La Fragancia De La Flor Del Café
- Автор: Veloso Ana
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
– Si es niño no podremos ponerle ese gorro.
– ¡Vita, por favor! No me importa hacer toda la ropa de bebé en dos colores. Lo que no nos sirva lo regalaremos. Al fin y al cabo, no tenemos muchas cosas que hacer aquí toda la tarde…
– Cierto. Sinceramente, las labores ya me salen por las orejas.
– Entonces léeme algo. O toca algo agradable al piano.
– También estoy harta de eso. ¡Ay, Joana! ¿Por qué no vamos a Vassouras, hacemos algunas compras inútiles, vamos al teatro, comemos en un restaurante y pasamos la noche en el Hotel Imperial? No aguanto aquí por más tiempo.
– Ni hablar. En tu estado, imposible. En primer lugar, no está bien que te dejes ver así en público. En segundo lugar, no te sentaría bien el traqueteo del coche hasta Vassouras.
– Creo que te equivocas. Cuanto más me muevo, más tranquilo está el bebé. Me parece que le gusta que le agiten y le muevan -Vitória dejó su labor a un lado, se puso de pie y empezó a girar en círculos-. ¡Y cómo me gustaría bailar! Estoy impaciente por volver a Río. La vida en el valle es realmente monótona.
– Bueno, tendrás que aguantar unos meses más. Y piénsalo, Vita: en verano hace un calor tan insoportable en Río que allí tampoco estarías a gusto. Además muchos de nuestros conocidos no están en la ciudad, sino en las montañas. Aquí estamos muy bien. Puedes bañarte en el río como a ti te gusta, sin que te vea nadie. Puedes estar al aire libre todo lo que quieras. La casa está ahora muy acogedora, y desde que ha llegado Luiza no te puedes quejar de la comida. Pero te comportas como una niña mimada.
– Tienes razón. Estaré tranquila, seré agradecida y humilde y disfrutaré animosa de las alegrías de ser madre.
Joana se rió.
– Después de lo que le dijiste ayer al pobre Luíz nadie te verá como una santa a la que hay que tocar con guantes de terciopelo.
– Mejor. Aunque se había ganado el rapapolvo, el viejo borracho. Yo sólo emplee algunas palabras fáciles de entender.
Vitória sonrió satisfecha al recordar las duras reprimendas que le echaba al viejo. Pero no se podía tratar de otro modo a los negros. Si Joana y ella eran demasiado amables, si se comportaban como unas auténticas damas, ellos pensarían que podían hacer lo que quisieran. Faltaba un hombre en la casa. A diferencia de ellas, un hombre podía gritarles y ser brusco sin perder por ello su distinción. ¡Bah! ¿Qué importaba que los negros la tomaran por una senhora poco delicada? Lo importante era que hicieran su trabajo.
Y en Boavista había trabajo de sobra. Siempre que después de un gran esfuerzo creían poder disfrutar de un merecido descanso, había algún nuevo asunto que resolver. Apenas habían terminado de arreglar el tejado de las senzalas, aparecía una gotera en el tejado de la casa grande; cuando ya habían arado amplias zonas de los campos de café abandonados, había que empezar con la cosecha de maíz; justo al finalizar la renovación del interior de la casa, las cuadras amenazaban con derrumbarse después de una fuerte tormenta. Vitória había contratado a más empleados, recolectores y jardineros, así como a una lavandera y un cochero, pero la organización ya era un trabajo que le suponía un gran esfuerzo. También había que planificar el futuro. No podían seguir actuando sin cabeza, recolectando aquí y sembrando allí, haciendo una reparación superficial aquí y un arreglo provisional allá. A la larga no podían invertir sólo en soluciones de urgencia, sino que tenían que perseguir un objetivo concreto. Pues Vitória tenía la intención de convertir a Boavista en una fazenda a pleno rendimiento y productiva. El cultivo del café era una utopía sin los esclavos y sin suficientes inmigrantes europeos. Sí, pensó Vitória, los paulistas han sido más listos que nosotros: atrajeron a los primeros inmigrantes, y los europeos que seguían llegando al país querían instalarse ahora en la provincia de Sao Paulo, donde podían hablar en su idioma y mantener sus costumbres. “Quizás podríamos plantar naranjos”, se planteó Vitória. No requería tantos trabajos como el cultivo del café, y las condiciones climáticas del valle eran muy apropiadas. ¿O debían centrarse en la ganadería? La gran extensión de sus campos permitía criar grandes rebaños. Pero antes de tomar una decisión debía encontrar un administrador que fuera trabajador y de confianza, pues su estancia en Boavista iba a ser limitada. También debería buscar un ama de llaves que supiera hacerse cargo de una casa como aquélla. Ahora que estaba otra vez en condiciones y que seguro pasarían en ella un par de meses todos los años, la mansión debía reflejar el nivel de sus inquilinos.
