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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino

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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
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Como no sabía qué hacer con las manos, Richard cogió una ramita y se puso a trazar figuras en el suelo.

—Todavía no entiendo por qué os llamáis Confesoras. ¿Por qué Confesora? —El joven tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para mirarla.

Kahlan puso tal cara de dolor que Richard sintió lástima por ella.

—Es lo que hacemos. Somos los últimos árbitros de la verdad. Ésta es la razón por la que los magos nos otorgaron nuestro poder en un pasado muy remoto. Así es como servimos a la gente.

—Los últimos árbitros de la verdad —repitió Richard, frunciendo el entrecejo—. Algo así como un Buscador.

—Sí. Buscadores y Confesoras persiguen el mismo objetivo. Somos como la cara y la cruz de la misma magia. Los magos del pasado eran casi como gobernantes y se sentían frustrados por la corrupción que observaban a su alrededor. Odiaban las mentiras y los engaños. Así pues, buscaron un modo para impedir que los líderes corruptos usaran su poder para engañar y subvertir al pueblo. Esos dirigentes acusaban a sus adversarios políticos de un crimen y los hacían ejecutar, con lo que mataban dos pájaros de un tiro: los desacreditaban y los eliminaban.

»Los magos buscaban el modo de poner fin a esto. Necesitaban algo que no dejara lugar a dudas. Por esa razón crearon una magia y le dieron vida propia. Crearon a las Confesoras a partir de un grupo de mujeres elegidas. Esas mujeres fueron cuidadosamente seleccionadas, pues, una vez la magia cobrara vida en ellas, el poder poseería vida propia y se transmitiría a sus descendientes para siempre. —La mujer bajó la mirada hacia la ramita con la que Richard trazaba líneas sin darse cuenta—. Las Confesoras usamos nuestro poder para descubrir la verdad en los casos en los que la verdad es importante. En la actualidad, se utiliza, sobre todo, para garantizar que los condenados a muerte son realmente culpables. Cuando alguien es condenado a muerte, lo tocamos y, una vez es nuestro, lo hacemos confesar.

Involuntariamente Richard se inclinó hacia adelante; el movimiento de la ramita quedó interrumpido. El joven se forzó a seguir trazando líneas mientras la mujer proseguía:

—Después de tocarlos, incluso los asesinos más inmundos obedecen nuestras órdenes y confiesan sus crímenes. A veces, un tribunal no está seguro de estar juzgando al hombre correcto, por lo que solicita el concurso de una Confesora a fin de averiguar la verdad. En muchos países nadie puede ser ejecutado sin antes confesar. De este modo se evitan ejecuciones de inocentes y se impide que los culpables se salgan con la suya.

»Algunos pueblos que habitan la Tierra Central no usan los servicios de las Confesoras, como la gente barro, por ejemplo. No las aceptan porque las consideran una injerencia en sus asuntos. No obstante, nos temen porque saben qué somos capaces de hacer. Nosotras respetamos los deseos de esos pueblos; no hay ninguna ley que los obligue a aceptar nuestros servicios. Pero sí que los obligaríamos en caso de sospechar que hay algún tipo de engaño. La mayoría de los países usan a las Confesoras; lo encuentran conveniente.

»Fueron las Confesoras quienes descubrieron la conspiración y la subversión instigadas por Rahl el Oscuro. Para eso nos crearon los magos: para descubrir verdades tan importantes como ésa, y también a los Buscadores. Rahl se enojó muchísimo cuando descubrimos sus planes.

»Muy de vez en cuando, un condenado a muerte que no se ha confesado con una de nosotras pide hacerlo para demostrar su inocencia. En la Tierra Central, todos los condenados gozan de este derecho.

La voz de Kahlan se hizo más suave y más débil para seguir explicando:

—Es lo que más odio. Ningún culpable pediría una Confesora, pues de este modo únicamente probaría su culpabilidad. Incluso antes de tocarlos, sé que son inocentes, pero de todos modos debo hacerlos míos. Si vieras la expresión de sus ojos cuando los toco, lo comprenderías. Así que, cuando nos llaman, aunque sean inocentes, no…

—¿Cuántas confesiones has… oído?

—Demasiadas para poder ser contadas. Me he pasado media vida en cárceles y mazmorras con las bestias más crueles y odiosas que puedas imaginarte. En apariencia, son un amable tendero, un hermano, un padre o un vecino. Después de tocarlos me cuentan todo lo que han hecho. Durante mucho tiempo, al principio, sufría unas pesadillas tan terribles que me daba miedo dormir. No puedes ni imaginarte las historias que me han llegado a contar.

