Choque de reyes [A Clash of Kings - es]
- Автор: Мартин Джордж Рэймонд Ричард
- Год: 2003
- Язык: испанский
- Год: Gigamesh
- ISBN: 84-932-7022-9
- Переводчик: Cristina Macia
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
Se arrodilló ante la Madre.
—Mi señora, contemplad esta batalla con ojos de madre. Todos son hijos. Protégelos si puedes, y protege también a mis hijos. Guarda a Robb, a Bran y a Rickon. Ojalá estuviera con ellos.
El ojo izquierdo de la madre estaba cruzado por una grieta. Parecía como si llorara. Desde allí Catelyn oía la voz retumbante de Ser Wendel, y de cuando en cuando las respuestas sosegadas de Ser Robar. Estaban hablando de la batalla que se avecinaba. Aparte de eso, la noche era tranquila. No se oía ni un grillo, y los dioses guardaban silencio. «¿Te respondieron alguna vez tus antiguos dioses, Ned? —se preguntó—. Cuando te arrodillabas ante tu árbol corazón, ¿crees que te oían?»
La luz titilante de la antorcha parecía danzar sobre las paredes, hacía que los rostros casi parecieran vivos, los retorcía y los cambiaba. En los grandes septos de las ciudades las estatuas tenían los rostros que les habían dado los tallistas, pero aquellos dibujos al carbón eran tan rudimentarios que podían representar a cualquiera. El rostro del Padre le recordaba a su padre, moribundo en un lecho de Aguasdulces. El Guerrero era Renly, y Stannis, y Robb, y Robert, y Jaime Lannister, y Jon Nieve. Incluso vio a Arya en aquellas líneas, aunque fuera sólo por un momento. Entonces una ráfaga de viento entró por la puerta, la antorcha chisporroteó y el parecido se esfumó en un resplandor anaranjado.
El humo hacía que le escocieran los ojos. Se los frotó con las manos llenas de cicatrices. Al mirar de nuevo a la Madre vio el rostro de la suya. Lady Minisa Tully había muerto durante el parto al tratar de dar a Lord Hoster un segundo hijo. El bebé pereció con ella, y también su padre pareció perder una parte de su vida.
«Era tan tranquila… —pensó Catelyn al recordar las manos suaves de su madre y su sonrisa cálida—. Qué diferentes habrían sido nuestras vidas si ella no hubiera muerto. —Se preguntó qué pensaría Lady Minisa de su hija mayor si la viera allí arrodillada ante ella—. He recorrido muchos miles de leguas, ¿y para qué? ¿A quién he ayudado? He perdido a mis hijas, Robb no me quiere a su lado, y Bran y Rickon deben de pensar que soy una madre fría y despegada. Ni siquiera estuve con Ned cuando murió…»
La cabeza le zumbaba, y el sept parecía dar vueltas en torno a ella. Las sombras se movían y cambiaban como animales furtivos que corrieran por las paredes blancas agrietadas. Catelyn no había comido aquel día. Tal vez no había sido buena idea. Se dijo que no había tenido tiempo, pero lo cierto es que la comida había perdido todo sabor en un mundo donde ya no estaba Ned. «Cuando le cortaron la cabeza también me mataron a mí.»
A su espalda la antorcha chisporroteó, y de pronto le pareció ver en la pared el rostro de su hermana, aunque los ojos eran más duros de como los recordaba. No, no eran los ojos de Lysa, sino los de Cersei. «Cersei también es madre. No importa quién sea el padre de esos niños, los sintió dar patadas en su vientre, los parió con sangre y dolor, los alimentó de su pecho… Si de verdad son de Jaime…»
—¿También Cersei os reza, mi señora? —preguntó Catelyn a la Madre.
Veía en la pared los rasgos altivos, fríos y hermosos de la reina Lannister. La grieta seguía en su sitio; hasta Cersei lloraría por sus hijos.
—Cada uno de los Siete encarna a todos los Siete —le había dicho en cierta ocasión el septon Osmynd.
