Esclavos de la oscuridad
- Автор: Гранже Жан-Кристоф
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
– El sobrecalentamiento al que me refiero quizá estimula que salgan a la superficie imágenes pertenecientes a nuestro inconsciente colectivo. Figuras ancestrales de nuestra cultura, hondamente arraigadas.
– Precisamente. Ahí está el problema. La criatura que perciben los sujetos debería responder a un arquetipo. Tener, por ejemplo, el aspecto tradicional del diablo. Cuernos, perilla, un rabo en punta.
– Estoy de acuerdo.
– Sin embargo, no es el caso. Lo hemos comprobado esta mañana. Y según mis informaciones, cada superviviente «ve» a un personaje distinto. Cada uno se encuentra con su propio diablo. ¿Cómo interpretaría usted esta singularidad?
– No la interpreto. Eso es lo que me hiela la sangre.
– ¿Por qué?
– Es como si Luc Soubeyras hubiera recordado algo que le ha ocurrido realmente. No se trata de un espejismo ni de una ilusión estereotipada, sino de un encuentro verdadero. Un encuentro con una criatura singular, una encarnación del mal que nadie más habría podido imaginar y que lo ha atrapado en el fondo del limbo.
Era el momento de proponer mi teoría psicoanalítica.
– Yo había pensado en una explicación para esos «encuentros».
– Adelante. -Sonrió-. Estoy seguro de que está impaciente por comentármela.
– Quizá el sujeto otorga a su visitante el rostro o la apariencia de un ser que pertenece a su pasado. Un personaje que detesta o teme.
– Prosiga.
– Ese intruso sería solo un recuerdo reciclado. La deformación de una persona cercana que le habría hecho daño o que lo habría aterrorizado durante su infancia. La NDE provocaría una construcción individual, en parte recuerdo, en parte alucinación.
Zucca asentía, pero de un modo irónico.
– Está pensando en la figura del padre, ¿no?
– Sí. Pero ya me he informado sobre los casos que conozco; ni el padre, ni la madre, ni siquiera un miembro del entorno de los testigos se parece a sus «diablos».
– ¿Tiene otro pitillo?
La llama de mi Zippo revoloteó en la oscuridad. Zucca lanzó una bocanada, hizo una pausa y luego confesó:
– Creo que la verdad es más sencilla. Más sencilla y más aterradora.
Con su cigarrillo, señaló el pabellón 21; habíamos dado una vuelta entera a los edificios.
– En cierta medida, estoy de acuerdo con usted. El aspecto del diablo de esas visiones está relacionado con el pasado de los sujetos. Hay algo oculto, secreto que aflora; es evidente. Es una representación individual del mal. Una escenificación personal de una figura del pasado. Pero no estoy de acuerdo en cuanto a la naturaleza del director de escena.
– ¿Qué significa eso?
– Para usted, se trataría simplemente de una representación del inconsciente. Una ilusión de la mente, un círculo cerrado. Para mí, en cambio, interviene un agente externo.
Me estremecí. El frío, la noche… y el miedo.
– ¿Usted cree en una intervención sobrenatural?
– Sí.
– Es algo insólito viniendo de un psiquiatra.
– Un psiquiatra no es un ingeniero que reduce el funcionamiento cerebral a las secreciones químicas o a un conjunto de estructuras mentales. Nuestro cerebro es un receptor. Una especie de radio. Capta las señales.
Mi intención era buscar un soporte racional. Decididamente, me había equivocado. Cambiando de tono, continuó:
– Mi idea es que el sobrecalentamiento de las neuronas reactiva una percepción primitiva. Digamos que abre una puerta a una realidad paralela. Para ser breve diría: al más allá.
Me sentía cada vez más incómodo. Por supuesto que yo también creía en esa puerta. Era una de las claves de la fe cristiana. El éxtasis de san Pablo en el camino de Damasco, las apariciones de san Francisco de Asís, las visiones de Teresa de Ávila eran solo destellos trascendentes surgidos a través de esa abertura.
Zucca prosiguió:
– Luc se ha acercado al final, ¿verdad? ¿Por qué no pensar que su cerebro ha estado «hiperreceptivo» y que ha entrevisto la otra orilla?
