La amante del francés
- Автор: Данлоп Барбара
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «La amante del francés». Краткое содержание книги:
Durante sus veinticinco años de vida, Charlotte Hudson había aprendido muy bien a ser una persona seria y profesional. Sin embargo, de repente se vio envuelta en el rodaje de una película de Hollywood, atrapada en una milenaria mansión de la Provenza con Alec Montcalm, un playboy francés de dudosa reputación. Mientras sus parientes de Hudson Pictures filmaban en Château Montcalm, un verdadero romance tenía lugar bajo sábanas de seda y tras legendarias puertas de madera.
Había una larga lista de eventos sociales a los que debía asistir. Quizá debía buscarse a una chica corriente y hacerse unas fotos, aunque sólo fuera para contentar a Kiefer.
Alguien llamó a la puerta.
– ¿Sí, Henri?
La puerta se abrió parcialmente.
– Soy Charlotte.
Alec suspiró y se puso en pie.
– Entra.
Charlotte cerró la puerta tras de sí y se apoyó en ella. Estaba espectacular con un espléndido vestido dorado de finos tirantes.
– Van a reparar el camino de la entrada.
El rodeó el escritorio que los separaba y fue hacia ella.
– No se trataba del camino.
Ella asintió con la cabeza.
– De todos modos… Lo han roto y lo van a reparar.
– Por lo visto has estado haciendo tu trabajo esta tarde.
– Sí.
– Te lo agradezco.
– Era parte del trato.
– Estaba enfadado porque no aparecías por ninguna parte -le dijo él, acercándose un poco más.
A cada paso que daba ella se volvía cada vez más preciosa.
– He estado aquí todos los días.
– Con Raine siguiéndote a todas partes. ¿Dónde está, por cierto?
– Tenía que hacer algo con Kiefer.
– ¿En el despacho?
Charlotte asintió.
Alec se detuvo delante de ella.
– ¿Y Jack?
– En el hotel. Con el equipo.
Alec deslizó la punta del pulgar sobre el fino tejido de su vestido y en ese instante Tokio se esfumó de su mente. Todo aquel resplandor provenía de miles de cintas, cuentas y lentejuelas radiantes. Tenía doble costura en el bajo y era perfecto para bailar.
Sus hermosas y largas piernas lucían espléndidas, llevaba unas flamantes sandalias doradas y los aros de oro que llevaba en las orejas resaltaban su melena rubia.
– Ya sabes -le dijo suavemente-. Todos nos hemos equivocado.
Ella ladeó la cabeza como si quisiera entenderle.
– No deberías haberte ido así. Y yo no debería haberte gritado. Y Jack debería haberme parado los pies.
Charlotte sonrió.
– Jack cree que estás loco.
– Tiene que aprender a ser tu hermano.
– Sólo espero que eso no implique muchas peleas.
Alec la agarró de la cintura. La rugosa textura del traje le hizo cosquillas en las palmas de las manos.
– Te he echado de menos -admitió Alec.
Ella cerró los ojos un momento.
– ¿Ya estamos en el lado complicado de las cosas?
– Tal y como yo lo veo, es muy sencillo -Alec contempló sus inmaculados hombros, delicadamente adornados por los finos tirantes del vestido.
Era tan fácil deslizar uno de ellos sobre la deliciosa curva de su brazo y besar su aromática piel…
– Estás maravillosa -le dijo-. No puedo dejar de tocarte. Y ahora estamos solos.
Metió el dedo índice por debajo de uno de los tirantes y empezó a deslizarlo adelante y atrás.
– ¿Qué podría ser más sencillo que eso?
– Yo he venido a hablar de tus expectativas.
El sonrió.
– Espero que no te lleves una decepción.
– Quiero decir, mi trabajo. La película. No quiero volver a defraudarte.
– Olvídalo.
Ella intentó descifrar la expresión de su rostro.
– No sé qué quiere decir eso.
– Quiere decir que no me enfadé a causa de lo de la entrada, ni tampoco porque te lo pasaras bien con Raine. Me enfadé porque no estabas en mi cama. Y ésa no es razón para enfadarse.
Ella se quedó de piedra, conteniendo la respiración.
Alec apretó la mano que tenía sobre su espalda y tiró de ella. Inclinó la cabeza, entreabrió los labios y recibió los de Charlotte con fervor.
