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Los Portales de Piedra

Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:

Los sellos de Shayol Ghul se han debilitado y la presencia del Oscuro se hace cada vez más evidente.En Tar Valon, Min es testigo de hechos portentosos que vaticinan un horrible futuro. Los Capas Blancas buscan en Dos Ríos a un hombre con los ojos dorados y siguen el rastro de Dragón Renacido. Mientras tanto, Rand al’Thor se dedica a tomar sus propias y sorprendentes decisiones.
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—¡Aprisa, seguidme! —gritó la joven temerariamente a la par que taconeaba los flancos de Golondrina, y la yegua teariana partió veloz hacia la abertura.

—¡Id tras ella, rápido! —instó Perrin a los Aiel—. Contra esto no podéis pelear.

Con muy buen sentido, los tres guerreros apenas vacilaron un instante antes de retroceder hacia la puerta, con Gaul tirando del ronzal del otro caballo de carga. Perrin condujo a Brioso junto a Loial.

—¿Hay algún modo de atrancarla para que no puedan abrirla? —le preguntó al Ogier.

El apagado murmullo de los trollocs tenía ahora un timbre excitado; las bestias también habían reconocido el sonido. Se aproximaba el Machin Shin, y seguir vivo significaba salir de los Atajos.

—Sí, sí. Pero vete. ¡Vamos, vete!

Perrin tiró de las riendas haciendo que Brioso reculara hacia el umbral; no obstante, antes de ser consciente de lo que hacía, había echado la cabeza hacia atrás y lanzaba un aullido desafiante. «¡Necio, necio, necio!» Empero, y aun cuando tenía los ojos prendidos en aquella negrura infinita, continuó azuzando a Brioso hacia atrás, hacia la puerta. Una oleada gélida lo cubrió cabello a cabello, y el tiempo pareció dilatarse. La sacudida física que se producía al salir de los Atajos lo asaltó, como si de una zancada hubiera pasado de un galope tendido a frenarse en seco.

Los Aiel todavía se estaban volviendo hacia la puerta mientras se desplegaban en abanico sobre la pendiente, con las flechas encajadas en los arcos, buscando posiciones entre los pinos y abetos doblados por el viento. Faile aún no había terminado de levantarse tras caer de la silla de Golondrina, que le daba suaves empujones con el hocico. Salir o entrar de los Atajos a galope entrañaba un gran riesgo; tenía suerte de que ni ella ni su montura se hubieran roto el cuello. El gran caballo de Loial y los animales de carga temblaban como si hubieran recibido un golpe entre los ojos. Perrin abrió la boca, pero la joven lo miró duramente, como desafiándolo a hacer cualquier comentario y, menos aun, uno que fuera compasivo. Perrin hizo una mueca irónica y, muy juiciosamente, guardó silencio.

Loial salió por la puerta violentamente, saltando a través del opaco espejo plateado como si se desprendiera de su propia imagen, y rodó por el suelo. Casi pisándole los talones aparecieron dos trollocs con cuernos y hocico de cabra uno de ellos y el otro con pico de águila y pecho emplumado; pero, antes de que acabaran de atravesar el espejo, la titilante superficie se puso negra, burbujeó y se combó, aprisionándolos.

Unas voces susurraron en la cabeza de Perrin, miles de voces balbucientes y enloquecidas que le arañaban el cráneo.

Sangre amarga. Muy amarga. Bebe la sangre y parte los huesos. Pártelos y chupa la médula. Médula amarga, dulces gritos. Gritos cantarines. Entónalos. Pequeños espíritus. Espíritus acerbos. Engúllelos. Qué dulce dolor. Y así continuaron.

Aullando, chillando como posesos, los trollocs golpeaban la negrura que burbujeaba a su alrededor, y luego clavaron las uñas en la superficie intentando librarse de ella, pero ésta seguía engulléndolos más y más hasta que sólo quedó fuera una peluda mano que se aferraba frenéticamente y después nada salvo una negrura que se combaba hacia el exterior, husmeando, buscando. Lentamente las hojas de la puerta reaparecieron y se fueron cerrando, empujando y aplastando la oscuridad hasta dejarla encerrada al otro lado. Por fin las voces que sonaban dentro de la cabeza de Perrin se callaron. Loial corrió hacia la puerta para reemplazar no una, sino dos hojas trifoliadas entre otras miles de enredadera. La puerta a los Atajos se convirtió de nuevo en piedra, en un trozo de pared tallada con minuciosidad en una ladera escasamente arbolada. Entre las miles de hojas de enredadera ahora no había una de Avendesora sino dos. Loial había encajado también la hoja trifoliada de la parte interior en la cara exterior. El Ogier soltó un profundo suspiro de alivio.

