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El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
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– Estaba buscando… -dijo la mujer-. Salí a buscar… Pero no sé dónde, y tengo mucho miedo.

Lynley leyó la nota y sintió un escalofrío. «Voy a ocuparme de esto personalmente», había escrito Andy Maiden.

Julian acababa de pesar los cachorros de Cass cuando su prima entró en la habitación. Era evidente que iba en su busca, porque sonrió al verle.

– ¡Julie! Por supuesto. Qué tonta soy. Tendría que haber pensado enseguida en los perros.

Julian estaba aplicando aceite de anís a las tetas de Cass, preparando a sus cachorros para la prueba de veinticuatro horas de su sentido del olfato. Como perros que se adiestrarían para cazar, tenían que ser excelentes rastreadores.

Cass gruñó intranquila cuando Samantha entró, pero se calmó en cuanto la prima de Julian adoptó el tono tranquilizador al que los perros estaban acostumbrados.

– Julie -dijo-, esta mañana he sostenido la conversación más extraordinaria que puedas imaginar con tu padre. Pensaba contártelo a la hora de comer, pero como no apareciste… Julie, ¿has comido algo hoy?

Él no había sido capaz de enfrentarse a la mesa del desayuno. Y sus sentimientos no habían cambiado mucho a la hora de comer. Se había concentrado en el trabajo: inspecciones de las tierras de algunos agricultores arrendatarios, recabar información en Bakewell del calvario que uno debía pasar cuando deseaba efectuar cambios en un edificio catalogado de interés histórico, entregarse a las cientos de tareas que implicaban las perreras. De esta forma había logrado aislarse de todo lo que no estuviera directamente relacionado con la tarea inmediata.

La aparición de su prima en la perrera imposibilitaba cualquier maniobra de distracción. No obstante, en un esfuerzo por evitar la conversación que se había prometido mantener con ella, dijo:

– Lo siento, Samantha. El trabajo me absorbió.

Intentó imprimir un tono de disculpa a su voz. Y de hecho, le sabía mal, porque ella se estaba dejando la piel en Broughton Manor. Lo menos que podía hacer para demostrar su gratitud, pensó Julian, era aparecer a las horas de las comidas como reconocimiento a sus esfuerzos.

– Tú nos estás sosteniendo, y lo sé -dijo-. Gracias, Samantha. Te estoy muy agradecido. De veras.

– Lo hago porque me sale de dentro. Te lo aseguro, Julie. Siempre me ha parecido una pena que nunca tuviéramos la oportunidad de… -Pensó que era necesario un cambio de rumbo-. Es asombroso, cuando piensas que si nuestros padres hubieran hecho las paces, tú y yo habríamos podido… -Otro golpe de timón-. O sea, somos familia, ¿verdad? Es triste no conocer a los miembros de tu propia familia. Sobre todo cuando al final los conoces y resultan ser… bueno, gente encantadora.

Acarició con los dedos la trenza que colgaba, larga y gruesa, sobre su hombro. Julian reparó por primera vez en lo bien que estaba trenzada. Reflejaba la luz.

– Bien, no siempre me comporto como debería a la hora de dar las gracias -dijo.

– Creo que eres estupendo -repuso ella.

Julian se ruborizó. Era la maldición de su tez. Dio media vuelta y continuó con la perra. Samantha preguntó qué estaba haciendo y por qué, y él se sintió aliviado, porque una explicación sobre el aceite de anís y las friegas con algodón le proporcionaba el medio de salvar un momento embarazoso. Pero cuando dijo todo lo que había que decir, volvieron al mismo momento embarazoso. Y una vez más, Samantha les salvó.

– Oh, Señor -exclamó-. Me había olvidado por completo de por qué quería hablar contigo. Jules, es increíble lo que ha sucedido con tu padre.

Julian frotó el aceite en la última teta hinchada de Cass y entregó la perra a sus cachorros, mientras su prima relataba lo ocurrido entre Jeremy y ella.

– Botella tras botella, Julian -concluyó-. Todas las botellas de la casa. Y mientras tanto, lloraba.

– Me dijo que quería dejarlo -explicó él-. Pero ya lo ha dicho otras veces -añadió, para ser justo y sincero.

