Choque de reyes [A Clash of Kings - es]
- Автор: Мартин Джордж Рэймонд Ричард
- Год: 2003
- Язык: испанский
- Год: Gigamesh
- ISBN: 84-932-7022-9
- Переводчик: Cristina Macia
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
Desde la cima de la colina la vista era extraordinaria, pero lo que más llamó la atención a Jon fue el muro circular, las erosionadas piedras grises con sus parches blancos de líquenes y sus barbas de musgo verde. Según se contaba, el Puño había sido un fuerte de los primeros hombres, en la Era del Amanecer.
—Es un lugar antiguo —dijo Thoren Smallwood—. Y tiene poder.
—Antiguo —graznó el cuervo de Mormont mientras revoloteaba sobre sus cabezas en círculos escandalosos—. Antiguo, antiguo, antiguo.
—Cállate —gruñó Mormont al pájaro. El Viejo Oso era demasiado orgulloso para reconocer su debilidad, pero no engañaba a Jon. El esfuerzo de mantener el ritmo de hombres más jóvenes le estaba pasando factura.
—En caso de necesidad sería muy fácil defender estas alturas —señaló Thoren al tiempo que guiaba a su caballo por el círculo de piedras, con la capa ribeteada en marta ondeando al viento.
—Sí, aquí estaremos bien. —El Viejo Oso alzó una mano al viento, y el cuervo se le posó en el antebrazo, con las garras arañando la cota de malla negra.
—¿Qué pasa con el agua, mi señor? —preguntó Jon.
—Al pie de la colina había un arroyo.
—Mucha distancia sólo para beber —señaló Jon—. Y hay que salir del círculo de piedras.
—¿Te da pereza escalar una colina, chico? —se burló Thoren.
—No vamos a encontrar otro lugar tan bien protegido —dijo Lord Mormont—. Acarrearemos agua para tener un buen suministro.
Jon comprendió que no había discusión posible. De modo que se dieron las órdenes oportunas, y los hermanos de la Guardia de la Noche montaron el campamento dentro del círculo de piedra que habían erigido los primeros hombres. Las tiendas negras brotaron como setas después de la lluvia, y las mantas y jergones cubrieron la tierra yerma. Los mayordomos ataron con ronzales los caballos en largas hileras y les dieron de comer y beber. Los forestales fueron con sus hachas hasta el bosque a la escasa luz del atardecer a reunir madera suficiente para toda la noche. Un grupo de constructores se dedicó a retirar maleza, excavar letrinas y desatar los fardos de estacas endurecidas al fuego.
—Quiero zanjas y estacas en todas las aberturas del muro antes del anochecer —había ordenado el Viejo Oso.
Después de plantar la tienda del Lord Comandante y encargarse de sus caballos, Jon descendió colina abajo en busca de Fantasma. El lobo huargo se le acercó enseguida, en silencio absoluto: Jon caminaba solo a zancadas bajo los árboles, sobre la alfombra de hierba, piñas y hojas caídas, lo llamaba a silbidos y a gritos, y de repente, sin que Jon se diera cuenta, el gran lobo blanco caminaba junto a él, tan pálido como la niebla de la mañana.
Pero cuando llegaron al fuerte redondo, Fantasma se negó de nuevo a entrar. Se adelantó con cautela, olisqueó una brecha entre las piedras y se retiró como si no le gustase lo que había olido. Jon trató de agarrarlo por la piel del cogote y meterlo a rastras dentro del anillo, pero no era tarea fácil; el lobo pesaba tanto como él, y era mucho más fuerte.
—¿Qué te pasa, Fantasma? —No era propio del animal mostrarse tan inquieto. Al final Jon tuvo que darse por vencido—. Como quieras —dijo al lobo—. Vete a cazar.
Los ojos rojos lo observaron mientras volvía al refugio de las piedras musgosas.
Allí estarían a salvo, seguro. La colina ofrecía un punto privilegiado para dominar con la vista los alrededores, y las laderas eran auténticos precipicios hacia el norte y el oeste, y apenas un poco más suaves hacia el este. Pero a medida que se cerraba la noche y la oscuridad se filtraba por las rendijas entre los árboles, Jon fue sintiendo una opresión creciente.
«Esto es el Bosque Encantado —pensó—. Puede que haya fantasmas, los espíritus de los primeros hombres. Aquí fue donde vivieron.»
—No seas crío —se dijo.
