Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Эпическое фэнтези » Los Portales de Piedra
Los Portales de Piedra - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Los Portales de Piedra

Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:

Los sellos de Shayol Ghul se han debilitado y la presencia del Oscuro se hace cada vez más evidente.En Tar Valon, Min es testigo de hechos portentosos que vaticinan un horrible futuro. Los Capas Blancas buscan en Dos Ríos a un hombre con los ojos dorados y siguen el rastro de Dragón Renacido. Mientras tanto, Rand al’Thor se dedica a tomar sus propias y sorprendentes decisiones.
1 ... 132 133 134 135 136 137 138 139 140 ... 341
Перейти на страницу:

Se las ingenió para sonreír, ocultando así sus propias tribulaciones.

—Todo irá bien, amada esposa. —Ella no dijo nada, y Jonai agregó—: ¿Has soñado?

—Nada relacionado con algo inmediato —murmuró—. Toda va y todo irá bien. —Esbozó una trémula sonrisa y le acarició la mejilla—. Estando contigo, sé que así será, amado esposo.

Jonai levantó el brazo, y su señal de partida se propagó como una onda por las filas. Lentamente las carretas empezaron a moverse, y los Aiel dejaron atrás Paaran Disen.

Rand sacudió la cabeza. Era demasiado. Los recuerdos se agolpaban como un enjambre. El aire estaba cargado con un resplandor tan electrizante como un relámpago. El viento levantaba remolinos de polvo. Muradin se había abierto profundos surcos en el rostro con las uñas y ahora se las clavaba en los ojos, y tiraba para arrancárselos.

Coumin se arrodilló al borde del terreno arado; llevaba sus ropas de trabajo, una chaqueta y unos calzones sencillos, grises y pardos, y suaves botas atadas con cordones, todo muy semejante al atuendo de los otros que rodeaban el campo: diez hombres de los Da’shain Aiel, separados entre sí unos tres o cuatro metros, y un Ogier, repartidos en círculo. Veía el campo siguiente, rodeado de igual modo, detrás de los soldados con sus lanzas, encaramados a los autocarros blindados. Un deslizador zumbaba por encima de su patrulla, un mortífero insecto de metal que transportaba dos hombres. Coumin tenía dieciséis años, y las mujeres habían decidido que por fin su voz era lo bastante profunda para unirse al canto de la simiente.

Los soldados lo fascinaban, hombres y Ogier, del mismo modo que lo haría una serpiente venenosa de llamativos colores. Esa gente mataba. Su bisabuelo, Charn, aseguraba que hubo un tiempo en que no existían soldados, pero Coumin no creía tal cosa. Si no hubiera soldados, ¿quién se enfrentaría a los Jinetes de la Noche y a los trollocs? Claro que Charn afirmaba que por entonces tampoco había Myrddraal ni trollocs, cuando, según él, el Oscuro Señor de la Tumba había sido confinado, y nadie sabía su nombre y desconocía el término «guerra». Coumin era incapaz de imaginar un mundo así; la guerra venía ya de antiguo cuando él había nacido.

Le gustaba escuchar los cuentos de Charn aunque le parecieran increíbles, aunque con alguno de sus relatos se ganaba las miradas ceñudas y los sarcasmos de los más viejos, como por ejemplo cuando manifestaba haber servido a uno de los Renegados en una ocasión; y no a un Renegado cualquiera, sino a la mismísima Lanfear. O como cuando decía que había servido a Ishamael. Si Charn no podía menos de inventarse historias, por lo menos que dijera que había servido a Lews Therin, el propio gran líder. Claro que, en tal caso, todos le preguntarían por qué no estaba ahora al servicio del Dragón; pero hasta eso sería mejor que la realidad. A Coumin no le gustaba el modo en que los ciudadanos miraban a Charn cuando el viejo decía que Lanfear no siempre había sido malvada.

Un movimiento al extremo del campo lo puso sobre aviso de que uno de los Nym se aproximaba. La gigantesca forma, a la que el Ogier más grande no le llegaría al pecho, se adentró por el campo sembrado, y Coumin no tuvo que mirar para saber que iba dejando un rastro de brotes y retoños por donde pisaba. Era Someshta, rodeado por nubes de mariposas blancas, amarillas y azules. Un murmullo de excitación se levantó de los lugareños a quienes pertenecían estos campos y que se habían reunido para presenciar lo que ocurría. Ahora cada campo tenía su Nym.

