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Электронная книга - «La amante del francés». Краткое содержание книги:

Oh là là!
Durante sus veinticinco años de vida, Charlotte Hudson había aprendido muy bien a ser una persona seria y profesional. Sin embargo, de repente se vio envuelta en el rodaje de una película de Hollywood, atrapada en una milenaria mansión de la Provenza con Alec Montcalm, un playboy francés de dudosa reputación. Mientras sus parientes de Hudson Pictures filmaban en Château Montcalm, un verdadero romance tenía lugar bajo sábanas de seda y tras legendarias puertas de madera.
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– ¿Niños?

– Claro. No usaría los siete dormitorios -una expresión distante y soñadora se apoderó de su rostro.

– Bueno, ¿y qué pasa contigo y con Jack?

Charlotte mantuvo la vista al frente.

– ¿Qué quieres decir?

Alec había visto la expresión de su cara en compañía de su hermano, cómo se había comportado delante de él. Era evidente que había una gran distancia entre ellos.

– Bueno, me pareció que había un poco de tensión…

– No sé de qué me hablas.

– ¿Estás enfadada con él?

– ¿Y por qué debería estar enfadada con él?

– No sé. Fue…

– Apenas lo conozco.

Alec contempló su perfil un instante.

– Es tu hermano.

– Pero no crecimos juntos.

Alec había oído hablar de ello a su hermana.

– ¿Qué pasó?

Charlotte quitó un rastro de arena de la barandilla con la mano y después rascó un grieta con la uña del pulgar.

– Cuando tenía cuatro años, mi madre murió. Jack se quedó con los abuelos Hudson y yo me fui con los Cassettes.

De repente Alec sintió pena por ella. Sus padres habían muerto cuando él tenía poco más de veinte años y la pérdida había sido un golpe muy duro para él. Sin embargo, siempre había tenido a Raine a su lado.

– ¿Y nunca preguntaste por qué?

– ¿Preguntarle a Jack?

– A tu padre.

Ella sacudió la cabeza.

– David Hudson y yo no hablamos muy a menudo.

Alec puso su mano sobre la de ella.

– Entiendo -le dijo.

Charlotte se encogió de hombros.

– A mí me parece que yo no le importaba demasiado.

– Y te hizo mucho daño.

Charlotte se desenredó el cabello con los dedos.

– Es que… algunas veces… -se detuvo y sacudió la cabeza.

– Dime -insistió. Ella se volvió hacia él.

– Quisiera que fuéramos como Raine y tú. Os abrazáis, os gastáis bromas… -agitó las manos en un gesto de confusión.

– Eso es porque llevamos muchos años juntos y sabemos exactamente qué teclas apretar.

– A lo mejor ése es el motivo por el que le gastas bromas, pero no es la razón por la que la abrazas.

De repente Charlotte pareció tan vulnerable y confusa que Alec ya no pudo contenerse más. La estrechó entre sus brazos y le apoyó la cabeza sobre su hombro mientras le desenredaba el cabello con las manos.

– Ten paciencia. Las relaciones son complicadas.

– Tengo veinticinco años -dijo ella-. Y vivimos en continentes distintos.

– Algunas son más complicadas que otras. Ella se estremeció bajo sus manos.

– Oye… -le dijo él, acariciándole la espalda con la palma de la mano.

Era difícil mantener el rumbo estando tan cerca de ella. Su aroma a primavera, el vivido recuerdo de su sabor…

Ella se apartó y Alec se sorprendió al ver que no estaba llorando, sino riendo.

– ¿Qué tiene tanta gracia?

– Supongo que Jack y yo estamos en el lado más complicado.

Alec la miró fijamente. Sus ojos refulgentes, sus mejillas encendidas y su cabello alborotado parecían rogarle que la besara con frenesí.

– No -sacudió la cabeza-. Tú y yo sí que estamos en el lado más complicado -le dijo y se inclinó para besar sus labios tentadores.

En cuanto los labios de Alec tocaron los suyos, Charlotte supo cómo lo hacía. Por fin comprendió por qué cientos de mujeres caían rendidas a sus pies y estaban dispuestas a meterse en su cama a toda costa, incluso a expensas de su propia reputación.

Alec Montcalm no sólo era espectacular y sexy; no era sólo un tipo rico que las invitaba a cenas de lujo por todo el planeta. Alec Montcalm era… magia.