—Es lo único que pude hacer —dijo—. Ahora sólo podrá abrirse desde fuera. —Dirigió a Perrin una mirada mezcla de ansiedad y firmeza—. También podría haberla clausurado para siempre si no hubiera encajado las hojas, pero no quise destruir una puerta a los Atajos, Perrin. Nosotros los creamos y los cuidamos. Tal vez algún día haya la posibilidad de limpiarlos. No podía destruirla.

—Con eso valdrá —lo animó Perrin. ¿Habrían entrado los trollocs por esta puerta o sólo habría sido un encuentro fortuito? En cualquier caso, bastaría.

—¿Eso era…? —empezó Faile, insegura, pero enmudeció y tragó saliva. Hasta los Aiel parecían impresionados.

—El Machin Shin —contestó Loial—. El Viento Negro. Una criatura de la Sombra o algo creado por la propia contaminación de los Atajos. Nadie lo sabe. Lo lamento por los trollocs. Hasta ellos me dan lástima.

Perrin no estaba seguro de lamentarlo; ni siquiera porque hubieran tenido una muerte tan horrible. Había visto lo que los trollocs dejaban cuando ponían las manos sobre un humano. Comían cualquier cosa siempre y cuando fuera carne, y en ocasiones les gustaba mantener con vida a su presa mientras la estaban descuartizando. No, no sentía ninguna pena por los trollocs.

Los cascos de Brioso hicieron rechinar la arenilla del suelo cuando Perrin lo hizo volver grupas para ver dónde se encontraban.

Unas cumbres encapotadas se alzaban todo en derredor; eran las nubes perpetuas que daban nombre al macizo: las Montañas de la Niebla. A esta altitud hacía frío, incluso en verano, sobre todo en comparación con Tear. El sol del atardecer rozaba los picos occidentales, y sus rayos se reflejaban en los arroyos que descendían para desembocar en el río que serpenteaba a lo largo del valle, allá abajo. El Manetherendrelle, se llamaba antaño, cuando su cauce corría desde las montañas hasta mucho más al oeste y al sur, pero Perrin había crecido llamando Río Blanco al tramo que fluía por la frontera sur de Dos Ríos, un trecho de rápidos espumantes que no se podían cruzar. El Manetherendrelle. Las Aguas del Hogar de la Montaña.

Allí donde había roca desnuda, tanto en el valle como en las laderas del entorno, ésta brillaba como el cristal. En tiempos hubo allí una gran urbe que se extendía por el valle y las montañas: Manetheren, la ciudad de altísimas torres y fuentes cantarinas, según los antiguos relatos de los Ogier. Desapareció sin dejar rastro excepto la indestructible puerta a los Atajos que se alzaba en la arboleda Ogier, la cual fue arrasada por el fuego hacía más de dos mil años, en pleno apogeo de la Guerra de los Trollocs, destruida por el Poder Único tras la muerte de su último rey, Aemon al’Caar al’Thorin, que cayó en su última batalla sangrienta contra la Sombra. El Campo de Aemon, lo llamaron los hombres a aquel lugar donde ahora se alzaba el pueblo conocido como Campo de Emond.

Perrin sufrió un escalofrío. Aquello había ocurrido mucho tiempo atrás y, desde entonces, los trollocs no habían vuelto por allí hasta la Noche de Invierno, hacía más de un año, la víspera de que Rand, Mat y él se vieran obligados a huir con Moraine al amparo de la oscuridad. Tenía la sensación de que hubiera pasado mucho más tiempo. Pero tal cosa no volvería a ocurrir ahora que la puerta a los Atajos estaba clausurada. «Es de los Capas Blancas de quienes debo preocuparme, no de los trollocs».

Una pareja de halcones de alas blancas volaba en círculo al otro extremo del valle, y la aguda vista de Perrin captó apenas el destello de una flecha ascendiendo hacia el cielo y, de repente, uno de los halcones dio una brusca voltereta y se precipitó hacia el suelo. El joven frunció el entrecejo. ¿Qué motivo tenía nadie para disparar a un halcón aquí arriba, en plenas montañas? Si fuera sobre una granja, donde había gallinas y gansos, pero ¿aquí? ¿Y qué hacía alguien en el macizo? Las gentes de Dos Ríos evitaban las montañas.

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