Choque de reyes [A Clash of Kings - es]
- Автор: Мартин Джордж Рэймонд Ричард
- Год: 2003
- Язык: испанский
- Год: Gigamesh
- ISBN: 84-932-7022-9
- Переводчик: Cristina Macia
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
Ser Robar se había quedado atrás, titubeante, pero en aquel momento echó mano de su espada. Catelyn le agarró el brazo.
—¡Robar, no, escuchad! Os equivocáis con ella, no ha sido ella. ¡Ayudadla! Escuchadme, ha sido Stannis. —El nombre salió de sus labios antes de que supiera cómo había llegado allí, pero mientras lo decía sabía que era cierto—. Os lo juro, vos me conocéis, ha sido Stannis quien lo ha matado.
—¿Stannis? —El joven caballero arco iris miró a aquella demente con ojos claros y asustados—. ¿Cómo?
—No lo sé. Hechicería, magia negra, había una sombra, una sombra. —Su voz le sonaba enloquecida, pero las palabras brotaban como un chorro incontenible mientras las espadas seguían chocando tras ella—. Una sombra con una espada, os lo juro, ¿estáis ciego? ¡La chica estaba enamorada de él! ¡Ayudadla! —Miró a su espalda, vio caer al segundo guardia, la espada se desprendió de sus dedos inertes. Afuera se oían gritos. No tardarían en entrar más hombres furiosos, estaba segura—. Es inocente, Robar. Os doy mi palabra, ¡lo juro por la tumba de mi esposo y por mi honor de Stark!
Aquello lo hizo decidirse.
—Yo los contendré —dijo—. Lleváosla. —Se dio la vuelta y salió.
El fuego había prendido en las paredes y reptaba por los costados de la tienda. Ser Emmon presionaba a Brienne con su armadura amarilla esmaltada mientras ella vestía sólo prendas de lana. Se había olvidado de Catelyn, hasta que ella le estrelló un brasero de hierro contra la nuca. Llevaba el yelmo puesto, de manera que el golpe no le causó daños graves, pero lo hizo caer de rodillas.
—Brienne, conmigo —ordenó Catelyn.
La joven no era tan torpe como para no ver la oportunidad que le ofrecía. De un tajo partió la seda verde de la tienda. Salieron a la oscuridad y al frío gélido del amanecer. Al otro lado del pabellón se oían gritos.
—Por aquí —la apremió Catelyn—. Y no corras. Debemos caminar sin prisa o llamaremos la atención. Vayamos tranquilas, como si no pasara nada.
Brienne se colgó la espada del cinturón y caminó al paso de Catelyn. El aire nocturno olía a lluvia. Tras ellas el pabellón del rey ardía ya por todos lados, las llamas se elevaban a gran altura en la oscuridad. Nadie hizo ademán de detenerlas. Junto a ellas pasaron hombres corriendo, entre gritos de fuego, asesinato y brujería. Otros, reunidos en grupos pequeños, hablaban en voz baja. Algunos rezaban, y un joven escudero estaba de rodillas y lloraba sin disimulo.
Los ejércitos de Renly ya se estaban desmembrando, los rumores se extendían de boca en boca. Las hogueras nocturnas se estaban apagando, y hacia el este empezaba a divisarse la mole inmensa de Bastión de Tormentas, que emergía como un sueño de piedra entre los jirones de niebla blanca que cubrían los campos. «Fantasmas matutinos», como los llamaba la Vieja Tata, espíritus que regresaban a sus tumbas. Ahora Renly era uno de ellos, estaba muerto, como su hermano Robert y como su querido Ned.
—Jamás pude abrazarlo, sólo cuando moría —dijo Brienne en voz baja mientras caminaban en medio del caos creciente. Su voz sonaba como si fuera a derrumbarse de un momento a otro—. En un momento se estaba riendo, y al siguiente había sangre por todas partes… mi señora, no lo entiendo. ¿Visteis…?
