, no había nada, todo estaba muerto. Cuando Rahl estuviera vencido y Kahlan a salvo, él regresaría al bosque del Corzo, solo, y su vida habría acabado. El joven oía cómo Kahlan lloraba a sus espaldas.
—Richard, si quieres que me vaya, dímelo. No temas decírmelo. Lo entenderé. Es algo a lo que una Confesora está acostumbrada.
El joven posó brevemente la mirada en los rescoldos del fuego y luego los cerró con fuerza, tragándose el nudo que sentía en la garganta, y también las lágrimas. Sentía en el pecho un dolor desgarrador y respiraba entrecortadamente.
—Por favor, Kahlan, si hay algún modo, el que sea, para que nosotros… pudiéramos…
—No lo hay —repuso ella con un gemido.
Richard se frotó las manos, que le temblaban. Así pues, todo estaba perdido.
—Kahlan —logró decir al fin—, ¿hay alguna ley o norma o algo que impida que podamos ser amigos?
—No —contestó ella con un quejido.
Sintiéndose aún aturdido, Richard se volvió hacia Kahlan y la abrazó, susurrándole:
—Ahora necesito una amiga.
—Yo también. —La mujer lloró contra el pecho de Richard y le devolvió el abrazo—. Pero sólo podemos ser amigos.
—Lo sé —contestó él, con lágrimas bañándole el rostro—. Pero Kahlan, yo te…
—No digas nada —lo interrumpió la mujer, mientras le ponía un dedo en los labios para que callara—. Por favor, Richard, no lo digas.
Kahlan podía impedirle decirlo en voz alta, pero no podía impedir que él lo repitiera mentalmente.
La mujer se aferró a él, sollozando, y Richard recordó cuando estaban en el pino hueco, la primera noche, y ella estuvo a punto de perderse en el inframundo. Entonces también se había aferrado a él y Richard había pensado que no estaba acostumbrada a que nadie la abrazara. Ahora sabía por qué. El joven apoyó la mejilla en la coronilla de Kahlan. Una pequeña llama de ira se inflamó entre las cenizas de sus sueños destruidos.
—¿Ya has elegido pareja?
—No. Ahora mismo hay asuntos mucho más graves. Pero si vencemos y… sigo viva, tendré que hacerlo.
—Prométeme algo.
—Lo intentaré.
Richard sentía tal ardor en la garganta que tuvo que tragar saliva dos veces antes de lograr decir:
—Prométeme que no elegirás pareja hasta que yo regrese a la Tierra Occidental. No quiero saber quién es.
Kahlan emitió unos sollozos más antes de responder, agarrándose a la camisa del joven con más fuerza:
—Te lo prometo.
Después de abrazarla un rato más, tratando de recuperar el control de sí mismo y luchar contra la desesperación que lo invadía, Richard forzó una sonrisa.
—Te equivocas en una cosa —le dijo, al fin.
—¿En qué?
—Has dicho que ningún hombre da órdenes a una Confesora. Te equivocas. La Madre Confesora en persona ha jurado protegerme, y yo le ordeno que cumpla el juramento y sea mi guía.
Kahlan soltó una breve y dolorosa carcajada, aún abrazada a Richard.
—Creo que tienes razón. Felicidades; eres el primer hombre que lo consigue. ¿Y qué ordena el señor a su guía?
—Que deje de darme quebraderos de cabeza con que quiere quitarse la vida. La necesito. Y que me conduzca hasta la reina y la caja antes que Rahl, y luego me guíe a un lugar seguro.
—Como ordenéis, mi señor. —La mujer se apartó de él, posó las manos sobre los bíceps de Richard y se los apretó, sonriendo pero sin dejar de derramar lágrimas—. ¿Cómo consigues hacerme que me sienta mejor, incluso en los peores momentos de mi vida?
Richard se encogió de hombros y se obligó a sonreír por ella, aunque por dentro se sentía morir.
—Soy el Buscador, ¿recuerdas? Puedo hacer cualquier cosa. —Quiso decir más, pero la voz le falló.
—Eres una persona excepcional, Richard Cypher —susurró Kahlan, sonriendo.
Pero Richard únicamente deseaba estar solo para poder dar rienda suelta a su llanto.