Los Portales de Piedra
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #4
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:
—Oh, maldita sea —masculló Mat—. Me parece que tenemos problemas, Rand. Esto me pasa por estar contigo. Siempre me metes en líos.
Las ondas se formaron con mayor rapidez, deslizándose y uniéndose para formar líneas más gruesas, todavía estremeciéndose.
—¿Puedes caminar más deprisa? —preguntó Rand.
—¿Caminar? ¡Rayos y truenos, puedo correr! —Mat sujetó la lanza en diagonal contra el pecho y, poniendo en práctica lo que decía, emprendió la carrera.
Trotando a su lado, Rand hizo aparecer de nuevo la espada a pesar de que no sabía si le serviría de algo contra unas ondeantes líneas de polvo ni si realmente le hacía falta. No era más que polvo. «Pues claro que no es sólo polvo, maldita sea. Se trata de una de esas burbujas, la maldad del Oscuro moviéndose errática por el Entramado, buscando a los condenados ta’veren. Sé que lo es».
Alrededor, por doquier, el polvo ondeaba, se unía, se espesaba, agrupándose y amontonándose. De repente, justo delante de ellos, una forma se alzó en el pilón seco de una fuente, tan sólida como la figura de un hombre, oscura y sin rasgos, con los dedos como afiladas garras. Saltó sobre ellos, silenciosa.
Rand se movió automáticamente —la luna saliendo sobre el agua— y la hoja de Poder ensartó aquella oscura forma. En un abrir y cerrar de ojos se convirtió en una espesa nube de polvo que se esparció por el suelo.
Empero, otras ocuparon su lugar; negras formas sin rasgos que salían de todas partes, sin que hubiera dos iguales, pero todas con las garras prestas, tendidas hacia ellos. Rand ejecutó diversas posturas mientras se movía entre ellas, tejiendo con el arma intrincados trazos en el aire y dejando tras de sí motas de polvo flotantes. Mat manejaba la lanza como una barra, en un borroso remolino, pero utilizaba la cuchilla como si hubiera usado aquella arma toda su vida. Las criaturas morían —o al menos volvían al polvo—, pero había muchas y eran muy rápidas. La sangre manaba del rostro de Rand, y la vieja herida del costado estaba a punto de volver a abrirse. También Mat tenía la cara y el pecho manchados de sangre. Eran demasiadas, y endiabladamente veloces.
No haces ni la décima parte de lo que ya eres capaz. Es lo que Lanfear le había dicho; Rand se echó a reír mientras ejecutaba las posturas de lucha. Aprender de uno de los Renegados. Sí, podía hacerlo, aunque no del modo que ella pretendía. ¿Por qué no? Encauzó, tejió los hilos del Poder, y lanzó un remolino al centro de cada una de las formas negras; explotaron en nubes de polvo, tan densas que lo hicieron toser. Hasta donde alcanzaba la vista, el polvo flotaba en el aire y caía lentamente al suelo.
Jadeando y tosiendo, Mat se apoyó en la lanza de astil negro.
—¿Ha sido obra tuya? —resolló mientras se limpiaba la sangre que le resbalaba sobre los ojos—. Pues ya iba siendo hora. Si sabías cómo destruirlas, ¿por qué no lo hiciste desde el principio, maldita sea?
Rand se echó a reír otra vez. «Porque no lo pensé. Porque no sabía cómo hasta que lo hice». Sin embargo no llegó a decirlo en voz alta. El polvo acabó de caer al suelo y empezó de nuevo a ondear.
—Corre —instó—. Tenemos que salir de aquí. ¡Corre!
Se lanzaron a toda velocidad hacia el muro de niebla, descargando sus armas contra cualquier línea de polvo que tuviera cierto espesor, pateándolas, haciendo cualquier cosa para impedir que cobraran consistencia. Rand lanzó más remolinos en todas direcciones, pero el polvo esparcido empezaba a agitarse y a reunirse de inmediato, ahora incluso antes de haber tocado el suelo. Siguieron corriendo, llegaron a la niebla y la atravesaron sin disminuir la velocidad; irrumpieron en el valle bajo una mortecina luz.
Un agudo pinchazo en el costado lo martirizaba, pero Rand giró prestamente sobre sus talones, dispuesto a descargar rayos, fuego; lo que hiciera falta. Pero de la niebla no salió nada tras ellos. Tal vez el manto de bruma era una muralla infranqueable para esas oscuras formas. Tal vez las retenía al otro lado. Tal vez… No lo sabía, y tampoco le importaba siempre y cuando esas cosas no los persiguieran.
