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Los Portales de Piedra

Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:

Los sellos de Shayol Ghul se han debilitado y la presencia del Oscuro se hace cada vez más evidente.En Tar Valon, Min es testigo de hechos portentosos que vaticinan un horrible futuro. Los Capas Blancas buscan en Dos Ríos a un hombre con los ojos dorados y siguen el rastro de Dragón Renacido. Mientras tanto, Rand al’Thor se dedica a tomar sus propias y sorprendentes decisiones.
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De repente, captó el rítmico repiqueteo de pezuñas en la oscuridad, y su mente identificó de golpe el fétido olor.

—¡Trollocs! —gritó.

Gaul giró suavemente sobre sus talones e hincó una lanza en la negra cota de malla de un trolloc con hocico de lobo que se abalanzaba hacia el círculo de luz con la curva espada enarbolada; en el mismo movimiento grácil extrajo el arma y se apartó a un lado para que la enorme bestia se desplomara en el suelo. Empero, detrás venían más trollocs cual un torbellino de hocicos de cabra, colmillos de jabalí, crueles picos y cuernos retorcidos, empuñando espadas, hachas y lanzas. Los caballos corcovaron y relincharon.

Sosteniendo en alto la linterna, pues la idea de combatir a estos seres en la oscuridad le provocaba un sudor frío, Perrin buscó a tientas un arma y la descargó contra un deforme rostro hocicudo. Se sorprendió al caer en la cuenta de que había sacado el martillo de las correas que lo sujetaban a las alforjas; no obstante, aunque carecía del aguzado filo del hacha, los cinco kilos de acero forjado por el brazo de un herrero lanzaron hacia atrás al trolloc, que se tambaleó a la par que chillaba y se cubría con las garras la cara hecha papilla.

Loial arremetió con el palo de su linterna contra la cornuda cabeza de otro trolloc y el fanal se rompió; envuelta en el aceite prendido, la bestia corrió lanzando alaridos y se perdió en las tinieblas. El Ogier continuó blandiendo el sólido palo que en sus manos semejaba una fina vara, pero que al descargarse causaba secos chasquidos de huesos rotos. Uno de los cuchillos de Faile se alojó en un ojo sorprendentemente humano, encima de un hocico con colmillos. Los Aiel bailaban la danza de las lanzas y, de algún modo, habían hallado el momento de cubrirse el rostro con el velo. Perrin golpeaba una y otra vez, sin descanso, sumergido en un torbellino de muerte que se prolongó quizás un minuto, o cinco, aunque a él le pareció una hora. Empero, todos los trollocs acabaron cayendo, y aquellos que no estaban muertos se sacudían con los últimos estertores.

Perrin inhaló aire con ansiedad; sentía el brazo derecho como si el peso del martillo fuera a arrancárselo de cuajo; un lado de la cara le ardía y algo húmedo resbalaba por la mejilla, al igual que por una de las piernas, donde las armas trollocs lo habían herido. Los tres Aiel tenían como mínimo una mancha de humedad que enrojecía sus ropas pardas y grises, y a Loial le habían abierto un feo tajo en el muslo. Los ojos de Perrin pasaron veloces sobre ellos buscando a Faile. Si la habían herido… La joven estaba montada en su yegua negra, con un cuchillo empuñado y listo para ser lanzado. De hecho, la muchacha se las había ingeniado para quitarse los guantes y sujetarlos debajo del cinturón. Que Perrin viera, no tenía una sola herida. En el penetrante olor a sangre —humana, de Ogier y de trollocs— no le habría sido posible percibir la de Faile en caso de que estuviera sangrando, pero conocía bien su olor personal y no captaba el de dolor por estar herida. Sin duda, la única razón de que continuaran vivos era el brusco contraste entre la luz y la oscuridad, ya que la primera hacía daño a los trollocs en los ojos y a las bestias les costaba adaptarse al cambio.

Sólo tuvieron un momento de respiro, justo lo suficiente para mirar en derredor. De improviso, con un rugido escalofriante, un Fado saltó al círculo de luz. Las vacías cuencas oculares presagiaban la muerte, mientras la negra espada se descargaba con la mortífera celeridad de un relámpago. Los caballos relincharon aterrados al tiempo que intentaban huir.