Las palabras penetraron en mi mente y adquirieron todo su sentido. Empezaba a entrever una verdad peor que todas las demás.
– Por tanto, si comprendo bien -repliqué-, ¿habría un demonio que nos esperaría del otro lado de la vida? O mejor dicho, ¿figuras detestables de nuestra existencia terrenal que nos acecharían en la muerte para hacernos sufrir… eternamente?
– Sí, eso es lo que se desprendería de la sesión de esta mañana.
– ¿Sabe de qué está hablando?
Me observó fríamente, parapetado detrás de sus manchas rojas.
– Por supuesto.
– Usted está hablando del infierno.
– Desde el comienzo, nadie habla de otra cosa.
100
La nave de los locos.
Navegaba a bordo de un barco de zumbados y ya no había modo de desembarcar. Desde la juez budista hasta el psiquiatra visionario, pasando por el madero poseído. Me sentía solo en ese círculo de dementes, aferrándome desesperadamente a la razón como a la borda de un navío en plena tempestad.
Sin embargo, la tentación de lo sobrenatural me presionaba cada vez con mayor intensidad. Zucca tenía razón. En cierto sentido, era la solución más sencilla. Un anciano con los cabellos luminiscentes. Un ángel con colmillos agresivos. Un niño con las carnes desgarradas. Sí, ante semejantes criaturas era difícil no ceder a la tentación. El diablo y su ejército constituían la explicación más aceptable.
Pero seguía resistiéndome. Debía encontrar una explicación racional para ese caos. Fui a toda velocidad hacia el centro de París, con la sirena aullando y las manos crispadas sobre el volante. En las inmediaciones de Notre-Dame, en la orilla izquierda, giré para tomar el puente de Saint-Michel y dirigirme al quai des Orfèvres. De repente, se me ocurrió otra idea. Aquella mañana, el padre Katz, el sacerdote exorcista, me había dado su tarjeta. Su despacho, en el centro diocesano de exorcismo de París, estaba a cincuenta metros, en la rue Gît-le-Cœur.
Otro golpe de volante.
Seguí por la orilla izquierda hacia esa dirección.
Volvía a ver al hombrecito negro lanzando disimuladamente los chorritos de agua bendita.
Ya puestos, podía acabar el día completando la lista de iluminados.
– El diablo es el adversario -dijo el padre Katz con el índice señalando al techo-. El obstáculo. El nombre de Satán proviene de la raíz hebraica «stn»: «el opositor», «el que obstaculiza». Luego fue traducido al griego como «diabolos», del verbo «diaballein»: «obstaculizar».
Asentí con la cabeza educadamente, contemplando la celda del exorcista. Estrecha, alargada, en el extremo había una ventana en forma de media luna, el detalle que faltaba para completar la semejanza con una cabina de galeón pirata. Sin embargo, era la casa de un soldado de Dios. No faltaba nada: los viejos libros esotéricos, los papeles amarillentos, la cruz en la pared y sobre el escritorio, un cuadrito representando un Descendimiento de la Cruz.
Katz seguía con su conferencia magistraclass="underline"
– No se comenta con frecuencia, pero la presencia del diablo es casi inexistente en el Antiguo Testamento. Está ausente porque Dios. Yahvé, todavía no es completamente bueno. Asume el mal que ha hecho. No necesita alguien que se responsabilice de sus malas obras. Recuerde a Isaías: «Dios hace el bien, Él crea también el mal». Satán aparece en el Nuevo Testamento. Es incluso omnipresente. ¡Se le cita por lo menos ciento ochenta y ocho veces! Esta vez, Dios es perfecto, por lo que hay que encontrar algún culpable del mal que reina en la tierra. Existe otra razón. Hoy en día se diría que es un problema de casting. Si el hijo de Dios desciende a la tierra, no es para enfrentarse a naderías. Necesita un adversario de su calibre. Un ser sobrenatural, poderoso, corruptor, que intenta imponer su ley. Será el Príncipe de las Tinieblas. ¡No olvidemos que Jesús era un exorcista! A lo largo de las páginas del Evangelio, no cesa de extraer los malos espíritus de los cuerpos de los poseídos que encuentra.