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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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— ¿Dónde están los cuerpos?

— En una hondonada, en un paso situado al este —respondió Prindin—. Los carros transportaron a los muertos, que fueron arrojados a la hondonada. La pila de cadáveres es tan grande que no hay modo de saber qué profundidad tiene.

— ¿Qué aspecto tienen? —Kahlan tomó un sorbo de té. Sostenía la taza con ambas manos, tratando de calentársela—. ¿Cómo van vestidos?

Prindin buscó debajo de la camisa y se sacó una tela plegada manchada de sangre, que entregó a la mujer.

— Hay mástiles con estas telas. Muchos de los hombres llevaban los mismos símbolos en la ropa, pero no hemos querido robar a los muertos.

Kahlan desplegó el estandarte y contempló totalmente horrorizada el largo triángulo rojo que sostenía en las manos. En el centro se veía un escudo negro con una ornamentada letra plateada en ella; se trataba de la letra «R». Era un estandarte de guerra con el escudo y las armas de la casa de Rahl.

— Soldados de D’Hara —susurró—. ¿Cómo es posible? ¿Había también keltas? —preguntó, alzando los ojos.

Los tres hombres se miraron sin entender. No conocían a los keltas.

— Otros llevaban otras ropas —dijo Prindin—. Pero la mayoría mostraba este símbolo en ellas o en el escudo.

— ¿Y tomaron dirección este?

— Sí —respondió Tossidin—. No sé cómo decirte cuantos eran, pero eran tantos que, si te quedaras quieto al borde de la ancha carretera que tomaron, los verías pasar todo un día.

— Y mientras se marchaban, otros se unieron a ellos desde el norte, donde esperaban, y se fueron juntos —añadió Prindin.

Kahlan entrecerró los ojos, sumida en sus pensamientos.

— ¿Tenían muchos carros? ¿Carros grandes? —preguntó.

Prindin lanzó un resoplido burlón.

— Debían de ser centenares. Esos hombres no cargaban con nada, sino que utilizaban carros. Han vencido porque eran muchos, pero son holgazanes. Viajan en carros o los usan para llevar sus cosas.

— Se necesitan muchas provisiones para sostener a un ejército tan grande. Y viajan en carros para estar frescos para la lucha —les explicó Kahlan.

— Pero eso los vuelve blandos —intervino Chandalen en tono de desafío—. Si tú mismo cargas con lo que necesitas, como hacemos nosotros, te haces fuerte. Pero, si caminas de vacío o viajas montado en un carro o un caballo, te vuelves blando. Esos hombres no son fuertes como nosotros.

— Fueron lo suficientemente fuertes para aplastar esta ciudad —dijo Kahlan, mirándolo fijamente—. Fueron lo suficientemente fuertes para vencer la batalla y destruir a su enemigo.

— Sólo porque son muchos —arguyó Chandalen—, como los jocopo. No porque sean fuertes ni buenos guerreros.

— La cantidad es una fuerza que no debe desdeñarse.

Ninguno de los tres hombres le llevó la contraria.

Prindin apuró su té antes de decir:

— Ahora se han marchado y se dirigen juntos hacia el este.

— Al este. —Kahlan se quedó un momento pensativa antes de hablar. Los tres hombres esperaban—. ¿Atravesaron un paso con un delgado puente colgante que lo cruza? ¿Un puente que sólo permite pasar de uno en uno y a pie?

Los hermanos asintieron.

— El paso del Jara —musitó la mujer para sí, mientras se volvía para mirar por la puerta—. Es uno de los pocos lo suficientemente grande para sus carros.

— Eso no es todo —anunció Tossidin, poniéndose también de pie—. Unos cinco días después de que se marcharan, llegaron más hombres. Si éstos hicieron la matanza —dijo, extendiendo los dedos de ambas manos—, sólo éstos llegaron después —añadió, mostrando únicamente el pulgar de la mano derecha.

— Fueron ellos quienes cerraron las puertas —comentó Kahlan a Chandalen.

El hombre barro asintió, mientras los dos hermanos los miraron extrañados.

— Registraron la ciudad, pero, como ya no quedaba nadie a quien matar, siguieron el rastro de los primeros hacia el este, para reunirse con ellos —dijo Tossidin.

