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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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Y todo eso lo lanzó sobre Sila como un palio tejido a base de las más tupidas telarañas. Nada más entrar en el atrium, allí la encontró, cruzando como una loca el vestíbulo para echarse en sus brazos extasiada; antes de haberla podido contemplar para motivar sus sentimientos, ella ya le había pegado los labios a los suyos como una sanguijuela, chupándole, devorándole, retorciéndose, húmeda, negra y sanguinolenta. Se aferraba con las manos a sus partes pudendas, hacia ruidos de lo más lascivo y ni siquiera se retuvo en enroscársele con las piernas en aquel recinto tan poco íntimo y en presencia de una docena de irónicos esclavos, totalmente desconocidos para Sila.

No pudo evitarlo: alzó las manos y le desprendió los brazos, al tiempo que echaba atrás la cabeza y se zafaba de aquella boca glotona.

– ¡Conteneos, señora! -exclamó-. ¡No estamos solos!

Ella contuvo un gríto, como si le hubiera escupido en la cara, pero había servido para reducir su ardor. Con inigualable torpeza, se cogió de su brazo y siguió con Sila por el peristilo hasta su sala de estar, en los antiguos aposentos de Nicopolis.

– ¿Es esto lo bastante íntimo? -inquirió, algo desdeñosa.

Pero Sila ya había perdido el ánimo y no quería que aquella boca y aquellas manos se abrieran camino hacia los rincones más íntimos de su ser, sin consideración a la sensibilidad de las capas que vulneraban.

– ¡Después, después! -replicó, dirigiéndose a una silla.

Julilla permaneció de pie, asustada y perpleja, como si fuese el fin del mundo. Estaba más hermosa que nunca, pero se la notaba más frágil y delicada, con sus delgados brazos asomando por un vestido que él en seguida reconoció como la última moda -un hombre con el pasado de Sila nunca perdía ese instinto para reconocer los estilos- y aquellos ojos enormes, con algo de loca, hundidos en las órbitas entre un denso sombreado negro y azul.

– ¡No lo entiendo! -chilló sin moverse de donde estaba y devorándole con la mirada, no con la avidez del reencuentro, sino con esa especie de fascinación que se siente ante alguien que no se sabe si es amigo o enemigo.

– Julilla -respondió él con la paciencia que tan bien dominaba-, estoy cansado. Aún no me ha dado tiempo a acostumbrarme a andar en tierra. Apenas conozco a la servidumbre, y como no estoy en absoluto ebrio, tengo las inhibiciones naturales respecto a la licencia que puede permitirse un matrimonio en público.

– ¡Pero yo te amo! -protestó ella.

– Eso espero. Igual que yo a ti. No obstante, hay ciertos límites -replicó él hierático, deseoso de que todo en el ámbito romano fuese lo correcto, desde la esposa y la casa hasta la carrera en el Foro.

Cuando, durante aquellos dos años, había pensado en Julilla, no había realmente recordado la clase de persona que era, sino solamente su aspecto y su frenético y apasionado comportamiento en la cama. De hecho, había pensado en ella como un hombre piensa en su querida, no en la esposa. Ahora contemplaba a la joven esposa, y pensó que resultaría una querida mucho más preciada siendo alguien a quien viese a su comodidad, con quien no tuviese que compartir la casa ni presentarla a sus amigos y socios.

Nunca debí casarme con ella, pensó. Me dejé llevar por una visión del futuro a través de los ojos de ella, pues eso es lo único que hizo: servir de medio para transmitir una visión entre la Fortuna y su elegido. No me detuve a pensar que habría docenas de jóvenes mujeres nobles más convenientes para mí que esta pobre tonta que quiso matarse de hambre por mi amor. Eso ya es un exceso. Y no es que me importe el exceso, sino el exceso dirigido a mi persona. ¡No, lo que me gusta es el exceso cuando lo hago yo! ¿Por qué he pasado mi vida unido a mujeres que me atosigan tanto?

El rostro de Julilla se alteró. Su mirada sufrió un desvío en aquellas órbitas inflexibles del rostro, con un destello que no expresaba amor ni lujuria. ¡Ah, sí! ¿Qué haría ella sin el vino… el fiel y amigable vino? Sin pararse a pensar, se acercó a una mesita y se sirvió una copa de vino puro, que vació de un solo trago; sólo en ese momento se acordó de Sila y se volvió hacia él con una pregunta en la mirada.

