Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Научная фантастика » El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]
El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es] - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
1 ... 133 134 135 136 137 138 139 140 141 ... 189
Перейти на страницу:

Cuando salió la chica, el sargento Hooker sonrió ampliamente.

—Qué buena vida, Cacahuete.

La sonrisa de Nassor se desvaneció al oír aquel apelativo.

—¡Por el amor de Dios, no me llames eso!

—De acuerdo. Aquí no nos oye nadie.

—Sí, pero podrías olvidarte.

Alim se estremeció. No le habían llamado Cacahuete desde que estaba en octavo grado, cuando estudiaron la vida de George Washington Carver, e inevitablemente el nombre fue adjudicado a George Washington Carver Davis hasta que él terminó con el asunto a fuerza de puñetazos y empotrando una hoja de afeitar en una pastilla de jabón...

—No se encuentra gran cosa por ahí —dijo Hooker. Tomó un sorbo de té, cuyo calorcillo era gratificante.

—No.

De su expedición exploratoria no salió nada de lo que habían esperado, excepto durante una pausa de la lluvia, cuando vieron que las cumbres de la Sierra Alta estaban nevadas. ¡Nieve en agosto! Nassor se había asustado, aunque Hooker decía que a veces había nevado en la Sierra Alta, antes del martes fatídico en que llegó el cometa.

Ambos hombres se sentían incómodos, a pesar del té caliente y el calor de la tienda, a pesar del lujo de estar secos, porque tenían muchas cosas de las que hablar y ninguno de ellos quería empezar. Ambos sabían que pronto deberían elegir. Su campamento estaba demasiado cercano a las ruinas de lo que había sido Bakersfield. Entre las cenizas y la destrucción de la ciudad había mucha gente que podría unirse, más que suficiente para presentarse allí y terminar con Nassor y Hooker. Todavía no se habían organizado. Los supervivientes vivían en grupos pequeños, desconfiaban unos de otros, se peleaban por restos de comida abandonada en los supermercados y almacenes, los restos que Hooker y Nassor habían dejado.

La situación era simple: juntos, Alim y Hooker tenían suficientes hombres y municiones para librar una buena batalla. Si la ganaban, tendrían lo suficiente para resistir. Si la perdían, estarían acabados. Y habían desvalijado aquella región. Tendrían que marcharse, pero ¿adonde?

—Maldita lluvia —musitó Hooker.

Alim tomó un sorbo de té y asintió. Ojalá cesara la lluvia. Si Bakersfield se secaba no habría problema. Sólo tendrían que esperar un buen día con fuertes vientos, y siempre los había, y quemar toda la maldita ciudad. Bastaría un centenar de incendios bien situados, y una tormenta de fuego barrería la ciudad sin dejar rastro detrás. Bakersfield ya no sería una amenaza.

Y las lluvias iban remitiendo poco a poco. El día anterior habían tenido una hora de sol. Hoy el sol casi se mostraba entre las nubes y aún no era mediodía.

—Disponemos de seis días —dijo Hooker—. Luego empezaremos a pasar hambre. Si hay bastante hambre, encontraremos algo que comer, pero...

No terminó la frase. No era necesario. Alim se estremeció. El sargento Hooker vio la expresión de Alim y su boca sé torció en un gesto de desprecio.

—Tú también lo harás —dijo Hooker.

—Lo sé.

El recuerdo volvió a hacerle estremecer. Recordó el granjero al que Hooker había abatido, los olores del cocido, el reparto de las porciones del hombre. Todo el mundo en el campamento tomó un cuenco de sopa, y Hooker vigiló que nadie se quedara sin comer. Aquel horrendo ritual era lo que mantenía al grupo unido. Alim tuvo que disparar a uno de los hermanos que no quiso comer. Y a Mabe. Al final lo hizo. Su festín ritual le permitió matar a Mabe y desembarazarse de aquel pendón perturbador. Mabe se negó a comer.