— No —lo corrigió Kahlan—. No eran aliados de quienes cometieron esta matanza. No pretenden unirse a ellos, pero los siguen.

Prindin consideró un instante las palabras de Kahlan.

— Entonces, si alcanzan a quienes hicieron esto, también ellos morirán. Son mucho menos numerosos. Serán como pulgas tratando de devorar a un perro.

Kahlan recogió con gesto brusco la capa y se la colocó sobre los hombros.

— Vamos. El paso del Jara es bastante ancho y permite el paso a los carros, pero también es extremadamente largo y serpenteante. Conozco pasos más estrechos, como el del puente colgante que cruza el Jara y luego a través de la Grieta de las Arpías, por los que un ejército no puede pasar, pero nosotros sí. Iremos mucho más rápido, y, la distancia que ellos recorran en tres o cuatro días, nosotros la recorreremos en uno.

Chandalen se levantó con movimientos fluidos.

— Madre Confesora, si seguimos a esos hombres nos apartaremos de Aydindril.

— Tenemos que atravesar las montañas para llegar allí. La Grieta de las Arpías es un paso tan bueno como cualquier otro.

Chandalen seguía inmóvil, sin hacer ademán de recuperar su capa.

— Pero si vamos por ahí nos toparemos con un ejército de miles de soldados. Dijiste que querías llegar hasta Aydindril sin meterte en problemas. Si vamos por ahí, los tendremos.

Kahlan se agachó colocando una bota encima de la raqueta y empezó a atársela. Los semblantes de las muchachas asesinadas flotaban ante sus ojos.

— Soy la Madre Confesora y no pienso permitir que algo así suceda en la Tierra Central. Es mi responsabilidad.

Los hombres se miraron entre sí, incómodos. Por fin, los hermanos fueron a recuperar sus raquetas, pero Chandalen no.

— Dijiste que tu responsabilidad era ir a Aydindril tal como Richard el del genio pronto te pidió que hicieras. Dijiste que debías hacerlo por él.

Kahlan dejó de atarse por un momento la raqueta en el otro pie y se vio invadida por una sensación de angustia. Pensó en las palabras de Chandalen, pero sólo brevemente.

— No estoy eludiendo mi responsabilidad. Pero somos gente barro y tenemos otras obligaciones.

— ¿Qué otras obligaciones?

— Hacia los espíritus —respondió Kahlan, dando ligeros toques al cuchillo de hueso que llevaba atado al brazo, bajo la capa—. Primero los jocopo, luego los bantak y ahora estos hombres prestaron oídos a unos espíritus que los incitaron a cometer actos perversos, espíritus que han logrado atravesar el velo. Tenemos una responsabilidad hacia los espíritus de nuestros antepasados y también hacia sus descendientes vivos.

También sabía que, para cerrar el velo, tenía que llegar hasta Zedd y conseguir ayuda para Richard. Era posible que Richard fuese el único capaz de cerrar el velo. Chandalen tenía razón: debían llegar a Aydindril.

Pero no podía olvidar los rostros de las jóvenes damas de compañía. El horror de lo que habían hecho con ellas no la abandonaba.

Los dos hermanos estaban sentados en el banco y se ponían las raquetas. Chandalen se acercó a ella y bajó la voz:

— ¿De qué nos servirá alcanzar al ejército? No está bien.

La mujer clavó su mirada en los ojos castaños del hombre, que no reflejaban desafío como en el pasado, sino sincera preocupación.

— Chandalen, los hombres que hicieron esto y luego marcharon hacia el este son quizá cincuenta mil. Y quienes cerraron las puertas en palacio y ahora los persiguen serán unos cinco mil. Están furiosos, pero si alcanzan a los primeros, serán aniquilados. Si tengo una oportunidad de impedir que mueran cinco mil hombres, debo intentarlo.

— ¿Y si mueres en el intento? ¿Qué otro mal mucho peor nos acaecerá?

— Se supone que para eso estáis aquí vosotros tres: para que no me maten.

Cuando ya se encaminaba a la puerta, Chandalen la cogió suavemente del brazo y la hizo detenerse.

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