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Электронная книга - «Un Amor Escondido». Краткое содержание книги:

Para escandalizar a la estricta, mojigata y puritana sociedad en la que vive, Catherine Ashfield, vizcondesa Bickley, acaba de ayudar a una amiga en la publicación de un manual para las damas que subvierte todas las normas del decoro. Nunca pensó que esta diversión fuera a perjudicarla, obligándola a abandonar Londres en compañía de un atractivo protector.
Su guardián es Andrew Stanton, el mejor amigo de su hermano, un plebeyo.
Pero, sin saberlo, está obligando a la hermosa e independiente Catherine, que reniega del amor, a reconsiderar su posición. Así los secretos, pasiones y un amor escondido están convirtiendo al hombre que ha prometido proteger a la vizcondesa, en el más dulce de los peligros…
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– Excelente -dijo el médico. Siguió de pie durante varios segundos y luego se aclaró la garganta-. En cuanto los caballeros tengan a bien salir de la habitación, examinaré a la paciente.

El señor Stanton le lanzó una mirada airada y pareció a punto de discutir, pero el doctor Gibbens añadió con firmeza:

– Les daré mi diagnóstico en cuanto termine. Mientras tanto, se necesita su presencia abajo. El magistrado ha llegado justo después que yo.

Aunque no cabía duda de que ni el señor Stanton ni su padre tenían deseos de dejarla, ambos siguieron las indicaciones del médico. Al ver que cerraban tras de sí la puerta, un escalofrío sacudió a Catherine, un temblor de miedo que nada tenía que ver con el incesante dolor que la recorría.

Su padre parecía estar convencido de que había sido víctima de un disparo absolutamente accidental. Un robo malogrado. Lo que no sabía era que había una gran cantidad de gente que quería terminar con la vida de Charles Brightmore.

Y que, esa noche, alguien había estado a punto de conseguirlo.

Andrew recorría los confines del pasillo al que daba la puerta del dormitorio de lord Ravensly con las entrañas hechas un nudo de impaciencia y frustración. Y un miedo absoluto. ¿Cuánto se tardaba en examinar y en vendar una herida? Sin duda, no tanto. Maldición, los invitados a la fiesta se habían marchado, había aparecido un testigo que ya había sido interrogado, ya habían hablado con el magistrado y el doctor Gibbens todavía seguía sin reaparecer. A lo largo de su vida se había encontrado con un sinnúmero de situaciones precarias, inquietantes e incluso peligrosas, pero el terror absoluto y el horror paralizante que había sentido al ver la figura sangrante e inconsciente de lady Catherine…

Dios. Se detuvo durante unos segundos y apoyó la espalda contra la pared. Cerró los ojos y se pasó las manos, que todavía no sentía demasiado firmes, por el pelo. Todo el miedo, la rabia y la desesperación que había sentido desde el instante en que aquel disparo había restallado rompieron el dique de control y contención tras el que se había refugiado. Notó que le temblaban las rodillas y, con un suave gemido, se acuclilló, pegándose las palmas de las manos a la frente.

Demonios. Durante toda su vida sólo en una ocasión se había sentido tan impotente… y la situación en cuestión había concluido desastrosamente. Y bajo circunstancias espantosamente similares. Un disparo. Alguien a quien amaba cayendo al suelo…

Sus terminaciones nerviosas palpitaban con la necesidad de echar abajo la condenada puerta, coger al médico por el cuello y exigirle que curara a lady Catherine. Y, en cuanto ella se recuperara, él mismo se encargaría del bastardo que le había hecho eso. Sin embargo, mientras tanto, la espera le estaba matando. Eso y el hecho de que, en los instantes previos al disparo, Catherine y él hubieran estado discutiendo. Discutiendo, por el amor de Dios. Nunca antes habían intercambiado una sola palabra de enojo. Una enfermiza sensación de pérdida le embargó al recordar la mirada fría y desapasionada de Catherine durante la conversación. Jamás le había mirado así.

– ¿Se sabe algo ya?

Andrew se volvió al oír la voz del padre de lady Catherine. El barón de Ravensly se acercaba a grandes zancadas por el pasillo con la tensión grabada en el semblante.

– Todavía no. -Se levantó y sacudió la cabeza hacia la puerta de dormitorio-. Voy a darle dos minutos más a su doctor Gibbens. Si para entonces no ha abierto la puerta, dejaré de lado las formas y tomaré la ciudadela por asalto.

El fantasma de una sonrisa recorrió durante un segundo el rostro macilento del barón.