Richard arrojó a un lado la ramita, cogió la mano de Kahlan entre las suyas y la apretó con fuerza. La mujer empezó a llorar.

—Kahlan, no tienes que…

—Recuerdo al primer hombre que maté. —El labio le temblaba—. Aún sueño con él. Me confesó las cosas que había hecho a las tres hijas de su vecino… la mayor tenía sólo cinco años… después de confesar los crímenes más horrendos que puedas imaginarte me miró a los ojos y me dijo…: «¿Qué deseas de mí, ama?»… y, sin pensar, yo le respondí: «Mi deseo es que mueras». —La mujer se secó con manos temblorosas las lágrimas de las mejillas—. El hombre cayó muerto allí mismo.

—¿Y qué te dijeron los demás?

—¿Qué crees que osarían decir a una Confesora que acaba de matar a alguien delante de sus ojos sólo con ordenarlo? Todos retrocedieron y nos abrieron paso para dejarnos marchar. No todas las Confesoras serían capaces de hacer algo así. Incluso mi mago se quedó sin habla.

—¿Tu mago? —inquirió Richard con sorpresa.

Kahlan hizo un gesto de asentimiento mientras acababa de enjugarse las lágrimas.

—Todo el mundo teme y odia a las Confesoras, por lo que los magos consideran que es su deber protegernos. Las Confesoras casi siempre viajan con la protección de un mago. A cada una de nosotras se nos asigna uno cuando nos llaman para oír una confesión. Rahl consiguió separarnos de nuestros magos, y ahora todos han muerto. Sólo quedan Zedd y Giller.

Richard cogió el conejo, que empezaba a enfriarse. Cortó un pedazo, que ofreció a Kahlan, y después se cortó otro para él.

—¿Por qué todos temen y odian a las Confesoras? —quiso saber.

—Los familiares y amigos de los condenados a muerte nos odian porque, a menudo, no pueden creer que aquel a quien aman haya cometido los crímenes que confiesa. Prefieren creer que nosotras les hemos arrancado la confesión con engaños. —Kahlan picoteó trocitos de carne, que masticaba luego despaciosamente—. He aprendido que, muchas veces, la gente se niega a creer la verdad porque no les sirve de nada. Algunas personas han intentado matarme. Ésa es una de las razones por las que siempre llevamos un mago con nosotras: para protegernos hasta recuperar nuestro poder.

Richard se tragó el bocado de carne que tenía en la boca y comentó:

—A mí no me parece razón suficiente.

—No se trata sólo de lo que hacemos. Todo esto debe parecer muy extraño a alguien que no lo ha vivido desde siempre. Supongo que las costumbres de la Tierra Central, la magia, deben antojársete muy extrañas.

«Extrañas» no era la palabra exacta; Richard hubiera dicho más bien «aterradoras».

—La gente no nos perdona que las Confesoras seamos independientes —continuó explicando Kahlan—. Los hombres se toman a mal que no estemos sometidas a ningún varón y las mujeres se toman a mal que no llevemos el mismo tipo de vida que ellas, que no desempeñemos el papel tradicional femenino. Nosotras no nos ocupamos de ningún hombre, ni nos sometemos a ellos. Se nos considera unas privilegiadas. Llevamos el cabello largo como símbolo de nuestra autoridad, mientras que las demás mujeres deben llevarlo corto como símbolo de sumisión a su hombre y a cualquier otra persona que ocupe una posición más elevada. Tal vez te parezca un detalle sin importancia, pero para los habitantes de la Tierra Central todo lo que tiene que ver con el poder es importante. Si una mujer se deja crecer el pelo más largo de lo que le corresponde por su posición social, perderá parte de su posición como castigo. En la Tierra Central, el cabello largo en una mujer es símbolo de autoridad, casi de desafío. En nosotras es el símbolo de que poseemos poder para hacer lo que queramos y de que nadie nos manda, que somos una amenaza para todo el mundo. Es muy parecido a lo que dice tu espada a la gente. Una Confesora nunca llevaría el pelo corto, y a la gente le duele que nadie sea capaz de obligarnos a cortárnoslo por la fuerza. Paradójicamente, las Confesoras somos menos libres, pero ellos no se dan cuenta. Nosotras realizamos las tareas que son ingratas para ellos y no tenemos la libertad para elegir qué hacer con nuestras vidas. Somos prisioneras de nuestro poder.

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