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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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Mientras trabajaba, oía las voces en el interior de la tienda.

—La manera más fácil de adentrarse en los Colmillos Helados es seguir el curso del Agualechosa. Pero si vamos por ese camino, Rayder se enterará de que nos acercamos, tan cierto como que hay sol.

—Podríamos ir por la Escalera del Gigante —sugirió Ser Mallador Locke—. O por el Paso Aullante, si está despejado.

El vino empezó a humear. Jon apartó el recipiente del fuego, llenó ocho tazas y las llevó al interior de la tienda. El Viejo Oso estaba examinando el rudimentario mapa que había dibujado Sam la noche que pasaron en el Torreón de Craster. Cogió una taza de la bandeja de Jon, probó un sorbo de vino, y dio su aprobación con un brusco asentimiento. El cuervo se posó en su brazo.

Maíz —graznó—. Maíz. Maíz.

Ser Ottyn Wythers rechazó el vino con un gesto de la mano.

—Yo no me adentraría en las montañas —dijo con voz débil y cansada—. Los Colmillos Helados son muy fríos incluso en verano, así que ahora… si nos sorprendiera una tormenta…

—No tengo intención de arriesgarme en los Colmillos Helados a menos que sea imprescindible —dijo Mormont—. Los salvajes, igual que nosotros, no pueden vivir de nieve y piedras. No tardarán en salir de las cumbres, y para un ejército del tamaño que sea la única ruta factible es seguir el Agualechosa. Si lo hacen, aquí podemos defendernos bien. No podrán pasar sin que los detectemos.

—Puede que no sea ése su plan. Son miles, y nosotros seremos trescientos cuando llegue Mediamano.

—Si al final hay una batalla, no encontraremos terreno más favorable que éste —declaró Mormont—. Consolidaremos las defensas. Fosos, estacas, abrojos en las laderas… Hay que reparar hasta la última grieta del muro. Jarman, quiero que pongas como vigías a los hombres que mejor vista tengan. En todo el perímetro del muro y también a lo largo del río, para que nos alerten si se acerca alguien. Que se oculten en las copas de los árboles. Y más vale que empecemos a acarrear agua, más de la que necesitemos. Excavaremos cisternas. Eso mantendrá ocupados a los hombres, y puede que lleguemos a necesitarla.

—Mis exploradores…

—Tus exploradores se limitarán a explorar esta orilla del río hasta que llegue Mediamano. Después, ya veremos. No quiero perder ni un hombre más.

—Aunque Mance Rayder estuviera reuniendo a su ejército a una jornada de aquí no nos enteraríamos —se quejó Smallwood.

—Sabemos muy bien dónde se están reuniendo los salvajes —replicó Mormont—. Nos lo dijo Craster. Ese hombre no me gusta, pero no creo que nos haya mentido.

—Como quieras.

Smallwood salió con una expresión hosca en la cara. Los demás se terminaron el vino y también se marcharon, aunque con más cortesía.

—¿Os traigo ya la cena, mi señor? —preguntó Jon.

—Maíz —graznó el cuervo.

Mormont tardó en responder.

—¿Ha cazado algo tu lobo hoy? —preguntó al final.

—Todavía no ha vuelto.

—Nos iría bien algo de carne fresca. —Mormont metió la mano en un saco y ofreció a su cuervo un puñado de maíz—. ¿Crees que cometo un error al no permitir que los exploradores se alejen?

—No me corresponde a mí opinar sobre esos asuntos, mi señor.

—Te corresponde si te lo pregunto.

—Si los exploradores no pueden perder de vista el Puño, no veo cómo van a encontrar a mi tío —reconoció Jon.

—Es que no pueden encontrarlo. —El cuervo picoteó los granos de maíz que el Viejo Oso tenía en la palma de la mano—. Somos doscientos, pero aunque fuéramos diez mil, es una zona demasiado vasta.

—¿No iréis a renunciar a la búsqueda?

—El maestre Aemon dice que eres muy listo. —Mormont trasladó el cuervo a su hombro. El pájaro inclinó la cabeza hacia un lado, con los ojillos brillantes.