—Que me aspen —carraspeó Mat—. Mira, va a despuntar el alba. Hemos estado toda la noche ahí dentro. No me parecía que hubiera pasado tanto tiempo.
Rand contempló el cielo. El sol no había asomado todavía tras las montañas, pero una aureola cegadoramente brillante perfilaba las escarpadas cumbres; el suelo del valle estaba cubierto de sombras alargadas. Llegará de Rhuidean al alba, y os unirá a todos con unos lazos imposibles de romper. Os llevará de regreso y os destruirá.
—Vamos, subamos a la montaña —dijo en voz queda—. Deben de estar esperándonos.
«Esperándome».
27
En los Atajos
La oscuridad de los Atajos ahogaba la luz de la linterna de Perrin reduciéndola a un halo claramente definido alrededor de Gaul y de él. El crujido de la silla de montar y el acompasado rechinar de los cascos sobre el suelo de piedra también parecían frenarse al borde de la luz. No flotaba olor alguno en el aire; nada. El Aiel caminaba con fáciles zancadas junto a Brioso sin quitar ojo del mortecino brillo de las linternas del grupo de Loial, más adelante. Perrin se negaba a referirse a ellos como el grupo de Faile. A pesar de su mala reputación, los Atajos no parecían afectar a Gaul; por su parte, Perrin no podía menos de aguzar el oído como había estado haciendo durante los dos últimos días o lo que pasaba por ser días en este lugar de tinieblas. Serían sus oídos los que captarían primero el ruido que presagiaba que todos ellos iban a morir o quizás algo peor; el aullido de un viento donde jamás soplaba la más leve brisa salvo el Machin Shin, el Viento Negro que devoraba las almas. No podía evitar pensar que viajar por los Atajos era una necedad mayúscula; sin embargo, cuando la necesidad apremiaba, todo aquello que normalmente se consideraba un disparate dejaba de serlo.
La débil luz al frente se detuvo, y el joven sofrenó su caballo en medio de lo que parecía un antiguo puente de piedra —antiguo por las grietas de los antepechos y los irregulares hoyos y baches que salpicaban la calzada— que se elevaba en arco sobre la infinita negrura. Seguramente debía de tener cerca de los tres mil años, pero ahora parecía estar a punto de desplomarse.
El caballo de carga se pegó a la grupa de Brioso; los animales buscaban consuelo en el reconfortante contacto entre sí y giraban los ojos con intranquilidad observando el oscuro entorno. Perrin sabía cómo se sentían; la compañía de unas cuantas personas más habría aliviado en parte el agobiante peso de esta noche infinita. Con todo, no se habría aproximado más a las linternas que brillaban al frente aunque hubiera viajado solo, porque no quería arriesgarse a que se repitiera lo ocurrido en la primera isla, poco después de entrar por la puerta a los Atajos en Tear. Se rascó la rizosa barba con irritación. No sabía bien qué había esperado, pero no aquello…
La linterna se meció en la punta del palo cuando desmontó y condujo a Brioso y al caballo de carga hacia la guía, una alta losa de piedra blanca cubierta de incrustaciones plateadas que formaban delicados trazos, con una vaga semejanza a enredaderas y hojas, todas ellas marcadas con picaduras, como si les hubiera salpicado ácido. No sabía leerlo, por supuesto, ya que se trataba de escritura Ogier y Loial sería quien se encargaría de ello, de modo que caminó alrededor de la isla para examinarla. No se diferenciaba de las que ya había visto, rodeada por una balaustrada de piedra blanca de simples tallas curvas y circulares que formaban un complejo diseño. La balaustrada se interrumpía a intervalos, donde arrancaban otros puentes cuyos arcos se perdían en las tinieblas, así como rampas carentes de barandillas que subían o bajaban sin que se viera qué las soportaba. Las grietas, los hoyos y los baches abundaban por doquier, como si la piedra estuviera pudriéndose. Cada vez que los caballos se movían se escuchaba un ruido rasposo, como si los cascos desprendieran arenilla de la piedra. Gaul escudriñaba la oscuridad sin dar señales de nerviosismo; claro que él ignoraba lo que podía haber por allí fuera. Perrin sí lo sabía, y demasiado bien.