El Primer Hombre De Roma
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:
El barco había zarpado del magnífico puerto de Massilia al amanecer del día once de octubre y echaba el ancla en el paupérrimo puerto de Ostia el día anterior a los idus, tres días más tarde exactamente. A las tres horas, Cota entraba en casa del cónsul Publio Rutilio Rufo, espantando a los clientes como un zorro a las gallinas.
– ¡Fuera! -gritó al que estaba sentado en la silla ante el escritorio de Rutilio Rufo, dejándose caer agotado en ella, mientras el cliente se apresuraba a salir del despacho.
A mediodía se había convocado al Senado a una reunión urgente en la curia hostilia; Cepio y su hijo trotaban en aquel momento por las últimas millas de la Via Emilia.
– Dejad las puertas abiertas -dijo Publio Rutilio Rufo al jefe de los empleados-. De esta reunión debe ser testigo el pueblo. Y que todo lo que se diga se tome palabra por palabra y quede transcrito.
Para la precipitación con que se había convocado, la asistencia fue multitudinaria, ya que, de acuerdo con ese modo inexplicable con que las noticias se difunden antes de darlas a la opinión, se había extendido ya el rumor por Roma de que había habido una gran derrota en la Galia frente a los germanos. La escalinata de la zona de comicios al pie de la curia hostilia se iba llenando rápidamente de gente, igual que las escalinatas y espacios cercanos.
Estando al corriente de las cartas de Cepio, protestando contra Malio Máximo y exigiendo suprema autoridad, y temiendo que volviera a suscitarse el debate, los padres conscriptos estaban nerviosos. Como hacía semanas que no tenían noticias de Cepio, el esforzado Marco Emilio Escauro estaba en situación de desventaja y lo sabía. Así, cuando el cónsul Rutilio Rufo mandó que las puertas de la cámara permanecieran abiertas, Escauro no osó impugnarlo y mandar cerrarlas. Ni tampoco Metelo el Numídico. Todas las miradas se centraban en Cota, a quien se había dado una silla cerca del estrado en el que presidía la silla curul de su cuñado Rutilio Rufo.
– Marco Aurelio Cota ha llegado a Ostia esta misma mañana -dijo Rutilio Rufo-. Hace tres días estaba en Massilia y el día anterior se encontraba en Arausio, cerca del punto de estacionamiento de nuestros ejércitos. Ruego a Marco Aurelio Cota que tome la palabra y advierto a la cámara que esta reunión quedará registrada palabra por palabra.
Naturalmente, Cota se había bañado y cambiado, pero eran evidentes las huellas del cansancio en su rostro habitualmente rubicundo, y la pesadez de gestos al ponerse en pie corroboraban su fatiga.
– Padres conscriptos, el día anterior al nones de octubre se entabló una batalla en Arausio -comenzó diciendo Cota, sin necesidad de elevar la voz dado el aplastante silencio de la cámara-. Los germanos nos aniquilaron. Han muerto ochenta mil soldados.
Ni una exclamación, ni un murmullo. Nadie se movía, los senadores permanecían sentados en profundo silencio, como si estuvieran en la cueva de la Sibila de Cumas.
– Digo ochenta mil soldados, y no sólo eso: los muertos de las tropas auxiliares son veinticuatro mil más, y no cuento los muertos de la caballería.
Con voz neutra e inexpresiva, Cota continuó explicando detalladamente al Senado lo que había sucedido desde el momento en que él y sus cinco compañeros habían llegado a Arausio, las infructuosas discusiones con Cepio, el ambiente de confusión y malestar creado por la sarcástica actitud de Cepio ante las órdenes de Malio Máximo y cómo algunos se habían puesto de su parte, como era el caso del propio hijo de Cepio; el aislamiento del procónsul Aurelio y su caballería para resultar militarmente eficaces.
– Los cinco mil soldados con sus auxiliares y todos los animales perecieron en el campamento de Aurelio. El legado Marco Aurelio Escauro fue hecho prisionero por los germanos y de él hicieron víctima ejemplar. Le quemaron vivo, padres conscriptos. Y según me ha dicho un testigo presencial, murió con gran entereza y valor.
Podían verse rostros demudados entre los senadores, porque la mayoría tenían hijos, hermanos, primos y sobrinos en uno de los dos ejércitos; lloraban en silencio, ahogando los sollozos en sus togas e inclinados en sus asientos, tapándose el rostro con las manos. Sólo Escauro, príncipe del Senado, se mantenía erguido, con dos rosas de rubor en las mejillas y la boca en un rictus inmóvil.
