El Primer Hombre De Roma
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:
Julia no era precisamente recelosa; había estado escribiendo a Mario una vez a la semana durante su ausencia y éste había correspondido con la misma regularidad. Ninguno de los dos era dado al chismorreo, por lo que su correspondencia tendía a ser breve y ceñida a los asuntos familiares, pero sí que estaba llena de afecto y cariño. Naturalmente que a ella no le importaba que hubiera habido otras mujeres en su larga ausencia, y Julia era demasiado bien educada y formada para ocurrírsele preguntar, ni esperaba que él se lo dijese por iniciativa propia. Eran cosas que formaban parte del mundo de los hombres y en las que no se inmiscuía una esposa. En ese aspecto, como su madre Marcia había tenido la prevención de advertirle, tenía la suerte de estar casada con un hombre treinta años mayor que ella, con un apetito sexual -decía Marcia- más contenido que el de un hombre joven, del mismo modo que sería mucho mayor su placer al volver a ver a su esposa.
Pero ella le había echado de menos dolorosamente, no por el simple hecho de que le amaba, sino porque, además, Mario la complacía. De hecho, le gustaba, y por eso la separación había sido más dura, porque le había faltado a la vez un amigo que era esposo y amante.
Cuando él entró en su sala de estar sin previo aviso, Julia se puso en pie con turbación y notó que sus piernas no le respondían; tuvo que volver a sentarse. ¡Qué alto era! ¡Qué bronceado y lleno de vida! No parecía más viejo, en absoluto, si acaso, más joven de lo que ella recordaba. El le dirigía su mejor sonrisa -sus dientes seguían impecables-, aquellas fabulosas y pobladas cejas brillaban reflejando el fulgor de aquellos ojos negros y extendía hacia ella sus grandes y hermosas manos. ¡Y ella sin poder moverse! ¿Qué pensaría?
Nada malo, por lo visto, porque cruzó el cuarto y la puso suavemente en pie, sin mostrar intención de abrazarla y limitándose a mirarla con una sonrisa de admiración. Luego le cogió la cabeza entre las manos y le besó tiernamente párpados, mejillas y labios. Julia le echó los brazos al cuello, se apretó contra él y hundió el rostro en su pecho.
– ¡Oh, Cayo Mario, qué alegría verte! -exclamó.
– A mí también me alegra verte, esposa -respondió él, acariciándole la espalda; ella notó que le temblaban las manos.
– ¡Bésame, Cayo Mario! -dijo ella alzando la cabeza-. ¡Bésame como es debido!
El reencuentro fue tal como ambos habían imaginado: lleno de cariño y cargado de pasión. Y no sólo eso, sino que concurría, además, el deleite del pequeño Mario y la pena compartida por la muerte del segundo hijo.
Para mayor complacencia del agradecido padre, el pequeño Mario era un niño precioso, alto, fuerte, con un buen color de tez y grandes ojos grises que miraban con calma a su progenitor. Mario sospechaba que estaba poco disciplinado, pero todo eso cambiaría. El diablillo pronto descubriría que a un padre no se le domina ni manipula; un padre es para reverenciar y respetar, igual que él, Cayo Mario, había reverenciado y respetado a su querido padre.
Había otras penas aparte de la muerte del segundo hijo; Julia había perdido a su padre, cosa que él sabía, pero ahora se enteró delicadamente, por medio de Julia, de la muerte de su propio padre. Había muerto después de saber que le habían elegido cónsul por segunda vez en circunstancias tan extraordinarias; había tenido una muerte rápida y afortunada, un ataque cardíaco que le había sobrevenido mientras el anciano hablaba con unos amigos del recibimiento que Arpinum iba a tributar a su más ilustre hijo.
Mario hundió el rostro entre los senos de Julia y lloró; eso le sirvió de consuelo y le permitió comprender que todo había sucedido a su debido tiempo. Su madre, Fulcinia, había muerto siete años antes, dejando solo a su padre, y si la Fortuna no había permitido que el anciano volviera a ver a su hijo, la diosa al menos había consentido en que conociera su excelsa distinción.
– Entonces no tiene objeto que vaya a Arpinum -dijo ulteriormente Mario a Julia-. Nos quedaremos aquí, amor mío.
– Publio Rutilio no tardará en venir. Lo hará en cuanto se hallen algo más organizados los tribunos de la plebe. Creo que teme que resulten difíciles, porque algunos son muy inteligentes.
– Pues, hasta que llegue Publio Rutilio, mi dulce, queridísima y hermosa esposa, ni siquiera hablaremos de esa cosa tan irritante como es la política.
El regreso de Sila fue muy distinto. Para empezar, lo emprendió sin el placer sencillo y abierto de Mario. Y no quería saber por qué era así, pues, igual que Mario, él también había guardado continencia sexual durante los dos años en Africa, naturalmente por motivos distintos al del amor conyugal, pero la había guardado. La página nueva y prístina con que había dado por concluida su antigua vida no debía ser ensuciada; nada de corrupción ni deslealtad a su superior, nada de intrigas ni maniobras para lograr el poder, nada de intimidaciones, de debilidades camales, nada que pudiera enturbiar el honor o dignitas de Cornelio.
Actor hasta la médula, había asumido completamente el nuevo papel que el cargo de cuestor de Mario le imponía y lo vivía en su mente y en todos sus actos, gestos y palabras. Hasta entonces no había dejado de gustarle, porque le había ofrecido constante diversión, grandes retos y enorme satisfacción. Como no podía encargar su propia imago en cera hasta ser cónsul o lo bastante famoso y célebre en algún aspecto, optó por encargar a Magio del Velabrum un pedestal para sus trofeos de guerra, la corona de oro, las phalerae y las torcas, y dedicarse con gran entusiasmo a supervisar la instalación de aquel testimonio de sus proezas en el atrium de la casa. Los años en Africa habían sido una revancha, y aunque nunca llegaría a ser ningún gran jinete, se había convertido en uno de los soldados mejor dotados del mundo. El trofeo de Magio daría testimonio de ello a los romanos.
Sin embargo… Toda su antigua vida seguía igual allí en Roma; y lo sabía. Las ganas de ver a Metrobio, su gusto por lo exótico, los enanos, los travestidos, las viejas putas y los infames personajes, su execrable desprecio por las mujeres que utilizaban sus poderes para dominarle, la capacidad de prescindir de un tipo de vida cuando se hacía intolerable, la nula disposición a aguantar a los tontos y aquella ambición que le corroía y le consumía… Había terminado la gira teatral africana, pero no buscaba un descanso prolongado; el futuro presentaba otras perspectivas. Y sin embargo… Roma era el escenario en que se había formado su antiguo yo; en Roma quedaba todo por descubrir, desde la ruina a la frustración. Y así, emprendió viaje a Roma de mala gana, consciente de los profundos cambios que en él se habían operado, pero también consciente de que, en realidad, poco había cambiado. Actor entre dos actos, no era un ser que se hallase a gusto.
Julilla le esperaba con una actitud muy distinta a la de Julia respecto a Mario, convencida de que le amaba mucho más que Julia a Mario. Para Julilla, cualquier evidencia de disciplina o autocontrol era prueba irrefutable de una clase de amor inferior; el amor de rango supremo debía rebasar y derribar las barreras espirituales, aniquilar todo indicio de pensamiento racional, rugir tempestuoso, aplastar todo a su paso como un elefante. Y esperaba enfebrecida, incapaz de dedicarse a nada que no fuese la frasca de vino, cambiar de vestido varias veces al día o peinarse de una manera u otra; volvía locos a los criados.