– ¿No le crees? Porque estaba… Tendrías que haberle visto, Julie. La desesperación le invadió de repente. Y la verdad, era por ti.

– ¿Por mí?

Julian devolvió el aceite al armario.

– Decía que había arruinado tu vida, que había ahuyentado a tu hermano y tu hermana -eso sí era verdad, pensó Julian- y que por fin había llegado a comprender que si no se enmendaba, también te ahuyentaría a ti. Yo le dije que nunca le dejarías, por supuesto. Al fin y al cabo, cualquiera puede ver que le quieres. Pero la cuestión es que desea cambiar. Está dispuesto a cambiar. Te estaba buscando porque… bien, tenía que decírtelo. ¿No te sientes contento? No me invento nada de lo que pasó. Botella tras botella, la ginebra por el desagüe y la botella rota en el fregadero.

Julian sabía que la reacción de su padre podía analizarse desde más de un punto de vista. Aunque fuera cierto que quisiera dejar la bebida, como todos los buenos alcohólicos, tal vez no estaba haciendo otra cosa que disponer sus piezas donde él quería. La única pregunta era por qué estaba recolocando sus piezas en ese momento.

Por otra parte, ¿y si esta vez su padre hablaba en serio?, se preguntó Julian. ¿Y si una clínica y el tratamiento posterior bastaban para curarle? ¿Cómo podía él, el único hijo que le quedaba a Jeremy, negarle aquella oportunidad? Sobre todo cuando le costaría tan poco proporcionarle dicha oportunidad.

– Ya he terminado aquí -dijo Julian-. Volvamos a casa.

Salieron de las perreras. Bajaron por el camino invadido de malas hierbas.

– Papá ya ha hablado otras veces de dejar la bebida -dijo-. Incluso lo ha hecho. Pero solo duró unas semanas. Bien…, en una ocasión creo que fueron tres meses y medio. Por lo visto, ahora cree…

– Que puede lograrlo. -Samantha terminó su frase y enlazó el brazo con el suyo. Lo apretó con suavidad-. Julie, tendrías que haberle visto. Tus dudas se habrían despejado. Creo que la clave del éxito, esta vez, será pensar en un plan que le ayude. En el pasado, tirarle la ginebra no ha servido de nada, ¿verdad? -Le dirigió una mirada anhelante, tal vez para ver si le había ofendido al recordar lo que había hecho en años anteriores para intentar alejar a su padre del alcohol-. Y no podemos impedir que entre en una tienda, ¿no?

– Ni prohibirle que visite todos los hoteles y pubs desde aquí a Manchester.

– Exacto. De modo que si existe una forma… Seguro que podemos pensar en algo juntos, Julian.

Julian comprendió que su prima le había proporcionado la oportunidad perfecta para hablar sobre el dinero para la clínica. Pero las palabras que acompañaban a esa oportunidad eran grandes y desagradables, y se le atragantaron en la garganta como un pedazo de carne podrida. ¿Cómo podía pedirle dinero? ¿Tanto dinero? ¿Cómo podía decir: «Préstanos diez mil libras, Samantha»? Prestarnos no (porque existían tantas probabilidades de que pudiera devolverle el préstamo como de que nevara en el Sáhara), sino regalarnos el dinero. Montones. Y pronto, antes de que Jeremy cambie de opinión. Haz el favor de invertir en un borrachín contumaz que nunca en su vida ha cumplido su palabra.

Julian no podía hacerlo. Pese a lo prometido a su padre, cara a cara con su prima era incapaz hasta de intentarlo.

Cuando llegaron al final de la senda y cruzaron la vieja carretera para dirigirse hacia la casa, un Bentley plateado aparcó junto al edificio. Un coche policial lo seguía. Dos agentes uniformados fueron los primeros en salir, y escudriñaron los alrededores como si esperaran descubrir guerreros ninja agazapados entre los matorrales. Del Bentley salió el detective alto y rubio que había venido a Broughton Manor con el inspector Hanken.

Su prima apoyó una mano sobre el brazo de Julian. Notó que se había puesto tenso.

– Comprueben que no haya peligro en la casa -dijo Lynley a los policías, a quienes presentó como los agentes Emmes y Benson-. Después dedíquense a los terrenos. Lo mejor será empezar por los jardines. Luego, vayan a la zona de las perreras y al bosque.

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