Había tanta belleza en la Vieja como en la Doncella, y la Madre podía ser más fiera que el Guerrero si veía a sus hijos en peligro. «Sí…»
En Invernalia se había fijado lo suficiente en Robert Baratheon para darse cuenta de que el rey no sentía ningún cariño por Joffrey. Si era cierto que el niño era de la semilla de Jaime, Robert lo habría matado junto con su madre, y pocos lo habrían condenado. Los bastardos eran cosa bastante común, pero el incesto era un pecado monstruoso para los dioses, antiguos y nuevos, y los hijos fruto de tal iniquidad se consideraban abominaciones tanto en los septos como en los bosques de dioses. Los caballeros dragón se habían casado entre hermanos, pero por sus venas corría la sangre de la antigua Valyria, donde esas prácticas eran habituales, y al igual que los dragones, los Targaryen no respondían ni ante los dioses ni ante los hombres.
Ned debió de averiguarlo, igual que Lord Arryn antes que él. No era de extrañar que la reina los hubiera matado a ambos. «¿Acaso haría yo menos por mis hijos?» Catelyn apretó las manos, sintió la rigidez de sus dedos heridos, allí donde el acero del asesino había cortado hasta el hueso cuando ella luchó por salvar a su hijo.
—Bran también lo sabe —susurró, bajando la cabeza. «Dioses misericordiosos, seguro que vio algo, que oyó algo, por eso intentaron matarlo en su lecho.»
Perdida, cansada, Catelyn se puso en manos de sus dioses. Se arrodilló ante el Herrero, que arreglaba lo que estaba roto, y le pidió que protegiera a su dulce Bran. Luego acudió a la Doncella y le suplicó que prestara su coraje a Arya y a Sansa, que las guardara en su inocencia. Al Padre le rogó justicia, la fuerza para buscarla y la sabiduría para reconocerla; y al Guerrero que diera energía a Robb y lo escudara en la batalla. Por último se volvió hacia la Vieja, cuyas estatuas solían mostrarla con una lámpara en una mano.
—Guiadme, mujer sabia —rezó—. Mostradme el camino que debo recorrer y no dejéis que tropiece en los lugares oscuros que habré de atravesar.
Oyó un sonido de pisadas tras ella, y un ruido en la puerta.
—Mi señora —dijo Ser Robar con gentileza—, perdonadme, pero se nos acaba el tiempo. Tenemos que estar de vuelta antes del amanecer.
Catelyn se levantó, entumecida. Le dolían las rodillas, y en ese momento habría dado cualquier cosa por un lecho de plumas y una almohada.
—Gracias, ser. Estoy preparada.
Cabalgaron en silencio por el bosque ralo, donde los árboles se inclinaban como ebrios para protegerse del mar. El relincho nervioso de los caballos y el sonido del acero los guiaron de vuelta al campamento de Renly. Las largas hileras de hombres y caballos llevaban armaduras negras, de oscuridad tan cerrada como si el Herrero en persona hubiera martillado la noche hasta convertirla en acero. Había estandartes a su derecha, estandartes a su izquierda, y frente a ella estandartes y más estandartes, pero en la penumbra que precedía al amanecer no era posible distinguir colores ni blasones.
«Un ejército gris —pensó Catelyn—. Hombres grises a lomos de caballos grises con estandartes grises.» Mientras esperaban a caballo, las sombras de los caballeros de Renly elevaron sus lanzas, de manera que cabalgó a través de un bosque de árboles erguidos y desnudos, carentes de hojas y de vida. El lugar donde se alzaba Bastión de Tormentas era simplemente una oscuridad aún más cerrada, un muro de negrura que ninguna estrella conseguía iluminar, pero alcanzó a ver las antorchas que se movían por los prados donde se había montado el campamento de Lord Stannis.
Las velas que había dentro del pabellón de Renly hacían que las paredes de seda parecieran brillar, y transformaban la gran tienda en un castillo mágico lleno de luz esmeralda. Dos miembros de la Guardia Arcoiris estaban de centinelas ante la puerta del pabellón real. La luz verdosa arrancaba un brillo extraño de las ciruelas púrpura del chaleco de Ser Parmen, y daba un color enfermizo a los girasoles que cubrían cada centímetro de la armadura amarilla de Ser Emmon. De sus yelmos brotaban largos penachos de seda, y las capas arco iris les cubrían los hombros.
En el interior Catelyn se encontró a Brienne, armando al rey para la batalla, mientras Lord Tarly y Lord Rowan hablaban de tácticas y disposiciones. Allí hacía un calor agradable, gracias a una docena de pequeños braseros de hierro.
—Tengo que hablar con vos, Alteza —dijo, concediéndole por una vez el tratamiento real, cualquier cosa con tal de que la atendiera.