Choque de reyes [A Clash of Kings - es]
- Автор: Мартин Джордж Рэймонд Ричард
- Год: 2003
- Язык: испанский
- Год: Gigamesh
- ISBN: 84-932-7022-9
- Переводчик: Cristina Macia
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
—¿Robb vuelve ya a casa? —preguntó Rickon, tirando de la túnica al maestre.
—Por desgracia aún no. Todavía le quedan batallas por delante.
—¿A quién derrotó, a Lord Tywin? —preguntó Bran.
—No —respondió el maestre—. Ser Stafford Lannister estaba al mando del ejército enemigo. Murió en el combate.
Bran no había oído hablar de aquel tal Ser Stafford, así que estuvo de acuerdo con Walder el Mayor cuando dijo que el único que importaba de verdad era Lord Tywin.
—Dile a Robb que quiero que vuelva a casa —dijo Rickon—. Y que se traiga a su lobo, y a mi madre, y a mi padre.
Aunque sabía que Lord Eddard había muerto, a veces Rickon se olvidaba… voluntariamente, en opinión de Bran. Su hermanito era tan obstinado como sólo podía serlo un niño de cuatro años.
Bran se alegraba por la victoria de Robb, pero también estaba inquieto. Recordaba qué le había dicho Osha el día en que su hermano salió de Invernalia con su ejército. «Va a marchar en la dirección que no debe», había insistido la salvaje.
—Por desgracia, toda victoria tiene un precio. —El maestre Luwin se volvió hacia los Walders—. Mis señores, vuestro tío Ser Stevron Frey es uno de los que perdieron la vida en Cruce de Bueyes. Según cuenta Robb, recibió una herida en la batalla. No se le dio importancia, pero tres días después murió en su tienda mientras dormía.
—Era muy viejo —dijo Walder el Mayor, encogiéndose de hombros—, tenía cincuenta y seis años, creo. Estaba viejo para las batallas. No paraba de decir que estaba cansado.
Walder el Pequeño soltó una carcajada.
—Sí, cansado de esperar a que muriera nuestro abuelo, querrás decir. Entonces ahora el heredero es Ser Emmon, ¿no?
—No digas tonterías —bufó su primo—. Los hijos del primogénito van antes que el segundo hijo. El siguiente en la línea sucesoria es Ser Ryman, luego Ser Edwin, Walder el Negro y Petyr Espinilla. Y después va Aegon y todos sus hijos.
—Ryman también es viejo —dijo Walder el Pequeño—. Seguro que tiene más de cuarenta años. Y además, está mal de la barriga. ¿Crees que llegará a ser el señor?
—A mí qué me importa, el señor seré yo.
—Mis señores, deberíais avergonzaros de lo que decís —interrumpió el maestre Luwin con tono brusco—. No veo que sintáis la muerte de vuestro tío.
—Sí que la sentimos —replicó Walder el Pequeño—. Estamos muy tristes.
Pero era obvio que no lo estaban. Bran tenía el estómago revuelto. «El sabor de su plato les gusta más que a mí el del mío.» Pidió permiso al maestre Luwin para retirarse.
—Muy bien.
El maestre hizo sonar la campana para pedir ayuda. Hodor debía de estar ocupado en los establos, porque la que acudió fue Osha. Era más fuerte que Barrigón, y no tuvo que esforzarse para tomar a Bran en sus brazos y llevarlo escaleras abajo.
—Osha, ¿tú conoces el camino hacia el norte? —le preguntó Bran—. ¿Hacia el Muro… y lo que haya más allá?
—El camino es fácil. Busca el Dragón de Hielo, y sigue la estrella azul que hay en el ojo del jinete que lo monta. —Cruzó una puerta y empezó a subir por la escalera de caracol.
—¿Y allí todavía quedan gigantes y… y todos los demás… los Otros y los niños del bosque?
—Gigantes sí que he visto, de los niños he oído hablar y de los caminantes blancos… ¿por qué quieres saberlo?
—¿Viste alguna vez un cuervo de tres ojos?
—No. —La mujer se echó a reír—. Y tampoco es que me apetezca mucho. —Osha abrió de una patada la puerta que daba al dormitorio de Bran y lo sentó en la silla junto a la ventana, desde donde podía observar el patio de abajo.
Parecía que sólo habían pasado unos instantes después de que saliera cuando la puerta se abrió de nuevo, y Jojen Reed entró sin pedir permiso, seguido por su hermana Meera.
