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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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—Ese sabueso no se aleja nunca de los talones de su amo —había dicho a Varys—. Pero no hay hombre que no duerma. Y algunos también juegan, van de putas o visitan las tabernas.

—El Perro hace todas esas cosas, si es eso lo que me preguntáis.

—No —dijo Tyrion—. Lo que os pregunto es cuándo las hace.

Varys se puso un dedo en la mejilla y le dirigió una sonrisita enigmática.

—Pero, mi señor, si fuera desconfiado podría pensar que buscáis un momento en el que Sandor Clegane no esté protegiendo al rey Joffrey, para poder causar algún daño al muchacho.

—Bien sabéis que ése no es mi plan, Lord Varys —dijo Tyrion—. Lo único que quiero es que Joffrey me tenga afecto.

El eunuco le había prometido hacer averiguaciones. Pero la guerra también lo mantenía muy ocupado, de manera que la iniciación de Joffrey en los placeres del sexo tendría que esperar.

—No me cabe duda de que conoces a tu hijo mejor que yo —se forzó a responder a Cersei—. Pero una alianza matrimonial con una Tyrell supondría grandes ventajas. Puede ser la única manera de garantizar que Joffrey llegue vivo a su noche de bodas.

—La pequeña Stark no le aporta a Joffrey nada más que su cuerpo — dijo Meñique mostrando su acuerdo—, por hermoso que sea. Con el de Margaery Tyrell van incluidas cincuenta mil espadas y todo el poder de Altojardín.

—Cierto. —Varys posó una mano blanda sobre la manga de la reina—. Tenéis corazón de madre, y sé que Su Alteza ama a la dulce Sansa. Pero los reyes deben aprender a anteponer las necesidades del reino a sus deseos. Debemos presentar esa oferta.

—No hablaríais así si fuerais mujeres —replicó la reina sacudiéndose los dedos del eunuco—. Pero decid lo que queráis, mis señores; Joffrey es demasiado orgulloso para conformarse con las sobras de Renly. Jamás dará su consentimiento.

Tyrion se encogió de hombros.

—Cuando el rey sea mayor de edad dentro de tres años podrá dar o retirar su consentimiento según le plazca. Hasta entonces, tú eres su regente y yo soy su Mano, y se casará con quien le digamos que se case. Tanto si son sobras como si no.

—Bien, pues presenta la oferta. —Cersei se había quedado sin argumentos—. Pero que los dioses os guarden a todos si a Joff no le gusta esa chica.

—Cuánto me alegra que estemos de acuerdo —dijo Tyrion—. Bien, ¿quién de nosotros irá a Puenteamargo? Tenemos que presentar la oferta a Ser Loras antes de que se le enfríen los ánimos.

—¿Quieres enviar a un miembro del Consejo?

—No me atrevería a esperar que el Caballero de las Flores tratara con Bronn o con Shagga, ¿verdad? Los Tyrell son orgullosos.

—Ser Jacelyn Bywater es de noble cuna. —Su hermana no perdió la ocasión de tratar de sacar provecho de las circunstancias en su beneficio—. Envíalo a él.

Tyrion hizo un gesto de negación.

—Hace falta alguien que pueda hacer algo más que repetir nuestras palabras y traernos una respuesta. Nuestro enviado deberá hablar en nombre del rey y del Consejo, y dejar zanjado el asunto lo antes posible.

—La Mano habla con la voz del rey. —La luz de las velas arrancaba destellos verdes de los ojos de Cersei, tan brillantes como el fuego valyrio—. Si vas tú, Tyrion, sería como si fuera el propio Joffrey. ¿Y quién mejor para esta misión? Manejas las palabras con tanta habilidad como Jaime la espada.

«¿Tantas ganas tienes de verme fuera de la ciudad, Cersei?»

—Eres muy amable, mi querida hermana, pero en mi opinión la madre de un muchacho está mucho mejor capacitada para acordar un matrimonio que su tío. Y jamás podría superar tu don para ganarte amigos.

—Joff me necesita a su lado. —Cersei entrecerró los ojos.

—Alteza, mi señor Mano —intervino Meñique—, el rey os necesita a los dos aquí. Dejad que vaya yo en vuestro lugar.

«¿Tú? ¿Qué ganas tú con esto?», se preguntó Tyrion.