Estaba en sus ojos, en el tacto de sus manos y en su voz, que la hacía sentir como si fuera la única persona sobre la faz de la Tierra.

Charlotte le rodeó el cuello con ambos brazos y ladeó la cabeza para besarle mejor. Los labios de Alec se entreabrieron y ella le invitó a seguir adelante. Apretó los pechos contra su fornido pectoral y entonces empezó a sentir un cosquilleo en los pezones que se extendía por sus venas como la pólvora.

– Charlotte… -dijo él en un susurro, besándola cada vez con más pasión y acorralándola contra la barandilla.

Le puso las manos sobre las mejillas y empezó a acariciarla con fervor. Sus cuerpos parecían pegados por una fuerza sobrenatural y los labios de él ya empezaban a perder el rumbo. Primero, sus mejillas de crema, después la frente, los párpados, el lóbulo de la oreja, la curva de su cuello…

Charlotte contuvo la respiración.

De repente ambos sintieron un calor asfixiante. Una fina capa de sudor iluminaba la tez de Charlotte y ella sólo podía pensar en arrancarse la ropa del cuerpo.

Pero entonces Alec la levantó en el aire y se dio la vuelta.

– Tenemos que parar -le susurró al oído.

Charlotte, que no sabía muy bien por qué, continuó besándolo con pasión.

– Aquí no -añadió él.

«Por supuesto. Aquí no», pensó Charlotte, volviendo a la realidad.

Estaban en una casa extraña.

¿En qué estaba pensando?

Dejaron de besarse y ella escondió el rostro contra el hombro de Alec. Su piel ardía bajo la camisa de algodón, que estaba empapada.

– Lo siento -dijo ella con la voz entrecortada.

– Pues yo no.

– No podemos seguir haciendo esto -le dijo a modo de advertencia tanto para él como para sí misma. Si seguían así, iban a terminar haciendo el amor en cualquier sitio.

– Podemos -objetó él-. Pero más tarde o más temprano nos quemaremos.

– Las revistas -dijo ella.

– Estaba pensando en tu hermano -dijo Alec, sin dejar de abrazarla en el aire-. Pero, sí, las revistas también.

– Jack es sólo uno -dijo Charlotte, sin saber muy bien lo que quería decir.

– ¿Me estás diciendo que podemos ser más listos que él?

– Estoy diciendo que no puede estar en todas partes -Charlotte hizo una pausa-. Pero la prensa sí.

– Y entonces, ¿qué hacemos? -preguntó él.

– ¿Por qué no me sueltas?

El la fue soltando lentamente y le dejó apoyar los pies sobre el suelo poco a poco.

– Maldita sea -murmuró Alec.

Una onda de pasión reverberó por todo el cuerpo de Charlotte y sus labios repitieron las palabras de Alec. Se apartó de él y rió suavemente.

– Sí que tienes mucho éxito con las mujeres, Alec -le dijo, contemplando los campos que se extendían ante ella mas allá de la laguna de los patos y el huerto.

El guardó silencio un momento.

– No con todas.

– Tenemos que volver -dijo ella.

– Claro.

Ella echó a andar hacia el interior de la casa y Alec fue detrás, cerrando la puerta tras de sí.

En el viaje de vuelta, Charlotte apoyó la cabeza a un lado y cerró los ojos, dejando que el viento le acariciara los sentidos mientras Alec la llevaba de vuelta al maremágnum de Château Montcalm a toda velocidad.

El mundo de Alec se había vuelto loco en un abrir y cerrar de ojos. Había esperado algunas molestias e incomodidades, pero en ningún momento había previsto el caos que reinaba en la mansión. Había cinco enormes camiones con remolques aparcados en la entrada principal, unos cien miembros del equipo de rodaje, varias docenas de extras, un subdirector cascarrabias y dos estrellas quisquillosas.

Y lo peor de todo era que Charlotte había desaparecido. Raine se la había robado poco después de llegar del paseo alegando que la había monopolizado demasiado.

¿Era mucho pedir pasar unos minutos a solas con ella? A él no le importaba que pasara tiempo con su amiga en el spa y en las canchas de tenis, pero también quería tenerla un rato para él y, aunque desayunaran y cenaran juntos, Raine siempre estaba ahí, por no mencionar a Kiefer, a Jack y hasta al mismísimo Lars Hinckleman.

De repente se oyó otro terrible estruendo en el patio frontal.

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