Trepó a un montículo de rocas y miró en dirección al sol poniente. Vio cómo la luz centelleaba como oro batido sobre la superficie del Agualechosa en su rumbo curvo hacia el sur. Río arriba el terreno era más escabroso, el bosque espeso dejaba paso a una serie de colinas pedregosas y sin vegetación que se alzaban imponentes hacia el norte y el oeste. En el horizonte, las montañas eran como una sombra amenazadora, las cordilleras se perdían en la distancia azul grisácea, con los picos escarpados cubiertos por su eterna mortaja de nieve. Hasta vistos desde lejos parecían gélidos e inhóspitos.
Más cerca, los árboles dominaban el panorama. El bosque se extendía hacia el sur y hacia el este hasta donde alcanzaba la vista de Jon, era una vasta maraña de ramas y raíces de mil tonos de verde, con un parche rojizo aquí y allá donde un arciano se abría paso entre los pinos y los centinelas, o un atisbo dorado si las hojas anchas de las braquiarias empezaban a amarillear. Cuando soplaba el viento le llegaba el crujido y el gemido de ramas más viejas que él. Un millar de hojas temblaban, y durante un momento el bosque parecía un mar verde oscuro, azotado por la tormenta, eterno e inescrutable.
Pensó que seguro que Fantasma no estaba solo allí. Bajo el mar se podía mover cualquier cosa y arrastrarse en la oscuridad hacia el anillo de piedras, oculta entre los árboles. Cualquier cosa. ¿Y cómo iban a verla llegar? Se quedó allí largo rato, hasta que el sol desapareció tras las montañas escarpadas y la oscuridad se cernió sobre el bosque.
—¿Jon? —lo llamó Samwell Tarly—. Me pareció que eras tú. ¿Estás bien?
—Dentro de lo que cabe. —Jon bajó de un salto—. ¿Cómo te ha ido hoy?
—Bien. Me ha ido bien. De verdad.
Jon no tenía la menor intención de compartir su inquietud con su amigo, y menos ahora que Samwell Tarly empezaba a mostrarse valiente.
—El Viejo Oso quiere que esperemos aquí hasta que lleguen Qhorin Mediamano y los hombres de la Torre Sombría.
—Es un lugar muy extraño —dijo Sam—. Un fuerte anular de los primeros hombres. ¿Crees que se libraría aquí alguna batalla?
—No me cabe duda. Más vale que vayas preparando un pájaro, seguro que Mormont quiere enviar noticias al Muro.
—Ojalá pudiera enviarlos a todos. No les gusta nada estar enjaulados.
—A ti tampoco te gustaría, si pudieras volar.
—Si pudiera volar ya estaría de vuelta en el Castillo Negro, comiendo empanada de cerdo —suspiró Sam.
Jon le dio una palmadita en el hombro con la mano quemada. Regresaron juntos, cruzando el campamento. Por doquier se habían encendido hogueras para cocinar la cena. Sobre ellos, las estrellas empezaban a brillar. La larga cola roja de la Antorcha de Mormont ardía con una luz que competía con la de la luna. Jon oyó a los cuervos incluso antes de verlos. Algunos graznaban su nombre. Aquellos pájaros eran especialistas en hacer ruido.
«Ellos también lo notan.»
—Tengo que ir a ver al Viejo Oso —dijo—. Si no come a su hora también él empieza a armar jaleo.
Cuando encontró a Mormont estaba hablando con Thoren Smallwood y con media docena de oficiales más.
—Ah, ya estás aquí —dijo con tono áspero—. Si no te importa, tráenos un poco de vino caliente. Hace mucho frío esta noche.
—Sí, mi señor.
Jon encendió una hoguera, pidió a los encargados de suministros un barrilito del vino tinto que más gustaba a Mormont, y lo vertió en un puchero. Lo colgó sobre las llamas mientras recogía el resto de los ingredientes. El Viejo Oso era muy maniático en lo relativo al vino especiado: tanta canela, tanta nuez moscada y tanta miel, ni una gota más. Pasas, bayas y frutos secos, pero nada de limón, que era la herejía más repugnante del sur… cosa extraña, puesto que el limón sí le gustaba con la cerveza matutina. El Lord Comandante insistía también en que la bebida estuviera a buena temperatura para entrar en calor, pero no debía llegar a hervir en ningún momento. De modo que Jon vigilaba el puchero con atención.