La última vez todo había ocurrido demasiado deprisa. El se había comportado como un adolescente y ni siquiera se había tomado el tiempo suficiente para saborearla, para conquistar su boca como lo hacía un francés de pura cepa.
Ella sabía al mejor de los vinos, a su propia cosecha. Sus labios eran carnosos y suaves, cálidos y elásticos.
Deslizó el brazo hasta el final de su espalda y apretó sus suaves curvas con pasión, rozándose contra ella.
Charlotte era una verdadera diosa, un regalo del cielo sólo para él; un ángel en la Tierra, sólo para él…
Charlotte le agarró de los hombros y empezó a emitir tímidos gemidos de pasión. El la besaba en el cuello y ella se arqueaba hacia atrás, más y más. Sus pezones, turgentes y firmes, se dibujaban bajo el tejido del vestido y su escote parecía a punto de desbordarse.
Alec puso una mano sobre uno de sus pechos y empezó a acariciárselo con el pulgar. Entonces la levantó en brazos y le subió el vestido al tiempo que la recostaba sobre el suelo. Sus muslos firmes tenían un tacto de seda bajo sus manos.
El deslizó el pulgar entre sus piernas y recorrió el suave encaje de sus braguitas. Charlotte estaba húmeda y caliente.
Sin dejar de besarla y acariciarla, la agarró del trasero y, cargándola en brazos, la llevó al cuarto de baño adyacente. Una vez dentro, la apoyó sobre la encimera del lavamanos, le quitó el diminuto jirón de tela que cubría su dulce feminidad, se puso un preservativo y rozó la suavidad de su sexo.
Entonces le alisó el cabello con la palma de la mano y, mirándola fijamente a los ojos, acarició su hinchado labio inferior con la punta del pulgar.
Ella se inclinó adelante y, entre susurros y gemidos, le agarró del cabello.
El abrió los finos pétalos de su feminidad con los dedos de la mano.
– ¿Ahora? -le preguntó.
– Ahora -susurró ella.
Alec empujó hacia adentro y la agarró con fuerza de la cintura, empujando una y otra vez y saboreando el tacto de su cuerpo alrededor de su miembro.
Le bajó el vestido, destapó sus exquisitos pechos y cerró los labios alrededor de uno de sus dulces pezones, succionando y mordisqueando hasta hacerla jadear con todo su ser.
Deseaba verla completamente desnuda, pero no había tiempo para eso.
La cadencia del movimiento aumentaba por momentos y la mente de Alec palpitaba de placer. Ya no quedaba nada en su conciencia excepto un instinto básico y un grito de deseo que finalmente los llevaría a la cumbre del paraíso más exquisito.
Se aferró a ella con ambas manos y la abrazó con fervor mientras los temblores del éxtasis sacudían sus cuerpos, sudorosos y saciados.
Charlotte yacía sobre la enorme cama de Alec, enredada en las sábanas. Tenía la mejilla apoyada en su fornido pecho y desde ahí podía oír su respiración regular y vigorosa. Una fina brisa se colaba por la ventana abierta del tercer piso, agitando las cortinas y descubriendo las luces del jardín.
– Creo que deberíamos mantener el secreto -se aventuró a decir ella.
– ¿Eso crees? -él deslizó las puntas de los dedos sobre su brazo desnudo-. A lo mejor deberíamos dejar a entrar a Kiefer con la cámara.
– O quizá podríamos hacer una rueda de prensa aquí mismo.
– Entonces seguro que conseguiríamos una portada.
Ella volvió la cabeza y apoyó la barbilla sobre el hombro de Alec.
– En serio.
El la miró a los ojos.
– En serio. Es nuestro secreto.
Ella asintió.
– ¿Y qué pasa con Jack?
Charlotte frunció el ceño.
– ¿No vas a decírselo?
– No.
Ella nunca había tenido suficiente confianza con su hermano como para hablarle de su vida privada.
– ¿Y tú se lo vas a decir a Raine?
Alec se encogió de hombros.
– No sé.
– Sospecha algo, ¿sabes?
– ¿En serio?
– Después de la escena que montaste esta tarde me preguntó si te me habías insinuado. Pensaba que te había puesto como loco porque te había rechazado.
– No andaba muy desencaminada.
– Le dije que nos habíamos besado -Charlotte se acomodó sobre el pecho de Alec y empezó a juguetear con el borde de la sábana.