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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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– Muy amable por vuestra parte en corregir la situación -contestó Mario con una franca sonrisa.

– Si, supongo que sí -añadió con voz queda Filipo, reclinándose en la silla y cruzando las piernas, un gesto que Mario jamás se había atrevido a hacer por considerarlo poco masculino.

– ¿Qué deseáis de mi, Lucio Marcio?

– Pues, bastante -respondió Filipo adelantando la cabeza, mostrando, de pronto, un rostro menos blando y claramente feroz-. Me encuentro en un apuro económico, Cayo Mario, y pensé que me incumbía, por así decirlo, ofreceros mis servicios como tribuno de la plebe. Se me ocurrió, por ejemplo, si no necesitaríais que se aprobase alguna ley o simplemente saber que podíais contar con un leal partidario entre los tribunos de la plebe en Roma mientras os encontráis fuera de ella conteniendo al lobo germano. ¡Esos estúpidos! Aún no se han dado cuenta de que Roma es un lobo, ¿no es cierto? Pero ya lo comprobarán, no me cabe la menor duda. Si. hay alguien que pueda demostrarles la naturaleza vulpina de Roma, ése sois vos.

La mente de Mario había trabajado con singular rapidez durante aquel preámbulo. También él se recostó en la silla, pero sin cruzar las piernas.

– En realidad, mi querido Lucio Marcio, hay una pequeña ley que me gustaría aprobase la Asamblea de la plebe sin que se levantara revuelo. Y me encantaría ayudaros a solventar vuestros apuros económicos si me evitáis ese obstáculo legislativo.

– Cuanto más generoso sea el donativo a mí causa, Cayo Mario, menor revuelo levantará la ley -respondió Filipo con una gran sonrisa.

– ¡Estupendo! Decid el precio -dijo Mario.

– ¡Oh, así… tan bruscamente…!

– Decid el precio -repitió Mario.

– Medio millón -contestó Filipo.

– De sestercios… -añadió Mario.

– De denarios -replicó Filipo.

– Ah, bien, por medio millón de denarios quiero algo más que una simple ley -dijo Mario.

– Por médio millón de denarios, Cayo Mario, obtendréis mucho más. No sólo mis servicios mientras desempeñe el cargo, sino también después. Os lo prometo.

– Pues, trato hecho.

– ¡Qué fácil! -exclamó Filipo, relajándose-. ¿Qué es lo que puedo hacer por vos?

– Necesito una ley agraria -contestó Mario.

– ¡Eso ya no es fácil! -replicó inmediatamente Filipo, con cara de sorpresa-. ¿Para qué demonios queréis una ley agraria? Yo necesito dinero, Cayo Mario, pero sólo si voy a vivir para gastar lo que me quede después de pagar las deudas. No entra en mis proyectos morir apaleado en el Capitolio, pues os aseguro, Cayo Mario, que yo no soy un Tiberio Graco.

– La ley es de naturaleza agraria, pero no contenciosa -dijo Mario, apaciguándolo-. Os aseguro, Lucio Marcio, que no soy un reformador ni un revolucionario y que tengo previstas otras cosas para los pobres de Roma que darles el precioso ager publicus. Los alistaré en las legiones y les haré sudar las tierras que se les concedan. No se le dará a nadie nada sino a cambio de algo, pues el hombre no es una bestia.

– Pero ¿qué otra tierra hay para dar que no sea el ager publicus? ¿O es que intentáis que el Estado compre más o conquiste otras tierras? Eso requiere dinero -replicó Filipo, manteniendo su inquieta actitud.

– No hay por qué alarmarse -respondió Mario-. La tierra en cuestión ya está en manos de Roma. Mientras conserve el imperium proconsular en Africa se dictará en mi provincia el USO de la tierra confiscada al enemigo; la puedo arrendar a mis clientes o venderla al mejor postor, o concedérsela a un rey extranjero como parte de sus dominios. Unicamente debo tener la seguridad de que el Senado confirma mis disposiciones.

Mario cambió de postura, se inclinó hacia delante y prosiguió:

– Pero no tengo la menor intención de pillarme los dedos para solaz de Metelo el Numídico, así que me propongo actuar como siempre he hecho, estrictamente de acuerdo con la ley o la costumbre general precedente. Así pues, el día de Año Nuevo voy a ampliar mis potestades proconsulares en Africa sin dar a Metelo el Numidico el menor pretexto.