Así que la respuesta estaba allí.

—Es… Me parece más fácil que un hombre encuentre a doscientos que doscientos encuentren a uno.

El cuervo lanzó un graznido, pero el Viejo Oso sonrió desde detrás de su barba gris.

—Somos muchos, con muchos caballos, dejamos un rastro que hasta Aemon podría seguir. En esta colina nuestras hogueras resultan visibles hasta en las laderas de los Colmillos Helados. Si Ben Stark está vivo y libre, él vendrá a buscarnos, no me cabe duda.

—Sí —dijo Jon—, pero… ¿y si…?

—¿Y si está muerto? —preguntó Mormont con voz no exenta de amabilidad.

Jon asintió de mala gana.

Muerto —graznó el cuervo—. Muerto. Muerto.

—Puede que venga a buscarnos de todos modos —dijo el Viejo Oso—. Como Othor y Jafer Flores. Es una idea que me aterra tanto como a ti, Jon, pero debemos reconocer que es una posibilidad.

Muerto —graznó el cuervo al tiempo que se ahuecaba las plumas. Su voz era cada vez más alta y chillona—. Muerto.

Mormont acarició las plumas negras del pájaro, y disimuló un bostezo repentino con el dorso de la mano.

—Voy a prescindir de la cena, el descanso me sentará mejor. Despiértame en cuanto haya luz.

—Que durmáis bien, mi señor.

Jon recogió las tazas vacías y salió de la tienda. Oyó risas a lo lejos y también el sonido quejumbroso de las flautas. En el centro del campamento ardía una gran hoguera, y le llegó el olor del guiso que se estaba cocinando. Tal vez el Viejo Oso no tuviera hambre, pero Jon sí. Se dirigió hacia el fuego.

Dywen estaba de pie, con el cucharón en la mano.

—Conozco estos bosques mejor que nadie, y os lo digo en serio, yo solo no salgo a cabalgar por ahí de noche. ¿No lo oléis?

Grenn lo miraba con los ojos muy abiertos.

—Yo sólo huelo la mierda de doscientos caballos —dijo Edd el Penas—. Y ese guiso. Que, por cierto, tiene un aroma muy semejante.

—Ya te daré yo a ti aroma semejante —replicó Hake palmeando su daga. Llenó el cuenco de Jon sin dejar de refunfuñar.

El guiso era espeso, tenía cebada, zanahoria, cebolla y algún que otro trozo de buey en salazón que la cocción había ablandado.

—¿Qué es lo que hueles, Dywen? —peguntó Grenn.

El forestal tomó una cucharada de guiso. Se había quitado la dentadura. Tenía la piel del rostro correosa y arrugada, y las manos tan nudosas como las raíces de un árbol viejo.

—A mí me parece que huele… a frío.

—Tienes la cabeza de madera, igual que los dientes —bufó Hake—. El frío no huele a nada.

«Sí que huele —pensó Jon al recordar aquella noche en las habitaciones del Lord Comandante—. Huele como la muerte.» De repente se le había quitado el apetito. Le dio su guiso a Grenn, que tenía aspecto de necesitar una segunda cena para conservar el calor durante la noche.

Cuando se alejó, soplaba un viento gélido. Por la mañana el suelo estaría cubierto de escarcha, y las sujeciones de las tiendas se habrían congelado. En el puchero quedaban un par de dedos de vino especiado. Jon echó más leña al fuego y lo puso sobre las llamas para recalentarlo. Mientras aguardaba flexionó los dedos, los apretó y los extendió hasta que le hormigueó la mano. Los hombres del primer turno de guardia ya habían ocupado sus puestos en torno al campamento. Sobre el muro en forma de anillo parpadeaban las antorchas. Aquella noche no había luna, pero en el cielo brillaban un millar de estrellas. En la oscuridad se oyó un sonido, bajo y lejano, pero inconfundible: el aullido de los lobos. Alzaban y bajaban las voces en una canción escalofriante, solitaria. Hizo que se le pusiera el vello de punta. Al otro lado de la hoguera, un par de ojos rojos lo miraron desde las sombras. La luz de la llama los hacía centellear.

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