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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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Mario levantó la vista del rollo con expresión eufórica.

– ¿Qué te parece, Lucio Cornelio, ese mandato del pueblo? ¡Cónsul por segunda vez y ni siquiera sabía que me presentaba! -añadió levantando los brazos como si quisiera tocar las estrellas-. Llevaré a Roma a Marta la adivina. ¡Verá con sus propios ojos mi triunfo y la toma de posesión el mismo día, Lucio Cornelio! Porque acabo de tomar una decisión: celebraré mi triunfo el día de Año Nuevo.

– Y saldremos para la Galia -añadió Sila, mucho más interesado en esa perspectiva-. Es decir, si me llevas, Cayo Mario.

– ¡Querido amigo, no podría pasarme sin ti! ¡Ni sin Quinto Sertorio!

– Acaba la carta -dijo Sila, pensando que necesitaba más tiempo para asimilar aquellas noticias tan asombrosas antes de tratarlas más detenidamente con Mario.

Así que, cuando nos veamos, Cayo Mario, será para traspasarte los poderes del cargo. Ojalá pudiera decir que estoy totalmente satisfecho conmigo mismo. Por el bien de Roma era vital que te diesen el mando en la guerra contra los germanos, pero ¡ojalá se hubiera podido hacer de un modo más ortodoxo! Pienso en los enemigos que se sumarán a los que ya tienes, y tiemblo. Has provocado muchos cambios en la maquinaria de producción legislativa. Sí, ya sé que todos han sido necesarios para mantenerte, pero, como decían los griegos de Odiseo, la hebra de su vida era tan fuerte que rozaba todas las otras hasta romperlas. Creo que Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado, tiene cierta razón de su parte en la actual situación, porque a él no se le puede imputar la intolerancia tan estrecha de miras del Numídico. Escauro ve, igual que yo, cómo van desapareciendo los antiguos métodos romanos. Yo entiendo que Roma se está cavando su propia fosa, y que si se pudiera confiar en el Senado para que te dejase enfrentarte con los germanos a tu manera, serían innecesarias esas sorprendentes medidas nuevas, extraordinarias y poco ortodoxas. Pero me duele, no obstante.

La voz de Mario no temblaba ni vacilaba, decidido como estaba a leerle toda la carta a Sila, pese a que la conclusión no fuese tan halagadora y disminuyese su gran contento.

– Ya queda poco -dijo-. Voy a acabarla.

Tengo que añadir, para terminar, que tu candidatura disuadió a todos los partidarios del honor y la alcurnia; algunas personas decentes que habían inscrito su nombre como candidatos, lo retiraron. Igual hizo Quinto Lutacio Catulo César, diciendo que contigo colaboraría con menos ganas que con su perro. En consecuencia, tu colega consular será elegido a suertes. Lo que no debe desanimarte más de lo debido, porque estoy seguro de que no te dará guerra. Sé que estás deseando saber quién es, pero sólo te diré de él que es venal, aunque creo que eso ya lo sabes. ¿Su nombre? Cayo Flavio Fimbria.

– ¡Ah, le conozco! -dijo Sila con desdén-. Un habitual de los lupanares de una Roma que era la mía, no la suya. Y más torcido que la pata de atrás de un perro -añadió mostrando los blancos dientes-. Lo que quiere decir, Cayo Mario, que no le dejes alzar esa pata y mearte.

– Daré un buen salto rápido de lado -contestó Mario muy serio, extendiendo la mano hacia Sila, que la estrechó-. Lucio Cornelio, hagamos la promesa de vencer a los germanos. Tú y yo.

El ejército de Africa, con su comandante al frente, zarpó de Utica rumbo a Puteoli a finales de noviembre, en medio de una gran animación. La mar estaba en calma para aquella época del año y ni el Septentrio ni el Corus, o viento noroeste, entorpecieron la travesía. Y eso era exactamente lo que Mario esperaba; su carrera iba viento en popa, la Fortuna estaba a sus órdenes igual que sus soldados. Además, Marta, la adivina siria, le había vaticinado un viaje tranquilo. Iba con él en la nave insignia, rebosando reverencias y cacareos desdentados, parecida a un saco de huesos, que los marineros, siempre supersticiosos, miraban con recelo y esquivaban temerosos. El rey Gauda no había querido dejarla marchar, pero ella se había sentado en el suelo de mármol frente al trono para echar mal de ojo al monarca y a toda la casa real. Tras lo cual todo fueron prisas porque se marchase.