– ¿Vino, Sila? -inquirió.

– ¡Deja eso inmediatamente! -replicó él con ceño-. ¿Es que sueles beber de esa manera?

– ¡Necesitaba beber! -contestó ella inquieta-. Estás muy frío y deprimente.

– Ya lo creo -replicó él con un suspiro-. Pierde cuidado, Julilla. Ya mejoraré. O quizá tengas razón… sí, sí, dame vino -añadió, arrebatándole casi la copa que ella le había estado ofreciendo y bebiendo de ella a sorbos-. La última vez que tuve noticias tuyas… no escribes mucho, que digamos, ¿verdad?

Las lágrimas le corrían a ella por las mejillas, pero no sollozaba.

– ¡Odio escribir cartas!

– Eso está claro -replicó él secamente.

– Bueno, ¿qué decías? -inquirió ella, sirviéndose otra copa, que despachó con igual rapidez que la primera.

– Iba a decir que la última vez que supe de ti, entendí que teníamos dos hijos. Un niño y una niña, ¿no? No es que te molestases en decirme lo del niño; tuve que enterarme por tu padre.

– Estaba enferma -respondió ella sin dejar de llorar.

– ¿No voy a ver a los niños?

– ¡Oh, están ahí! -respondió ella, señalando irritada hacia la parte posterior del peristilo.

Sila la dejó enjugándose las lágrimas con el pañuelo y sirviéndose otra copa.

Los vio a través de la ventana del cuarto de juegos, pero ellos no se percataron de su presencia; se oía una voz de mujer, pero él nada más veía los dos pequeños de su sangre. Una niña, sí, ya de dos años y medio, y un niño que debería tener año y medio.

La pequeña era una delicia; la muñequita más preciosa que había visto en su vida, con una cabecita llena de rizos pelirrojos y dorados, cutis de leche y rosas, mejillas con hoyuelos y unos ojos grandes muy azules bajo sus sedosas cejas doradas. Feliz, sonriente y llena de cariño por su hermanito.

El niño, aquel hijo que Sila no conocía, era todavía más encantador. Ya caminaba -¡bien!- y estaba desnudito; por eso andaba su hermana detrás de él, debía hacerlo a menudo; ¡y también hablaba! El bergante no paraba de parlotear con la hermanita. Y se reía. Se parecía a César; el mismo rostro largo y atractivo, el mismo pelo espeso dorado, los mismos ojos azules vivaces que los de su finado suegro.

Y el adormecido corazón de Lucio Cornelio Sila no se despertó con un simple bostezo, desperezándose, sino que saltó al mundo del sentimiento como habría saltado Atenea desarrollada y armada de la frente de Zeus, haciendo sonar el clarín. En el umbral, se arrodilló y extendió hacia ellos los brazos, trémulo.

– Ha llegado tata -dijo- Tata ha vuelto a casa.

Los pequeños no lo dudaron un instante y echaron a correr a sus brazos, cubriendo de besos su rostro extasiado.

Publio Rutilio Rufo no fue el primer magistrado que visitó a Mario en Cumas. Apenas acababa de reinstalarse en la rutina del hogar el héroe africano, cuando el mayordomo entró a preguntarle si recibiría a Lucio Marcio Filipo. Intrigado por lo que querría Filipo, pues Mario no le conocía y sólo sabía de su familia por detalles muy superficiales, dijo que le hiciera pasar al despacho.

Filipo no se anduvo con rodeos y fue directamente al grano. Era un hombre de aspecto tranquilo, pensó Mario -demasiada carne en la cintura y demasiada sotabarba-, pero conservaba la arrogancia y el aplomo del clan de los Marcios, que se decían descendientes de Anco Marcio, cuarto rey de Roma y constructor del puente de Madera.

– No me conocéis, Cayo Mario -dijo, mirándole con sus ojos marrón oscuro directamente a la cara-, así que pensé en aprovechar la primera oportunidad para corregir la situación… dado que sois el primer cónsul del año que viene y que yo soy tribuno de la plebe recién elegido.

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