– Todos los que estáis presentes sois responsables -prosiguió Cota-, porque en la delegación que enviasteis no había ningún senador con categoría consular, y yo, un simple ex pretor, era el único magistrado curul de los seis. Como consecuencia, Quinto Servilio Cepio se negó a tratar con nosotros de igual a igual por linaje y alcurnia. Ni por experiencia. No, él interpretó nuestra insignificancia, nuestra poca influencia, como indicio de que el Senado le respaldaba en su desacato a Cneo Malio Máximo. ¡Y con toda la razón, padres conscriptos! ¡Si hubieseis querido que Quinto Servilio obedeciese la ley, subordinándose al cónsul del año, habríais enviado una delegación de categoría consular! Pero no lo hicisteis. Enviasteis deliberadamente cinco pedarii y un ex pretor a tratar con uno de los miembros de esta cámara más antiguos y más obstinadamente elitistas.
No se alzaba ninguna cabeza y cada vez había mayor número de ellas ocultas bajo la toga. Pero Escauro, príncipe del Senado, seguía erguido como un palo, sin quitar sus ojos de brasa del rostro de Cota.
– La rencilla entre Quinto Servilio Cepio y Cneo Malio Máximo impidió la unión de sus fuerzas y, en lugar de disponer de un sólido ejército de no menos de diecisiete legiones y más de cinco mil caballos, Roma puso en el campo de batalla dos ejércitos a veinte millas de distancia entre sí, con el más pequeño cerca del avance germano y alejado del cuerpo de caballería. Quinto Servilio Cepio me dijo en persona que no pensaba compartir su triunfo con Cneo Malio Máximo y que había situado expresamente su ejército demasiado al norte del de Cneo Malio para que éste no pudiera participar en el combate.
Cota cobró aliento de forma tan ruidosa en aquel silencio, que Rutilio Rufo tuvo un sobresalto. Escauro no. Junto a Escauro, Metelo el Numídico asomó despacio bajo la toga su rostro impertérrito.
– Aun dejando a un lado la desastrosa querella entre ambos, padres conscriptos, lo cierto es que ni Quinto Servilio ni Cneo Malio poseen suficiente talento militar para vencer a los germanos. No obstante, de los dos comandantes, es Quinto Servilio quien más reproches merece, pues no sólo fue tan deleznable general como Cneo Malio, sino que además despreció la ley. ¡Se puso por encima de la ley, la consideró un simple adminículo para inferiores! Un auténtico romano, Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado -esto lo dijo dirigiéndose al portavoz de la cámara, que no se inmutó-, pone la ley por encima de todo, consciente de que bajo su imperio no existen diferencias sociales, sino un sistema de comprobaciones y equilibrios que hemos expresamente dispuesto para que nadie se considere por encima de sus semejantes. Pero Quinto Servilio Cepio se comportó como el primer hombre de Roma. ¡Pero según la ley, él no puede ser primer hombre de Roma! Así, yo os digo que Quinto Servilio transgredió la ley, mientras que Cneo Malio es simplemente un general inepto.
Nadie hablaba ni se movía, y Cota lanzó un suspiro.
– Arausio es un desastre peor que el de Cannas, colegas senadores. Ha perecido la flor y nata de Roma. Lo sé porque estaba allí. Puede que hayan sobrevivido trece mil soldados, y éstos, las tropas más bisoñas, huyeron sin orden ni concierto, abandonando armas y corazas en el campo para cruzar el Rhodanus a nado. Aún siguen desperdigados y errabundos por el margen occidental del río, y por algunos informes que he recibido, se hallan tan atemorizados por los germanos, que prefieren ocultarse a correr el riesgo de que los recuperen para volver a alistarlos en el ejército romano. Tratando de detener esa fuga masiva, el tribuno Sexto Julio César fue arrollado por sus propias tropas. Me complace informar que vive, pues yo mismo le hallé en el campo de batalla, donde había sido dado por muerto por los germanos. Yo y mis compañeros, un total de veintinueve, fuimos los únicos que pudimos socorrer a los heridos; durante casi tres días no nos ayudó nadie. Aunque la mayoría de los caídos en el campo de batalla eran cadáveres, no cabe duda de que han muerto algunos que podrían haber salvado la vida de haber habido alguien a mano que los auxiliase.