Los Portales de Piedra
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #4
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:
Con el primer estallido de fuego, Charn echó a correr hacia el Collam Daan, pero sabía que era demasiado tarde. Había jurado servir a los Aes Sedai, y llegaba demasiado tarde. Las lágrimas se deslizaban por sus mejillas mientras corría.
Parpadeando para librarse de los puntos luminosos que danzaban ante sus ojos, Rand se apretó la cabeza con las dos manos. La imagen todavía flotaba en su mente, aquella inmensa esfera, estallando en llamas negras, desplomándose. «¿Vi realmente el agujero que se abría en la prisión del Oscuro? ¿Lo vi? —Estaba al borde de las columnas de cristal, mirando hacia Avendesora—. Un árbol sora. Una ciudad es un territorio salvaje sin soras, y ahora sólo queda uno». Las columnas centelleaban con el resplandor azulado que emitía la alta cúpula de niebla, pero la luz volvía a ser de nuevo simples reflejos brillantes. No había señales de Muradin; Rand dudaba que el Aiel hubiera salido del bosque de cristal; o que llegara a salir alguna vez.
De pronto algo atrajo su atención hacia las ramas inferiores del Árbol de la Vida: una figura que se mecía lentamente: era un hombre colgado de una vara suspendida entre dos ramas, con una cuerda ceñida a su garganta.
Soltando un alarido, echó a correr hacia el árbol al tiempo que entraba en contacto con el saidin; la espada flameante se materializó en sus manos en el momento en que saltaba y segó la cuerda. Mat y él cayeron sobre las polvorientas losas del pavimento con un golpe sordo. La vara se desprendió del árbol y cayó ruidosamente junto a ellos; no era una vara, sino una extraña lanza con el mango negro y la hoja de una espada corta en lugar de la habitual punta, ligeramente curvada y con un solo filo, aunque a Rand le habría traído sin cuidado que estuviera hecha de oro y cuendillar engastados con zafiros y rubíes.
Dejó que la espada desapareciera e interrumpió el contacto con el Poder; aflojó frenéticamente la cuerda que estrangulaba a su amigo y puso el oído en su pecho. Nada. Desesperado, abrió violentamente la chaqueta y la camisa de Mat, partiendo un cordón de cuero del que colgaba un medallón de plata. Tiró a un lado el colgante y volvió a poner la oreja contra el pecho de Mat. Nada. Ni un latido. Estaba muerto. «¡No! No le habría pasado nada si no hubiera dejado que me siguiera hasta aquí. ¡No puedo dejarlo morir!»
Dio un seco empujón con el puño sobre el tórax de Mat, tan fuerte como le fue posible, y escuchó. Nada. Repitió la maniobra y escuchó. Sí. Un débil latido. Lo era. Muy tenue, muy lento. Cada vez más lento. Pero Mat seguía vivo a pesar del grueso costurón purpúreo que se marcaba alrededor de su garganta. Todavía había posibilidad de mantenerlo con vida.
Se llenó los pulmones de aire y sopló en la boca de Mat. Otra vez. Y otra. Después se puso a horcajadas sobre su amigo, agarró la cinturilla de los calzones y tiró hacia arriba, de manera que le levantó las caderas del suelo. Lo repitió tres veces, y a continuación reanudó la respiración boca a boca. Podría haber encauzado; tal vez habría conseguido algo de ese modo, pero el recuerdo de la niña en la Ciudadela lo echó atrás. Quería que Mat viviera, no que fuera una marioneta movida por el Poder. Una vez, en Campo de Emond, había visto a maese Luhhan revivir así a un muchacho al que encontraron flotando en el arroyo del manantial. De modo que siguió insuflando aire, tirando de la cintura hacia arriba y rezando.
De repente Mat sufrió una violenta sacudida, y tosió. Rand se arrodilló a su lado mientras su amigo se llevaba las manos a la garganta y rodaba de lado, inhalando aire dolorosamente, entre jadeos.
Mat tocó el trozo de cuerda y se estremeció.
—Esos malditos… hijos… de cabra —balbució con voz ronca—. Intentaron… matarme.