Gaul apenas si tuvo tiempo de interponer la adarga en el camino de aquella espada, y la negra hoja cortó limpiamente un trozo del escudo como si las rígidas capas de cuero endurecido fueran hojas de papel. Arremetió con la lanza, esquivó por los pelos una estocada y volvió a asestar un lanzazo. Varias flechas se hincaron en el torso del Myrddraal; Bain y Chiad habían metido las lanzas en el correaje que sujetaba a su espalda las fundas de los arcos de hueso, los cuales estaban utilizando ahora. Más flechas se clavaron en el pecho del Semihombre mientras la lanza de Gaul continuaba arremetiendo una y otra vez. De pronto, uno de los cuchillos de Faile se hundió en aquel rostro lívido y liso como un gusano blanco. El Fado no doblaba la rodilla, no cejaba en su empeño de matarlos; únicamente los ágiles quiebros de sus adversarios evitaron que la negra espada encontrara músculos y huesos en los que hundirse.

Sin ser consciente de ello, Perrin mostró los dientes al lanzar un sordo gruñido. Odiaba a los trollocs como un enemigo ancestral de su estirpe, pero ¿un Nonacido…? Merecía la pena morir con tal de acabar con uno de ellos. «¡Oh, sí, hincarle los dientes en la garganta!» Sin pensar siquiera que podía interponerse en el trayecto de las flechas de Bain y Chiad, obligó a Brioso a aproximarse al Nonacido por la espalda utilizando riendas y rodillas. En el último instante, el ser giró sobre sí mismo desentendiéndose de Gaul sin que aparentemente notara el lanzazo del Aiel, aunque la punta le entró entre los hombros y le salió por debajo de la garganta, y clavó aquella mirada vacía que provocaba el terror en cualquier hombre. Demasiado tarde. El martillo del joven se descargó y le aplastó el cráneo.

A pesar de encontrarse desplomado en el suelo y casi descabezado, el Myrddraal continuó sacudiéndose y asestando golpes con su espada forjada en Thakan’dar. Brioso reculó a la par que relinchaba con nerviosismo y, de repente, Perrin se sintió como si le hubieran echado un cubo de agua helada. Aquella hoja de acero negro ocasionaba heridas que hasta a las Aes Sedai les costaba mucho trabajo sanar, y él se había adelantado con absoluta despreocupación. «Hincarle los dientes en… ¡Luz, he de controlarme! ¡Como sea!»

Sus agudos oídos todavía captaban sonidos apagados en la oscuridad, al otro extremo de la isla: el repiqueteo de pezuñas, el sonido rasposo de botas, el resuello de jadeos y el murmullo gutural. Había más trollocs, cuántos no sabría decir. Lástima que no hubieran estado vinculados al Myrddraal, aunque tal vez no se decidieran a atacar sin contar con la guía del Fado. Habitualmente los trollocs eran cobardes natos que preferían luchar contra un enemigo al que superaran en número para llevar a cabo una matanza fácil; empero, incluso sin el Myrddraal cabía la posibilidad de que se animaran a atacar de nuevo.

—La puerta —dijo—. Tenemos que salir de aquí antes de que decidan qué van a hacer sin eso. —Utilizó el martillo para señalar el cuerpo del Fado que seguía agitándose espasmódicamente. Faile hizo volver grupas a Golondrina con tal prontitud que dejó estupefacto al joven—. ¿No vas a discutir mi sugerencia?

—No cuando lo que dices tiene sentido —replicó ella—. Loial…

El Ogier se puso a la cabeza del grupo montado en su enorme caballo cernejudo. Perrin se situó detrás de él y de Faile, aunque de cara a la isla, martillo en mano y flanqueado por los Aiel, que llevaban los arcos aprestados. En la negrura se escuchó el apagado sonido de pezuñas y botas persiguiéndolos y los ásperos murmullos en un lenguaje demasiado tosco para ser pronunciado por un humano. Los susurros sonaban cada vez más cerca a medida que los trollocs recuperaban el coraje.

Otro sonido, semejante al susurro de seda contra seda, llegó a los oídos de Perrin y lo heló hasta los huesos. El ruido se hizo más intenso, como la respiración de un gigante, aspirando, espirando, más y más alto.

—¡Deprisa! —gritó—. ¡Rápido!

—¡Eso hago! —gruñó Loial—. Yo… ¡Ese ruido! ¿Es…? ¡Que la Luz nos ampare y la mano del Creador nos proteja! Ya se abre. ¡Se está abriendo! Tengo que salir el último. ¡Fuera, fuera! Pero no muy… ¡No, Faile!

Perrin se arriesgó a echar un vistazo por encima del hombro. Las hojas de una puerta aparentemente hechas de hojas frescas se estaban abriendo a un paisaje montañoso que parecía verse a través de un cristal ahumado. Loial había desmontado para sacar la hoja de Avendesora con la que se abría el portal, y Faile agarraba el ronzal de los animales de carga y las riendas del alto caballo del Ogier.

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