—Vi una sombra. Al principio pensé que era la de Renly, pero era la de su hermano.
—¿Lord Stannis?
—Lo sentí. Ya sé que no tiene lógica…
—Lo mataré —declaró la chica fea y desgarbada, para ella tenía toda la lógica necesaria—. Lo mataré con la espada de mi señor. Lo juro. Lo juro. Lo juro.
Hal Mollen y el resto de su escolta la esperaban con los caballos. Ser Wendel Manderly se moría por saber qué pasaba.
—El campamento entero se ha vuelto loco, mi señora —barbotó nada más verla—. ¿Es verdad que Lord Renly ha…? —Se detuvo de repente, con los ojos clavados en Brienne y en la sangre que la cubría.
—Muerto, sí, pero no a nuestras manos.
—La batalla… —empezó Hal Mollen.
—No habrá batalla. —Catelyn montó a caballo, y su escolta formó en torno a ella, con Ser Wendel a la izquierda y Ser Perwyn Frey a la derecha—. Brienne, hemos traído el doble de caballos de los que necesitamos. Elige uno y acompáñanos.
—Tengo caballo propio, mi señora. Y armadura.
—Deja eso aquí. Tenemos que estar a buena distancia antes de que empiecen a buscarnos. Las dos estábamos con el rey cuando lo mataron. Eso no se olvida. —Brienne, sin palabras, hizo lo que le decían—. En marcha —ordenó Catelyn a su escolta cuando todos estuvieron montados—. Si alguien intenta detenernos, matadlo.
A medida que los largos dedos del amanecer reptaban por los campos, el color regresaba al mundo. Allí donde había habido hombres grises a lomos de caballos grises con picas de sombra brillaban ahora con destellos plateados las puntas de diez mil lanzas, y entre la miríada de estandartes al viento Catelyn vio el calor del rojo, el rosa y el naranja, la riqueza de los azules y castaños, el resplandor del oro y del amarillo. Todo el poderío de Bastión de Tormentas y Altojardín, el poderío que hasta hacía una hora había pertenecido a Renly.
«Ahora son de Stannis —comprendió—, aunque aún no lo sepan. ¿Hacia quién se van a volver, si no hacia el último Baratheon? Stannis lo ha ganado todo de un golpe malévolo.»
—Yo soy el rey legítimo —había dicho, con la mandíbula tensa como el hierro—, y vuestro hijo es tan traidor como mi hermano. También le llegará su hora.
Sintió un escalofrío.
JON
La colina sobresalía entre la densa espesura del bosque, se alzaba solitaria y repentina, su cumbre azotada por los vientos se veía desde muchos kilómetros de distancia. Según los exploradores, los salvajes la llamaban Puño de los Primeros Hombres. Jon Nieve pensó que era cierto, que parecía un puño que se hubiera abierto camino entre la tierra y la madera, con laderas desnudas como nudillos de piedra.
Subió a caballo hasta la cima con Lord Mormont y los oficiales, mientras Fantasma se quedaba bajo los árboles. El lobo huargo había huido en tres ocasiones durante el ascenso; en dos de ellas regresó de mala gana cuando Jon silbó para llamarlo. En la tercera ocasión el Lord Comandante perdió la paciencia.
—Deja que se vaya, chico —dijo con brusquedad—. Quiero llegar a la cima antes de que anochezca. Ya buscarás a tu lobo luego.
El camino ascendente era empinado y pedregoso, y la cima estaba coronada por un muro de rocas que les llegaba a la altura del pecho. Tuvieron que dar un rodeo hacia el oeste para dar con una brecha por la que pudieran pasar los caballos.
—Es un buen terreno, Thoren —dijo el Viejo Oso cuando llegaron por fin a la cima—. No se puede pedir nada mejor. Acamparemos aquí y esperaremos a Mediamano.
El Lord Comandante desmontó y se sacudió el cuervo del hombro. El pájaro alzó el vuelo, quejándose a graznidos.