En Puteoli, Mario y Sila fueron recibidos por uno de los recién nombrados cuestores del erario, un hombre muy enérgico, ansioso por ver el estadillo del botín, pero no por eso menos deferente. A Mario y a Sila les complació colaborar amablemente y, como tenían unos registros contables irreprochables, todo fueron sonrisas. El ejército acampó en las afueras de Capua, rodeado de nuevos reclutas entrenados por los gladiadores alistados por Rutilio Rufo, a quienes secundaban los veteranos centuriones de Mario. Lo lamentable, sin embargo, era la escasez de nuevos reclutas. Italia era un pozo seco y la situación no mejoraría hasta que hubiese una nueva generación de hombres de diecisiete años lo bastante numerosa para nutrir las filas. Hasta el censo por cabezas estaba exhausto, al menos entre los ciudadanos romanos.

– Dudo mucho que el Senado apruebe el reclutamiento de proletarios itálicos -dijo Mario.

– No les queda otro remedio -añadió Sila.

– Cierto. Si les presiono; pero en este momento no me interesa, ni le interesa a Roma, presionarlos.

Mario y Sila se separaban hasta el día de Año Nuevo. Sila, por supuesto, podía entrar en la ciudad, pero Mario, investido aún con el imperium proconsular, no podía cruzar el límite sagrado de la ciudad sin perderlo. Así pues, Sila se marchaba a Roma y Mario a su villa de Cumas.

El cabo Misenum constituía la impresionante lengua de tierra al norte de la llamada bahía de Crater, un enorme y seguro fondeadero dotado de buenos puertos como Puteoli, Neapolis, Herculaneum, Stabiae y Surrentum. Una tradición inmemorial decía que la bahía había sido un volcán gigantesco que había explotado dejando entrar al mar. Aún era evidente la actividad volcánica, pues los Campos de Fuego iluminaban amenazantes por las noches los cielos más allá de Puteoli por efecto de las llamas que surgían de las grietas del suelo y había por doquier charcos de barro con burbujas hirvientes y llamativos restos amarillos de incrustaciones azufrosas con encrespados chorros gaseosos que crecían y disminuían. Y, además, estaba el Vesuvius, una abrupta montaña rocosa de muchos miles de pies, de la que se decía que había sido un volcán activo, aunque nadie sabía en qué época, pues el Vesuvius dormía apaciblemente desde los tiempos de la historia.

A ambos lados del estrecho cuello del cabo Misenum había dos pequeñas ciudades y una serie de misteriosos lagos. En la parte externa estaba Cumas y en el lado de la bahía, Baiae; los lagos eran de dos clases: uno con agua sumamente pura y cálida, ideal para el cultivo de ostras, y otro de agua muy caliente con leves ondas de vapores sulfurosos. De todas las localidades marítimas a las que los romanos acudían a descansar, Cumas era la más lujosa, mientras que Baiae estaba prácticamente sin explotar. De hecho, más parecía irse convirtiendo en una piscifactoría comercial por mano de media docena de entusiastas que se dedicaban al cultivo de ostras, dirigidos por el patricio arruinado Lucio Sergio, quien esperaba recuperar la fortuna familiar produciendo y enviando ostras a los epicúreos y gastrónomos romanos más pudientes.

La villa de Mario en Cumas se hallaba situada sobre un gran acantilado que dominaba una panorámica con las islas de Aenaria, Pandataria y Pontia, tres picos con pendientes y llanuras perdidos en la lejanía, a guisa de cumbres que surgieran de un plano de neblina azul tenue. En aquella villa aguardaba Julia a su esposo.

Hacía más de dos años y medio que no se habían visto; Julia ya casi tenía veinticuatro años y Mario cincuenta y dos. Este sabía que ella anhelaba volver a verle, porque había viajado de Roma a Cumas en una época del año en que son frecuentes las tempestades por mar, mientras que en Roma se está estupendamente. La costumbre le impedía viajar constantemente acompañando a su esposo, en particular si éste cumplía cualquier clase de encargo público. No podía acompañarle a las provincias, ni en ninguno de sus viajes por Italia, a menos que él la invitase formalmente, y estaban mal vistas esas invitaciones. En verano, cuando las esposas de los nobles romanos se retiraban a una localidad marítima, ellos iban a acompañarlas siempre que podían pero hacían el viaje separados; y si pasaban unos días en la granja o en una de las villas de las afueras de Roma, raras veces las llevaban a ellas.

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