Torres de medianoche
- Автор: Джордан Роберт, Сандерсон Брендон
- Серия: La Rueda del Tiempo #13
- Год: 2007
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Torres de medianoche». Краткое содержание книги:
¿Un día? —exclamó Iralin, aún en la bodega con Min—. ¿Para que todo vuelva a ser estable? No conseguiremos hacerlo en este tiempo, ¿verdad?
—Creo que os sorprenderá, lord Iralin —respondió Min, mientras se asía a la escalera de mano para empezar a subir—. A mí me sorprende a diario.
26
Parlamentar
A lomos de Brioso, Perrin se alejó del campamento al frente de un gran ejército. No enarbolaban estandartes de la cabeza de lobo. Que él supiera, se había acatado su orden de quemar esas insignias. Aunque ahora ya no estaba tan seguro de haber acertado al tomar tal decisión.
Había un olor raro en el aire. Olía a rancio, como una habitación que hubiera permanecido cerrada durante años. Brioso empezó a trotar por la calzada de Jehannah. Grady y Neald lo flanqueaban; olían a impaciencia.
—Neald, ¿seguro que estás listo? —preguntó Perrin a la par que hacía virar al ejército hacia el sureste.
—Me siento tan fuerte como de costumbre, milord —respondió Neald—. Lo bastante fuerte para acabar con unos cuantos Capas Blancas. Siempre he querido tener la ocasión de hacerlo.
—Sólo los necios buscan una oportunidad para matar—replicó Perrin.
Sí, mi señor —contestó Neald—. Aunque tal vez debería mencionar…
No es menester hablar de ello —interrumpió Grady.
¿De qué? —preguntó Perrin.
No tiene importancia, estoy seguro. —Grady parecía avergonzado.
Dímelo, Grady —ordenó Perrin—, el Asha’man entrado en años hizo una profunda inspiración antes de hablar.
—Esta mañana intentamos abrir un acceso para enviar de vuelta a los refugiados, pero no funcionó. También sucedió lo mismo un rato antes. El tejido se… deshizo.
Perrin frunció el entrecejo.
—¿Hay algún problema con los demás tejidos?
—No —respondió con presteza Neald.
—Como os dije, milord —añadió Grady—, estoy convencido de que funcionará cuando volvamos a intentarlo. Nos falta práctica, eso es todo.
No era probable que necesitaran Viajar para emprender la retirada en esta batalla; maniobra que, por otro lado, no sería viable con sólo dos Asha’man para un contingente tan numeroso. Aun así, no le gustaba perder esa posibilidad. Ojalá que no ocurriera lo mismo con los demás tejidos. Contaba con Grady y con Neald para trastocar y desbaratar la carga inicial de los Capas Blancas.
«Tal vez deberíamos volver», pensó, pero de inmediato desechó tal opción. No le gustaba haber tenido que tomar esta decisión; le revolvía el estómago la idea de una batalla, hombre contra hombre, cuando su verdadero enemigo era el Oscuro, pero no le quedaba otra alternativa.
Siguieron adelante. Llevaba el martillo sujeto a la cintura; Saltador le había dado a entender que tanto daba martillo o hacha. Para los lobos no había diferencia entre un arma u otra.
Junto a él cabalgaban los soldados de la Guardia Alada de Mayene, que con sus brillantes corazas lacadas en rojo semejaban estilizados halcones listos para abatirse sobre la presa. Los soldados de Alliandre, erguida la cabeza y llenos de resolución, cabalgaban detrás como grandes rocas dispuestas a aplastar lo que se interpusiera a su paso. Los arqueros de Dos Ríos eran como robles jóvenes: flexibles, pero robustos. Los Aiel, veloces como serpientes y prestos a morder con los afilados colmillos; y las Sabias, que lo acompañaban a regañadientes, como nubarrones inestables que bullían con una energía imprevisible. No sabía si lucharían para él.
El resto de su ejército era menos imponente. Miles de hombres de distintas edades y experiencia —algunos mercenarios, otros refugiados de Malden—, mujeres que habían visto a las Doncellas y a las componentes de Cha Faile y habían insistido en entrenarse con los hombres. Perrin no se lo había impedido. La Última Batalla se acercaba. ¿Quién era él para poner obstáculos a quien quisiera luchar?
