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El caso de la mosca dorada

Электронная книга - «El caso de la mosca dorada». Краткое содержание книги:

Una joven y temperamental actriz, a quien la totalidad de su compañía teatral detesta, muere asesinada en Oxford, en extrañas circunstancias, durante los ensayosde una nueva obra. Afortunadamente para la policía el crimen ocurre en la propia Facultad donde Gervase y Fen, hombre de letras y detective aficionado, imparte su enseñanza.
Edmund Crispin se mueve, en EL CASO DE LA MOSCA DORADA, dentro de las características de la novela policiaca inglesa para relatar una historiaen la que también aparecen concomitancias con un antiguo relato de fantasmas.
Esta novela es la primera en la que aparece Gervase Fen, excéntrico detective aficionado, profesor de Inglés y Literatura en St Christopher's College, supuestamente basado en el profesor de Oxford W.E. Moore. El libro contiene abundantes alusiones literarias que van desde la antigüedad clásica a mediados del siglo 20.
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– ¿Viene? -preguntó Jane, una muchacha delgada, atractiva, que no podía tener mucho más de veinte años.

– Sí -respondió Nigel y, presa de súbito remordimiento, se volvió hacia donde había dejado a Donald, pero había desaparecido.

Camino del camerino, Nigel miró alrededor con curiosidad: los enormes tableros de llaves de luz, los decorados amontonados contra las paredes, y la línea circular que marcaba el borde del escenario giratorio. En el dorso de los decorados, advirtió, habían garabateado figuras de animales, caricaturas de miembros de la compañía y líneas de obras ya dadas: reliquias de exuberancia repentina de una entrada, o en un ensayo con trajes. Aun tratándose de una compañía de repertorio, que cambia de cartel todas las semanas, la excitación del estreno no decrece.

Salieron por una puerta lateral cuidadosamente provista de muelle, para que no se cerrara de golpe, y luego una corta escalinata los dejó frente al camerino buscado.

– ¿Estaba cuando Yseut cantó? -preguntó Jane.

– Sí.

– ¿Y le gustó?

– Mucho -respondió Nigel, sin faltar a la verdad.

– Estoy estudiando el mismo papel, y me horroriza pensar que puedo tener que reemplazarla. Honestamente, no sé cantar una nota, pero Robert me lo pidió, así que supongo que me cree capaz. Aunque de cualquier manera será odioso tener que estudiar todo el papel si hay una posibilidad entre mil.

– Sí, lo imagino -dijo Nigel, distraído; pensaba en Helen, que no había aparecido en el primer acto. En seguida añadió-: Supongo que Helen Haskell aparece al comienzo del segundo acto, ¿no?

– ¿Quién, Helen? Sí, querido. Probablemente está ahí dentro ahora.

Nigel se sintió desconcertado. Todavía no había tenido tiempo de habituarse a los vagos e indiscriminados términos afectuosos que ruedan libremente por el ambiente teatral.

Entraron en el camerino. Estaba tolerablemente lleno, y la misma Jane se ocupó de darle una taza de café. Después de presentarlo, la joven desapareció bruscamente, dejándolo con sus propios recursos.

Ver que nadie parecía prestarle atención hirió un poco su vanidad. Pero luego divisó a Helen sentada en un rincón, sola, hojeando una copia de Metromania, y decidió tomar al toro por las astas. Fue hacia ella y se sentó a su lado.

– ¡Hola! -saludó, no sin cierto titubeo.

– ¡Hola! -respondió ella, obsequiándole con una sonrisa deslumbrante.

– Confío en no interrumpir, si es que está estudiando su papel -prosiguió él, envalentonado.

La muchacha se echó a reír.

– No, ¡por Dios!, a esta altura de la semana, no -dejó el libro en una silla vecina-. Hábleme de usted. Creo que estuvo viendo el ensayo. Pobre, lo compadezco.

«¡Vaya con la chica!», pensó Nigel, «hace que me sienta como un chiquillo. Y además debo tener un aspecto lastimoso» (automáticamente alzó una mano para alisarse el pelo). «Si al menos no fuera tan atractiva, aunque a decir verdad, eso no molesta mucho…»

– Soy Nigel Blake -dijo, tratando de hablar con soltura.

– ¡Ah, sí, claro! Robert me hablo de usted, y también Gervase.

Nigel se puso serio de repente.

– No sabía que conociera a Fen -dijo, alarmado-. Y la aconsejo no tomar en cuenta lo que le contó de mí. Suele decir lo primero que le viene a la cabeza.

– Pues es una lástima. En general lo elogió bastante -la muchacha inclinó la cabeza, haciendo un mohín delicioso-. Pero descuide, cuando lo conozca mejor podré juzgar por si misma.