– Muy americano de su parte. Aunque en este caso, debo mostrarme de acuerdo con usted. De hecho…

En ese momento se abrió la puerta y el doctor Gibbens salió al pasillo.

– ¿Y bien? -preguntó Andrew antes de que el barón pudiera decir nada. Se separó de un empujón del panel de madera que revestía la pared y se acercó al médico, apenas conteniéndose para no coger al hombrecillo por la corbata y sacudirle al igual que haría un perro con un trapo.

– Ha manejado usted la situación con absoluta corrección, señor Stanton. Por fortuna, la herida de lady Catherine es un roce superficial, que he limpiado y vendado. Gracias a su rápida intervención, no ha sufrido una gran pérdida de sangre. Aunque el bulto que tiene en la cabeza le causará alguna que otra incomodidad, no provocará daños duraderos, como tampoco lo hará el corte del labio. Espero que se recupere totalmente. -Se quitó los anteojos y limpió las lentes con su pañuelo-. He dejado un poco de láudano en la mesita de noche, aunque se ha negado a tomarlo hasta haber hablado con ustedes dos. Recomiendo que no se la mueva esta noche. Vendré a visitarla mañana por la mañana para ver cómo evoluciona y para cambiarle el vendaje. Insiste en que desea volver mañana a Little Longstone y reunirse allí con su hijo.

Andrew se rebeló por dentro al pensar en la posibilidad de perder a Catherine de vista, y tuvo que apretar bien los labios para no dar voz a su objeción.

– Qué chiquilla tan testaruda -dijo el barón con ojos sospechosamente húmedos-. No soporta la idea de estar separada de Spencer. ¿Es aconsejable que viaje tan pronto?

– Le daré mi opinión después de que la examine mañana -dijo el doctor Gibbens-. Les deseo buenas noches a los dos. -Y con una inclinación de cabeza, el médico se marchó.

– Venga, Stanton -dijo el barón, abriendo la puerta-. Veamos con nuestros propios ojos cómo está mi hija.

Andrew ofreció un silencioso «gracias» a la invitación de lord Ravensly, pues lo cierto era que no sabía si era capaz de seguir en el pasillo un minuto más. Siguió al barón al dormitorio y se detuvo en la puerta.

Lady Catherine estaba acostaba en la inmensa cama. El edredón marrón la cubría por entero hasta la barbilla. Bañada en el resplandor cobrizo del fuego que ardía en la chimenea, parecía un ángel dorado. Mechones sueltos de cabellos castaños se desparramaban por la almohada de color crema, y los dedos de Andrew a punto estuvieron de apartar los brillantes mechones de su suave piel. En el sinnúmero de ocasiones en que había soñado con tenerla en sus brazos, jamás había sospechado que si llegaba el momento, lo haría llevando su cuerpo inconsciente y sangrante.

Se acercó despacio a la cama con las rodillas a punto de doblársele, al tiempo que su mirada captaba minuciosamente cada detalle de su ser. Los ojos de Catherine parecían inmensos, y unas sombras de dolor acechaban en sus doradas profundidades marrones junto a algo más, algo semejante al temor. Una pequeña marca roja desfiguraba su inflamado labio inferior. El rostro había perdido todo su color.

– El doctor Gibbens nos ha asegurado que te recuperarás del todo -dijo lord Ravensly, tomando la mano de Catherine entre las suyas-. ¿Cómo te encuentras?

Una mueca de dolor asomó a su rostro.

– Dolorida, pero muy agradecida. Mis heridas podrían haber sido mucho peores.

El barón se estremeció visiblemente, un sentimiento con el que Andrew comulgó de todo corazón. La mirada visiblemente preocupada de Catherine se alternó entre los dos hombres.

– ¿Se ha sabido algo de quién hizo el disparo?

Andrew se aclaró la garganta.

– Uno de los invitados a la fiesta, el señor Sydney Carmichael, ha informado de que oyó el disparo justo en el momento en que subía a su carruaje. Vio a un hombre adentrarse corriendo en Hyde Park. Dio una detallada descripción al magistrado y dijo que sin duda reconocería al hombre si volvía a verle. Lord Borthrasher, lord Kingsly, lord Avenbury y lord Ferrymouth, así como el duque de Kelby, estaban subiendo a sus carruajes en las proximidades y todos admiten haber visto una figura envuelta en sombras en el parque, aunque ninguno de ellos ha podido facilitar una descripción detallada del sujeto en cuestión.

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