—¿Quiénes? —preguntó Rand, que miró en derredor, alerta. Los palacios a medio terminar que cercaban la gigantesca plaza parecían observarlo. Rhuidean tenía que estar desierto, a excepción de ellos dos; a menos que Muradin siguiera vivo, en alguna parte.
—Los tipos… que hay al otro lado… de ese marco retorcido. —Tragó saliva con gesto de dolor, se sentó e inhaló entrecortadamente—. Hay otro aquí, Rand. —La voz le sonaba todavía como si tuviera la garganta en carne viva.
—¿Y pudiste cruzarlo? ¿Te respondieron las preguntas? —Eso podría serle útil. Necesitaba más respuestas desesperadamente. Respuestas a miles de interrogantes, no sólo a unos pocos.
—Nada de respuestas —contestó roncamente Mat—. Son unos tramposos. E intentaron matarme. —Recogió el medallón; la cabeza de zorro plateado casi le cubría la palma. Al cabo de un momento se lo guardó en el bolsillo, con una mueca—. Por lo menos saqué algo de ellos. —Acercó hacia sí la extraña lanza, y pasó los dedos por el negro astil. A lo largo de éste había una línea escrita con una extraña grafía y que estaba enmarcada a ambos extremos por sendos pájaros realizados con un metal aún más oscuro que la madera. A Rand le parecían cuervos. Había otro par grabado en la cuchilla. Mat soltó una seca risotada y se puso de pie, apoyándose en la lanza; la parte inferior de la cuchilla le llegaba a la altura de la cabeza. No se molestó en anudar el lazo de la camisa ni abotonar la chaqueta—. También me quedaré con esto. Es una broma de ellos, pero lo conservaré.
—¿Una broma?
—Sí, lo que pone en el mango:
»Una buena broma ¿sabes? Los haré rodajas con su propio ingenio si se me presenta la ocasión. Yo les daré mente y recuerdo. —Se encogió y se llevó la mano a la cabeza—. ¡Luz, cómo me duele! Todo da vueltas y vueltas, como un millar de retazos de sueños, y cada uno de ellos se me clava en el cerebro como una aguja. ¿Crees que Moraine me procuraría algún alivio si se lo pido?
—No me cabe la menor duda —contestó Rand lentamente.
A Mat tenía que dolerle mucho para que estuviera pensando en pedir ayuda a la Aes Sedai. Echó otra ojeada al negro astil de la lanza; la mayor parte de la grafía estaba tapada por la mano de su amigo, pero no del todo. Fuera lo que fuera, no tenía la menor idea de su significado. ¿Cómo lo había sabido leer Mat? Los vacíos ventanales de Rhuidean lo contemplaban con sorna. «Todavía ocultamos muchos secretos —parecían decir—. Más de los que imaginas. Peores de lo que supones».
—Regresemos, Mat. No me importa si tenemos que cruzar el valle en plena noche. Como dijiste, hará más fresco. No quiero permanecer un minuto más aquí.
—Me parece una excelente idea con la que estoy completamente de acuerdo. —Mat tosió—. Aunque no estaría de más echar otro trago de agua en esa fuente antes de marcharnos.
Rand mantuvo el paso de Mat, que al principio caminaba lentamente, renqueando, apoyándose en la extraña lanza como si fuera un cayado. Rand se detuvo un momento cuando pasaron delante de las dos figurillas de un hombre y una mujer que sostenían esferas de cristal, pero las dejó allí. Todavía no. Y si tenía suerte, no las necesitaría hasta dentro de mucho tiempo.
Cuando dejaron atrás la gran plaza, fue como si los palacios a medio construir los observaran amenazadoramente, con los irregulares remates semejando las murallas de una inmensa fortaleza. Rand entró en contacto con el saidin a pesar de que no se veía un peligro real. No obstante lo percibía, como si tuviera clavados en la espalda unos ojos asesinos. Rhuidean continuaba silenciosa y desierta, sin resquicio para las sombras bajo el azulado fulgor de su techo de Niebla. El polvo de las calles se rizó con el soplo del viento. Viento… ¡Pero si no había viento!