—¿Os habéis enterado de lo del pájaro? —preguntó Bran. El otro muchacho asintió—. No era una cena, como decías tú. Era una carta de Robb, y no nos la comimos, pero…
—A veces los sueños verdes adoptan formas extrañas —admitió Jojen—. No siempre es fácil comprender la verdad que encierran.
—Háblame de la pesadilla que tuviste —pidió Bran—. De eso tan malo que se acerca a Invernalia.
—¿Mi príncipe me cree ahora? ¿Darás crédito a mis palabras, por extrañas que suenen a tus oídos? —Bran asintió—. Lo que viene es el mar.
—¿El mar?
—Soñé que el mar rodeaba Invernalia y lamía sus muros. Vi olas negras que se estrellaban contra las puertas y las torres, y luego el agua salada entraba y lo inundaba todo. En el patio flotaban hombres ahogados. Cuando tuve el sueño por primera vez, en Aguasgrises, no conocía sus rostros, pero ahora sí. Ese Barrigón, el guardia que nos presentó cuando llegamos al banquete, es uno de ellos. Tu septon es otro. Y tu herrero.
—¿Mikken? —Bran estaba tan confuso como desalentado—. Pero el mar está a cientos y cientos de leguas de aquí, y aunque llegara los muros de Invernalia son tan altos que no podría entrar.
—En lo más oscuro de la noche —dijo Jojen—, el mar salado correrá entre estas paredes. Contemplé los cadáveres hinchados de los ahogados.
—Tenemos que avisarlos —dijo Bran—. A Barrigón, a Mikken y al septon Chayle. Hay que decirles que no se ahoguen.
—No hay manera de salvarlos —replicó el niño de verde.
—No lo creerán, Bran. —Meera se dirigió hacia la ventana y le puso una mano en el hombro—. Igual que tú no me creías.
—Háblame de tu sueño —dijo Jojen mientras se sentaba en la cama de Bran.
Le daba miedo hacerlo pese a todo, pero había jurado que confiaría en ellos, y un Stark de Invernalia siempre cumplía su palabra.
—Son sueños diferentes —dijo muy despacio—. Primero están los sueños de lobo, ésos no son tan malos como los otros. Voy por ahí corriendo y cazando, y mato ardillas. Y hay sueños en los que viene el cuervo y me dice que vuele. A veces en esos sueños también está el árbol, me llama por mi nombre. Ésos me dan miedo. Pero los peores sueños son en los que caigo. —Contempló el lejano patio con tristeza—. Antes nunca me caía cuando trepaba. Iba a todas partes, por encima de los muros y por los tejados, y daba de comer a los cuervos en la Torre Quemada. Mi madre tenía miedo de que me cayera, pero yo sabía que no me caería nunca. Pero me caí, y ahora cuando me duermo me vuelvo a caer.
Meera le dio un apretón en un hombro.
—¿Nada más?
—Me parece que no.
—Warg —dijo Jojen Reed.
—¿Qué? —Bran lo miraba con los ojos muy abiertos.
—Warg. Demonio. Multiforme. Hombre bestia. Eso es lo que te llamarán si se enteran de tus sueños de lobo.
—¿Quién me llamará esas cosas? —Aquellos nombres le hacían sentir miedo.
—Tu pueblo. Por temor. Si se enteran de que eres muchos te odiarán. Algunos incluso querrán matarte.
A veces, la Vieja Tata les contaba cuentos de miedo acerca de multiformes y hombres bestia. En sus historias siempre eran malvados.
—Yo no soy eso —dijo Bran—. De verdad. No son nada más que sueños.
—Los sueños de lobo no son sueños de verdad. Cuando estás despierto tienes el ojo muy cerrado, pero cuando te duermes se abre, y tu alma sale en busca de su otra mitad. El poder que hay en ti es muy fuerte.
—No lo quiero. Yo quiero ser un caballero.
—Un caballero es lo que quieres ser. Un warg es lo que eres. Eso no lo puedes cambiar, Bran, no lo puedes negar ni rechazar. Eres el lobo alado, pero nunca volarás. —Jojen se levantó y se acercó a la ventana—. A menos que abras el ojo.
Juntó dos dedos y dio un golpe fuerte a Bran en la frente. Bran se llevó una mano al punto donde lo había tocado, pero sólo palpó piel intacta. No tenía ningún ojo, ni abierto ni cerrado.