Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Историческая проза » El Primer Hombre De Roma
El Primer Hombre De Roma - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
1 ... 133 134 135 136 137 138 139 140 141 ... 272
Перейти на страницу:

La mirada de Aquilio recorrió las filas de togas blancas.

– Veo hoy aquí a varios padres conscriptos que llevan el nombre de Porcio Catón. Pues su abuelo era un hombre nuevo. Sin embargo, ¿no consideramos hoy a estos Porcios Catones pilares de esta cámara, nobles descendientes de un hombre que en su día causaba el mismo efecto en romanos con el nombre de Cornelio Escipión, del mismo modo que Cayo Mario lo causa hoy en otros con el nombre de Cecilio Metelo?

Se encogió de hombros, bajó del estrado e imitó a Rutilio Rufo, cruzando la cámara para situarse junto a las puertas abiertas.

– Es Cayo Mario y no otro quien debe ostentar el mando supremo contra los germanos. ¡Independientemente de donde se plantee la guerra! Por consiguiente, no basta con investir a Cayo Mario con imperium proconsular limitado a la Galia Transalpina.

Se volvió de cara a los senadores y elevó la voz tonante.

– Como es evidente, Cayo Mario no se halla aquí para dar su opinión, y el tiempo corre como un corcel desbocado. Cayo Mario debe ser cónsul. Es el único modo de concederle el poder que va a necesitar. ¡Hay que hacerle candidato a las próximas elecciones consulares… candidato in absentia!

Se alzó un creciente murmullo de protesta, pero Manio Aquilio prosiguió y logró atraer la atención de los senadores.

– ¿Puede alguien aquí negar que los hombres de las centurias son lo mejor del pueblo? Pues yo os digo, ¡dejad que decidan los hombres de las centurias! ¡Que elijan cónsul a Cayo Mario in absentia o que no lo elijan! Porque la decisión de conceder el mando supremo es de suma responsabilidad para que la adopte esta cámara. Y también lo es para la Asamblea de la plebe o para todo el pueblo. ¡Yo os digo, padres conscriptos, que la decisión de otorgar el mando supremo en la guerra contra los germanos debe trasladarse a esa capa del pueblo romano que más cuenta, los ciudadanos de primera y segunda clase que voten en su propia asamblea comitia centuriata!

¡Ah, aquí tenemos a Ulises!, pensó Rutilio Rufo. ¡Nunca se me habría ocurrido! Ni lo apruebo. Pero, qué duda cabe que ha neutralizado a la facción de Escauro. No, desde luego, no habría dado resultado plantear la cuestión del imperium de Cayo Mario a las tribus del pueblo y que el asunto lo hubiesen dirigido los tribunos de la plebe en un ambiente de gritos, chillidos y hasta de disturbios. Para hombres como Escauro, la Asamblea de la plebe es una excusa para alegar que es el populacho quien gobierna Roma. Pero los ciudadanos de primera y segunda clase ¡sí son una clase distinta de romanos! Pero que muy hábil, Manio Aquilio.

Primero propones algo inaudito, como es que se elija a alguien cónsul cuando ni siquiera está presente para asumir el cargo, y luego haces saber a la facción de Escauro que debe someterse la decisión a los mejores ciudadanos de Roma. Y si esta ciudadanía ejemplar de Roma no quiere a Cayo Mario, lo único que tiene que hacer es organizar la primera y segunda clase de las centurias para que vote por otros dos hombres. Si quieren a Cayo Mario, lo que deben hacer es votarle a él y a otro. Y apostaría que la tercera clase no va a tener la posibilidad de votar. El elitismo queda satisfecho.

La única objeción legal de poca monta es esa condición in absentia. Manio Aquilio tendrá que recurrir en eso a la Asamblea de la plebe, porque el Senado no se lo concederá. ¡Hay que ver cómo se retuercen de contento en sus bancos los tribunos de la plebe! Ellos no plantearán el veto; presentarán la dispensa in absentia a la Asamblea y ésta, deslumbrada por el espectáculo de diez tribunos de la plebe totalmente de acuerdo, dictará una ley especial que permita elegir cónsul a Cayo Mario in absentia. Si, claro, Escauro, Metelo el Numídico y los demás harán mención del poder vinculante de la lex Villia annalis que estipula que nadie puede volver a ser cónsul hasta transcurridos diez años. Pero Escauro, Metelo el Numídico y los suyos van a perder.