Nigel sintió un júbilo ridículo.

– ¿Quiere que almorcemos juntos? -preguntó.

– Me encantaría, pero dudo que terminemos antes de las dos y media, y entonces será tarde para almorzar, ¿no le parece?

– Entonces podremos dejarlo para la noche.

– Le diré. Empezamos a las ocho menos cuarto, y yo tengo que llegar bastante antes para cambiarme y arreglarme un poco. Me daría un sofocón. ¿Qué opina del té? -añadió, alegremente.

Ambos se echaron a reír.

– Digamos una cena fría, después del ensayo de la noche. El té es tan insípido… Puede que convenza a la administración del hotel para que nos sirvan algo en mi cuarto.

– ¡Vaya, caballero, qué insinuación!

– Oh, bueno, el lugar no importa. Vendré a buscarla después de la función. ¿A qué hora le parece bien?

– Más o menos a las diez y media.

– Perfecto.

Robert entró y, después de dirigir un leve saludo a Nigel, comenzó a hablar a Helen de su papel. A Nigel no le quedó más remedio que deambular solo por el camerino, tratando de que la taza mantuviera un equilibrio no demasiado precario en su mano izquierda. Donald, Yseut y Jean Whitelegge formaban un grupito junto a la ventana, envueltos en una atmósfera que parecía cualquier cosa menos íntima. En vago intento de verter aceite sobre aguas revueltas, Nigel se les acercó.

– Hola, Nigel -saludó Yseut al verlo-. ¿Le gustó la obra de arte?

– Sí mucho.

– Qué curioso. A la pequeña Jean también -Jean empezó a decir algo, pero Yseut la interrumpió en seco-. Claro que es de una superficialidad que aterra, y no brinda ninguna oportunidad de lucimiento a una verdadera actriz. Pero indudablemente el nombre de Rachel atraerá público; vendrán como avispas al tarro de miel.

Mentalmente, Nigel se sumó a la de por sí crecida lista de quienes no simpatizaban con Yseut Haskell. Fue el primer sorprendido al oírse decir en tono dogmático:

– La comedia es superficial por necesidad. Y, aunque diferente de la requerida para representar obras serias, la técnica que exige una comedia no por eso deja de ser difícil.

– ¡Caramba, Nigel! -exclamó Yseut, exagerando el tono de sorpresa-. ¡Se nos está revelando como todo un entendido! ¡Y nosotros que creíamos que no sabía nada de teatro!

Nigel se sonrojó.

– Sé muy poco de teatro, en efecto. Pero he visto actuar a tantos actores y actrices que me permito dudar cuando afirman ser los únicos que saben algo al respecto.

Viendo que las posibilidades de mostrarse desagradable en ese terreno se agotaban con demasiada rapidez, Yseut optó por pasar a otro.

– Veo que ha conocido a mi hermana. ¿No le parece guapa?

– Sí, muy guapa.

– Richard comparte su opinión -siguió diciendo Yseut-. Por lo visto la cosa entre ellos va en serio, ¿no?

Nigel sintió que el corazón se le iba a los pies. Aunque tenía a Yseut por maléfica, algo de cierto debía de haber en sus palabras. Con el tono más indiferente que pudo, preguntó.

– Son novios, ¿verdad?

– Sí, por supuesto, creí que todo el mundo lo sabía. Pero ahora recuerdo que usted hace poco que nos conoce. ¿Cómo iba a saberlo? Por otra parte, estoy segura de que le es completamente indiferente.

A punto de decir. «Sí, claro», Nigel se detuvo a tiempo. Si lo decía, todo indicaba que Yseut se lo contaría a Helen en la primera oportunidad. ¡Qué intrigante e hipócrita era aquella mujer! Pero el de Yseut era un juego que obligaba a jugar, al menos temporalmente, a todos con quienes entraba en contacto.

– Por el contrario, me interesa -dijo-. ¿No acabo de decir que la encuentro muy guapa?

Fue un alivio oír una voz fría, sensata, a sus espaldas. Era Rachel.

– Hola, Nigel -saludó-. ¿Se encuentra a gusto en medio del caos que es un ensayo? Aunque la pregunta es tonta -añadió con una sonrisa, sin darle tiempo a contestar-. Apuesto a que todos le han preguntado lo mismo, y está harto de repetir la misma contestación.

– Me estoy acostumbrando a decir, «Sí, mucho», y ver la expresión de cortés incredulidad que adopta la gente.

– Oh, bueno, a finales de semana andará un poco mejor -tomándolo de un brazo lo apartó del grupito-. No sé, pero tengo la impresión de que Yseut no le ha caído en gracia -dijo.

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