"Las principales disposiciones relativas al territorio adquirido en nombre del Senado y el pueblo de Roma ya han recibido sanción senatorial, pero hay un asunto que quiero abordar, y es tan delicado, que deseo llevarlo a cabo en dos etapas. Una el año que viene y la otra al siguiente.

"Vuestro cometido, Lucio Marcio, consistirá en poner en marcha la primera fase. En pocas palabras, creo que si Roma ha de seguir organizando ejércitos como es debido, las legiones deben constituir una carrera atractiva para los que pertenecen al censo por cabezas, y no una simple alternativa a la que se vean impulsados por celo patriótico en las situaciones de urgencia, o por aburrimiento en otras circunstancias. Si se le ofrecen los incentivos de siempre, un modesto salario y una modesta parte del botín que produzca la campaña, no se sentirán atraídos. Mientras que si se les ofrece una buena parcela de tierra para que se asienten o la vendan al retirarse, tendrán un buen incentivo para hacerse soldados. Ahora bien, no puede ser tierra en Italia, ni veo por qué tiene que ser en Italia.

– Creo que vislumbro lo que queréis, Cayo Mario -dijo Filipo, mordiéndose el grueso labio inferior-. Es interesante.

– Eso creo. He reservado las islas de la Sirte menor africana como terrenos para asentamiento de mis soldados del censo por cabezas que estén licenciados, lo que, gracias a los germanos, no se producirá de momento. Así, quiero que el pueblo dé su aprobación para asentar a mis soldados en Meninx y Cercina. Pero tengo enemigos que tratarán de obstaculizarlo, por el simple hecho de que siempre se han dedicado a ponerme obstáculos -dijo Mario.

– Desde luego, enemigos sí que tenéis, Cayo Mario -dijo Filipo, asintiendo con la cabeza repetidas veces.

Sin saber con certeza si la afirmación encerraba sarcasmo, Mario lanzó una desdeñosa mirada a Filipo y continuó:

– Vuestro cometido, Lucio Marcio, consistirá en proponer una ley a la Asamblea de la plebe para reservar las islas de la Sirte menor africana dentro del ager publicus de Roma sin que puedan arrendarse, dividirse ni venderse si no es mediante futuros plebiscitos. No mencionaréis nada respecto a los soldados ni al censo por cabezas. Lo único que tenéis que hacer, muy suavemente y como de pasada, es aseguraros de que esas islas quedan a buen recaudo de manos codiciosas. Es fundamental que mis enemigos no sospechen que soy yo quien está detrás de la ley.

– Bien, eso creo que puede hacerse -dijo Filipo, animado.

– Muy bien. El día en que la ley entre en vigor, haré que mis banqueros depositen medio millón de denarios a vuestro nombre de tal modo que a mí no se me vincule para nada a vuestro cambio de fortuna -dijo Mario.

– Cayo Mario, tenéis a vuestra disposición un tribuno de la plebe -dijo Filipo, poniéndose en pie y extendiendo la mano-. Y lo que es más, seguiré siendo vuestro servidor durante toda mi carrera política.

– Me alegra oírlo -dijo Mario, estrechándole la mano. Pero nada más cruzar Filipo la puerta, pidió agua tibia y se lavó las manos.

– Que emplee el soborno no quiere decir que me gusten los que soborno -dijo Mario a Publio Rutilio Rufo cuando éste llegó a Cumas cinco días más tarde.

– Bueno, desde luego, cumplió su palabra -replicó Rutilio Rufo, poniendo cara de resignación-. Promulgó tu modesta ley agraria como si fuese cosa enteramente suya y la defendió con tal lógica que nadie pensó en hacer objeción alguna. Es muy listo ese Filipo, aunque algo rastrero. Se apuntó laureles de patriota diciendo a la Asamblea que pensaba que una parte nimia e insignificante de las vastas tierras africanas debían reservarse, depositarlas en una especie de banco es la expresión que empleó, para el uso futuro del pueblo romano. Entre tus enemigos, hubo incluso quienes pensaron que sólo lo hacía por irritarte, y la ley se aprobó sin la menor réplica.

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