Hay que tener ojo con este Manio Aquilio, se dijo Rutilio Rufo, volviéndose en su silla para mirar. ¡Sorprendente!, pensó. Se pasan años sentados, tan recatados y amables como una virgen vestal, y luego, de repente, se presenta la oportunidad, se quitan la piel de cordero y aparece el lobo. Manio Aquilio, eres un lobo.

* * *

Poner orden en Africa era un placer, no sólo para Cayo Mario, sino también para Lucio Cornelio Sila. Cierto que habían cambiado los deberes militares por tareas administrativas, pero a ninguno de los dos le desagradaba el desafío de reorganizar totalmente la provincia africana y los dos reinos circundantes.

Ahora era Gauda el rey de Numidia; no es que fuese un personaje de mucho fuste, pero tenía a su hijo, el príncipe Hiempsal, que sería rey a no tardar, pensaba Mario. Recuperada su categoría oficial de amigo y aliado del pueblo de Roma, Boco de Mauritania se vio con un reino notablemente ampliado por la cesión de la Numidia occidental. Donde antes el río Muluya marcaba la frontera oriental, habia ahora una región de cincuenta millas en dirección de Cirta y Rusicade. La mayor parte de Numidia oriental había quedado incorporada a una provincia africana mucho más grande gobernada por Roma, de modo que Mario pudo otorgar a los caballeros y terratenientes clientes suyos las ricas tierras costeras de la Sirte menor, incluida la antigua y aún poderosa ciudad púnica de Leptis Magna, así como el lago Tritonis y el puerto de Tacape. Para uso propio, él se reservó las grandes y fértiles islas de la Sirte menor, pues tenía proyectos para ellas, sobre todo para Meninx y Cercina.

– cuando hayamos licenciado al ejército -dijo Mario a Sila-, existe el problema de qué hacer con los hombres. Son todos del censo por cabezas, lo que significa que no tienen tierras ni negocios a los que volver. Podrán alistarse en otros ejércitos, y supongo que es lo que hará la mayoría, pero no todos. No obstante, el Estado es el dueño del equipo y no podrán quedárselo, lo cual quiere decir que sólo podrán alistarse en ejércitos de proletarios. Como Escauro y Metelo se oponen en el Senado a que el Estado financie esta clase de ejército, creo que son escasas las posibilidades futuras de este tipo de tropa, al menos hasta que se contenga a los germanos. ¿No sería estupendo participar en esa campaña, Lucio Cornelio? Ah, pero nunca lo consentirían.

– Yo daría mis colmillos -dijo Sila.

– Puedes ahorrártelos -replicó Mario.

– Sigue con lo que decías de los que quieran licenciarse -añadió Sila.

– Creo que el Estado debe a los soldados proletarios algo más que su parte del botín al final de la campaña. Yo creo que debía recompensarlos con una parcela para que tengan con qué vivir cuando se retiren. En otras palabras, hacerlos ciudadanos dignos con algunos medios.

– ¿Una versión militar de los asentamientos que intentaron introducir los Gracos? -inquirió Sila, frunciendo algo el entrecejo.

– Exacto. ¿Por qué no te parece bien?

– Pensaba en la oposición del Senado.

– Bien, a mí se me ha ocurrido que esa oposición sería menor si la tierra en cuestión no fuese ager publicus en el término de Roma, porque bastaría con insinuar que se tocase el ager publicus para buscar jaleo. No, esas tierras las arriendan gente muy poderosa. Lo que tengo pensado es solicitar permiso al Senado, o al pueblo, si el Senado lo deniega, para asentar a los soldados proletarios en buenas parcelas en Cercina y Meninx, aquí en la Sirte africana. Dar a cada hombre cien iugera, pongamos por caso, y se conseguirían dos cosas positivas para Roma. Primero, ese hombre y sus compañeros constituirían el núcleo de un cuerpo entrenado que podría ser llamado a filas en caso de otra guerra en Africa. Y segundo, esos hombres traerían Roma a las provincias, sus ideas, sus costumbres, la lengua y el modo de vida.

1 ... 133 134 135 136 137 138 139 140 141 ... 272
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)