—Estoy en el Consejo del rey, pero no soy de sangre real, así que no valgo gran cosa como rehén. Trabé cierta amistad con Ser Loras cuando estaba aquí, en la corte, y no le di ningún motivo para estar mal dispuesto contra mí. Mace Tyrell no tiene nada que reprocharme, que yo sepa, y me atrevería a decir que mis dotes de negociador no son desdeñables.

«Nos tiene atrapados.» Tyrion no confiaba en Petyr Baelish, ni quería perderlo de vista, pero ¿qué otra opción le quedaba? Tenía que ser Meñique o el propio Tyrion, y demasiado bien sabía que en cuanto saliera de Desembarco del Rey, aunque fuera por breve tiempo, se desmoronaría todo lo que había logrado hasta el momento.

—Hay escaramuzas entre este lugar y Puenteamargo —dijo con cautela—. Y podéis estar seguro de que Lord Stannis enviará a sus pastores para reagrupar a las ovejas descarriadas de su hermano.

—Los pastores nunca me han dado miedo. A las que temo es a las ovejas. Pero imagino que una escolta no estará de más.

—Puedo prescindir de cien capas doradas —dijo Tyrion.

—Quinientos.

—Trescientos.

—Y cuarenta más, veinte caballeros con otros tantos escuderos. Si llego sin una escolta regia, los Tyrell no me prestarán mucha atención.

Aquello era verdad.

—De acuerdo.

—Me llevaré conmigo a Horror y a Baboso, y se los devolveré a su señor padre, como gesto de buena voluntad. Necesitamos el apoyo de Paxter Redwyne, es un viejo amigo de Mace Tyrell, y su poderío no es desdeñable.

—También es un traidor —se opuso la reina—. El Rejo habría jurado fidelidad a Renly como todos los demás, si no fuera porque Redwyne sabía bien que sus cachorros lo pagarían caro.

—Renly ha muerto, Alteza —señaló Meñique—, y ni Stannis ni Lord Paxter habrán olvidado cómo las galeras de los Redwyne les cerraron la salida por mar durante el asedio a Bastión de Tormentas. Devolvedle a sus gemelos y posiblemente nos ganemos el afecto de Redwyne.

—Que los Otros se lleven su afecto, yo lo que quiero son sus espadas y sus velas. —Cersei no estaba convencida—. Y la mejor manera de estar seguros de que las conseguiremos es aferrarnos a esos gemelos.

Tyrion dio con la respuesta.

—En ese caso enviemos a Ser Hobber de vuelta al Rejo, y quedémonos con Ser Horas aquí. Seguro que Lord Paxter es perfectamente capaz de entender la indirecta.

La sugerencia se aceptó sin más discusiones, pero Meñique no había terminado todavía.

—Necesitaremos caballos. Rápidos y fuertes. Con las batallas puede que cueste encontrar monturas de refresco. También hará falta un buen suministro de oro para esos regalos que hemos comentado antes.

—Coged tanto como necesitéis. Si la ciudad cae, Stannis se lo quedará de todos modos.

—Quiero mi designación por escrito, un documento que no deje a Mace Tyrell la menor duda en cuanto a mi autoridad, en el que se me dé poder para tratar con él todo lo relativo a este compromiso y a los acuerdos a que haya que llegar, y para hacer promesas vinculantes en nombre del rey. Tendrá que firmarlo Joffrey, así como todos los miembros de este Consejo, y llevar todos nuestros sellos.

—De acuerdo. —Tyrion se acomodó en la silla, inquieto—. ¿Alguna cosa más? Os recuerdo que hay un largo camino hasta Puenteamargo.

—Me pondré en marcha antes de que amanezca. —Meñique se levantó—. Confío en que, cuando regrese, el rey se ocupe de que reciba la recompensa que merecen mis desvelos por su causa.

—Joffrey es un soberano muy agradecido. —Varys soltó una risita—. Estoy seguro de que no tendréis motivos de queja, mi valeroso señor.

—¿Qué queréis, Petyr? —preguntó la reina directamente.

—Tengo que meditarlo —contestó Meñique mirando a Tyrion con una sonrisa artera—, pero algo se me ocurrirá, seguro. —Hizo una airosa reverencia y salió de la estancia con un paso tan desenfadado como si se dirigiera hacia uno de sus burdeles.

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