Vitória echó un vistazo al salón. Sí, con el sofá recién tapizado, las mullidas alfombras sobre el suelo bien encerado y los nuevos cuadros y fotografías en las paredes, la habitación tenía un aspecto muy acogedor. En las paredes habían puesto un papel pintado amarillo claro con hojas verdes que daba un ambiente muy alegre, los pesados muebles de madera oscura de sus padres habían sido sustituidos por elegantes muebles de madera de cerezo. Los sirvientes se adaptaron sorprendentemente bien a los cambios. Con sus atildados uniformes -una de las primeras innovaciones que introdujo Vitória- contribuían a dar un toque de distinción a la casa. Pero debían pulir todavía sus modales, aunque en los dos meses y medio que Joana y ella llevaban allí habían mejorado sustancialmente. ¿O los buenos modales se debían a la influencia de Luiza?
Como Luiza ya no era necesaria en la casa de Pedro y Joana en Sao Cristóvao, al final le pidieron a ella, y no a Mariana, que fuera con ellas a Boavista. Y Luiza había acudido enseguida a su lado, dejando claro que no podía estar más de tres meses sin ver a su “nieto” Felipe. Pero ahora Luiza no podía pensar en marcharse. Las Navidades estaban a la vuelta de la esquina, y tenía la obligación de preparar una buena cena a sus amas. Y después tampoco se podría ir: ¡no podía dejar sola a la sinhazinha cuando naciera su hijo!
Como si adivinara sus pensamientos, la vieja cocinera llamó en aquel momento a la puerta.
– Entra, Luiza. ¡Ah, veo que nos has preparado un chocolate!
– Sí, sinhazinha, y te lo vas a beber aunque me salgas otra vez con lo del calor. Nunca hace demasiado calor para tomar un chocolate. Y si sigues comiendo tan poco al menos tienes que beber algo bien nutritivo.
– Luiza, no como poco. Tomo raciones con las que antes podría haberme alimentado durante tres días. Si sigo así, después del parto voy a parecerme al senhor Alves.
– ¡Bebe!
Vitória tomó la taza y la olió.
– ¿Le has vuelto a poner pimienta?
– Claro. Y una pizca de nuez moscada y un pellizco de clavo en polvo. Un poquito de canela.
Vitória puso los ojos en blanco, mientras Joana sonreía a la cocinera.
– Me encanta tu chocolate con muchas especias. Levanta el ánimo.
Incluso Vitória tuvo que admitirlo. Aunque la bebida tenía un extraño sabor, resultaba muy reconfortante. Le recordaba a la niñez, a una época sin problemas ni preocupaciones, a la agradable sensación de ser cuidado con cariño y sentirse querido.
– Gracias, Luiza. Puedes irte y fumarte tu pipa bien merecida. Joana cuidará de que me beba todo este asqueroso brebaje.
Vitória le guiñó un ojo a Luiza, y ésta fingió que lo interpretaba como un menosprecio de su dignidad como cocinera.
– ¡Pst, esto me pasa por ser buena! Aquí sólo recibo impertinencias -dijo saliendo de la habitación con un gesto de orgullo.
Tres días después de recibir la carta de Joana y, con ella, la vieja misiva de Vita, León estaba en la cubierta de un moderno barco correo y aspiraba con fuerza el aire salado del mar. Estaba tan frío que le dolían los pulmones y le llenaba los ojos de lágrimas. Sólo dos semanas, pensó León, y alcanzarían el Ecuador, y allí habría ya temperaturas más dignas del ser humano. Y entonces faltarían sólo otras dos semanas para llegar a Río. ¡Cuánto tiempo! Decían que aquel barco había hecho el viaje en el tiempo récord de veinticuatro días. ¡Veinticuatro días también era demasiado tiempo!