Se había planteado la posibilidad de prohibir a Faile que los acompañara, pero sabía muy bien el resultado que tendría hacer tal cosa. Sin embargo, la situó en la retaguardia, rodeada por Sabias y Cha Faile, además de ir acompañada por las Aes Sedai.
Aferró las riendas con fuerza al oír el sonido de las pisadas de los hombres en marcha. Muy pocos refugiados llevaban armadura. Arganda se había referido a ellos como «infantería ligera», pero Perrin tenía otra definición para esos hombres: «inocentes armados». ¿Por qué lo seguían? ¿Es que no se daban cuenta de que serían los primeros en caer?
Confiaban en él. ¡Así los abrasara la Luz, todos confiaban en él! Apoyó la mano en el martillo y percibió, mezclado en el aire húmedo, el olor a miedo y a nerviosismo. El ruido atronador de los cascos de los caballos y los pasos de los hombres le recordaba el oscuro cielo. Truenos sin relámpagos. Relámpagos sin truenos.
El campo de batalla se abría ante él, una amplia extensión de hierba verde con tropas vestidas de blanco alineadas en el extremo opuesto. Ese ejército de Capas Blancas vestía corazas plateadas perfectamente pulidas, con tabardos y capas de un color níveo puro. La pradera era un buen lugar para la batalla. También sería un buen lugar para tierras de cultivo.
«Para comprender algo, debes comprender las partes que lo componen y el propósito de cada una de ellas».
¿Cuál había sido el propósito de su hacha de guerra? Matar. Para eso había sido creada, sólo para eso le había servido.
Pero el martillo era diferente.
Perrin sofrenó de golpe a Brioso. Junto a él, los Asha’man se pararon y después toda la columna empezó a detenerse. Los grupos se iban aglomerando conforme aminoraban el paso. Las órdenes que se impartían reemplazaron el sonido de la marcha.
El aire se había calmado a pesar de que el cielo sobre sus cabezas seguía siendo amenazador. No era capaz de oler la hierba o los lejanos árboles, debido a la cantidad de polvo que habían levantado y el sudor de los hombres debajo de las armaduras. Los caballos resoplaban y algunas monturas empezaron a pastar mientras que otras se mostraban nerviosas al notar la tensión de sus jinetes.
—Milord, ¿sucede algo? —preguntó Grady.
El ejército de los Capas Blancas ya se había desplegado en formación de cuña invertida, con la caballería al frente. Esperaban con las lanzas en alto, prestos para bajarlas y derramar sangre.
—El hacha sólo mata —dijo Perrin—. Sin embargo, el martillo no sólo mata, también puede crear. Ésa es la diferencia.
De repente todo cobró sentido. Esa era la razón por la que había descartado el hacha: porque así estaría en su mano escoger no tener que matar. No lo empujarían a tomar parte en aquello.
Perrin se giró hacia Gaul, quien se encontraba junto a varias Doncellas a corta distancia.
Quiero aquí a las Aes Sedai y a las Sabias, ahora. —Perrin dudó antes de añadir—: Ordénaselo a las Aes Sedai, pero pídeselo a las Sabias, también ordena a los hombres de Dos Ríos que avancen.
Gaul asintió y salió disparado para llevar a cabo la tarea encomendada. Perrin les dio la espalda a los Capas Blancas. A pesar de todos sus defectos, los Capas Blancas se jactaban de tener honor. No atacarían hasta que las tropas enemigas hubieran ocupado sus posiciones.
El grupo formado por las Aes Sedai y las Sabias llegó junto a él, en vanguardia. Advirtió que Faile también se encontraba allí. Bueno, le había dicho que se quedara con las otras mujeres. Alargó la mano hacia su esposa, invitándola a que se pusiera a su lado. Los hombres de Dos Ríos llegaron por un flanco de su hueste.
—Gaul nos dijo que fuiste muy educado —le dijo Edarra a Perrin—. Eso significa que esperas algo de nosotras, algo que no querremos hacer.
Perrin sonrió.
—Deseo que me ayudéis a evitar esta batalla.
—¿No quieres danzar las lanzas? —preguntó Edarra—. Han llegado a mis oídos comentarios sobre lo que estos hombres vestidos de blanco han hecho en las tierras húmedas. Creo que visten de blanco para ocultar la oscuridad que hay en su interior.