Coumin se preguntó si Someshta podría aclararle las historias que contaba Charn. Había hablado una vez con él, y el Nym tenía edad suficiente para saber si Charn decía la verdad; en realidad, Someshta era mayor que cualquiera. Se decía que los Nym no morían nunca mientras crecieran las plantas. Sin embargo, éste no era el momento de hacerle preguntas.

Como era lo apropiado, el Ogier dio comienzo al cántico con su voz de bajo, unos retumbos graves como si la propia tierra cantara. Se le unieron los Aiel, y las voces de los hombres entonaron su propia canción; aun las más graves de ellas parecían agudas comparadas con la del Ogier. Empero, ambos cánticos se conjuntaron y entrelazaron, y Someshta tomó aquellos hilos y los tejió con su danza, desplazándose por el campo con los brazos extendidos y con cadenciosas zancadas mientras las mariposas revoloteaban a su alrededor y se posaban en sus dedos tendidos.

Coumin escuchaba el canto de la simiente en los campos colindantes, oía a las mujeres tocando palmas instando a los hombres a continuar, y aquel ritmo era el pálpito de una nueva vida, pero lo percibió todo como si viniera de muy lejos. Estaba volcado en el cántico, sintiendo como si fuera parte de su propio ser, no sonidos que emitía y que Someshta tejía con la tierra y alrededor de las semillas. Semillas que ya no eran tales. Los brotes de zemais cubrían el campo, más altos allí donde habían pisado los pies del Nym. Ninguna plaga marchitaría estas plantas; ningún insecto las devoraría. Las semillas cantaban y finalmente alcanzarían una altura que duplicaría la de cualquier hombre y llenarían los graneros de la ciudad. No lamentaba el hecho de que los Aes Sedai lo hubieran rechazado cuando tenía diez años aduciendo que le faltaba la chispa. Ser entrenado como Aes Sedai habría resultado maravilloso, pero sin duda no más que la sensación de este momento.

El canto se apagó lentamente, guiado por los Aiel hacia su fin. Someshta danzó varios pasos más después de que las voces hubieran callado, y dio la impresión de que la melodía permanecía suspendida en el aire mientras el Nym siguió moviéndose. Luego se paró y todo acabó.

A Coumin le sorprendió ver que los lugareños se habían marchado, pero no tuvo tiempo de preguntarse adónde se habían ido y por qué. Las mujeres se acercaban, riendo, para felicitarlos. Ahora era uno de los hombres, no un niño, aunque las mujeres alternaban el besarlo en los labios con revolverle el corto cabello pelirrojo.

Fue entonces cuando reparó en el soldado que estaba a unos cuantos pasos y los observaba. Había dejado en alguna parte la lanza y la capa de batalla de pañovivo, pero seguía llevando el casco, que semejaba la cabeza de un insecto monstruoso y que ocultaba su rostro tras las mandíbulas a pesar de que la visera estaba levantada. Como si cayera en la cuenta de que todavía lo tenía puesto, el soldado se quitó el yelmo, dejando a la vista el semblante de un joven moreno que no sería más de cuatro o cinco años mayor que Coumin. Los penetrantes ojos castaños del soldado se encontraron con los del Aiel, y éste se estremeció. Su semblante ponía de manifiesto que era poco mayor que él, pero aquellos ojos… También al soldado debían de haberlo escogido para iniciar su entrenamiento a los diez años. Coumin se alegró de que a los Aiel los eximieran de ser elegidos para ese adiestramiento.

Uno de los Ogier, Tomana, se aproximó con las peludas orejas tiesas e inclinadas hacia adelante en un gesto inquisitivo.

—¿Tienes noticias, hombre de guerra? Reparé en que había cierta excitación en los autocarros mientras cantábamos.

El soldado vaciló un momento.

—Bueno, supongo que puedo decírtelo aunque todavía no ha sido confirmado. Nos ha llegado la información de que Lews Therin dirigió a los Compañeros en un ataque a Shayol Ghul esta mañana al amanecer. Algo está interrumpiendo las comunicaciones, pero el informe es que la Brecha ha sido sellada, con la mayoría de los Renegados al otro lado; quizá todos ellos.

—Entonces se acabó —suspiró Tomana—. Por fin, gracias le sean dadas a la Luz.

—Sí. —El soldado miró en derredor, como si de repente se sintiera perdido—. Yo… Supongo que sí. —Se contempló las manos y después las dejó caer a los costados. Parecía abrumado—. Los lugareños estaban ansiosos por empezar a festejarlo, y si la noticia es cierta la celebración se prolongará durante días. Me pregunto si… No, no querrán que un soldado se les una a la fiesta. ¿Iréis vosotros?

1 ... 132 133 134 135 136 137 138 139 140 ... 341
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)