—Es curioso que nunca lo hicieras antes —dijo Hooker.

Nassor no dijo nada ni cambió de expresión. La verdad era que jamás se les había ocurrido la posibilidad de comer gente, a ninguno de ellos, y eso era una fuente de orgullo secreto para Alim. Los suyos no eran caníbales. Se habían visto obligados a comer carne humana, porque aquella era la única forma de que Hooker les permitiera unirse a él.

—Puedes considerarte afortunado por haber tenido aquel tasajo —dijo Hooker, como regodeándose en el tema—. Nunca has estado bastante hambriento. Sí, has sido afortunado.

—¿Afortunado, dices? ¡Afortunado! —El tono de Alim sorprendió a Hooker—. Había una tonelada de tasajo en aquella furgoneta, y no sacamos ni un kilo por culpa de ese hijo de perra. —A través de la abertura de la tienda miró hacia un negro esbelto que hacía guardia cerca del fuego—. Ese, ese maldito Hannibal.

Hooker frunció el ceño.

—¿Ese al que obligaste a hacer todo el trabajo? ¿Perdió algo de comida?

El recuerdo de lo ocurrido enfureció a Alim.

—Comida y licor. Escucha, podíamos olerlo, estuvo a punto de enloquecernos. ¿Has visto las quemaduras de Gay? Creímos que iba a morir, y todos nos quemamos tratando de...

—¿De qué diablos me estás hablando?

—Ah, no lo sabes. —Alim alcanzó un pequeño baúl situado detrás de él, lo abrió y sacó una botella de whisky barato, robada en una tienda—. Estábamos juntos —siguió diciendo—. Yo, mi gente y algunos otros. Y volvimos allí, pero no podíamos pensar... Todos los blancos...

El sargento Hooker se inclinó por encima de la mesa y abofeteó a Alim con fuerza. Alim se llevó la mano a la pistola, pero se detuvo.

—Gracias.

Hooker asintió.

—Ahora cuéntame lo que ocurrió.

—Los blancos, los ricos de Bel Air... La mitad de ellos se largaron abandonando sus casas. Las dejaron llenas de cosas. Sólo tuvimos que ir allí con camiones y recorrer las casas... —Hizo una pausa y sonrió recordando aquellos días—. Nos hicimos ricos. El reloj que te di. Y este anillo. —Alzó la mano para que el ágata reflejara la luz—. Televisores, aparatos de alta fidelidad, alfombras persas, persas auténticas, la clase de cosas por las que te pagan veinte de los grandes. Toda clase de cosas, Gancho. Éramos ricos.

Hooker asintió. Sí, a él le habían ido peor las cosas. Aquello todavía le hacía sentirse incómodo. Hooker había sido soldado. Podían haberle enviado a Bel Air para disparar contra los malditos saqueadores. Aquel era un mundo loco.

—Y encontramos un alijo de drogas —dijo Alim—. Coca, aceite de hashish, hierba, y todo de lo mejor. Lo cogí antes de que mis chicos pudieran colocarse allí mismo.

Hookey bebió un trago de whisky.

—¿Lo consumiste todo tú solo?

—No seas tan mal pensado. No, yo no lo consumí. Ni siquiera lo intenté. Sólo quería dejar claro que no les permitiría drogarse allí. Había policías y patrullas por todas partes..

—Sí.

—Y entonces cayó el maldito cometa. Salimos pitando, por caminos, carreteras, por donde pudimos, en dirección a Grapevine, pero el camión empezó a fallar. Estábamos en un camino, pues tratábamos de mantenernos alejados de las autopistas. Así que llegamos a lo alto de una colina y vimos que un furgón venía detrás de nosotros. Un furgón azul claro con cuatro motoristas, todos con escopetas y rifles, como una diligencia de película escoltada por el ejército...

—No me digas. —Hooker se sirvió más whisky. Dentro de poco tendrían que hablar en serio, pero era agradable beber, tomar un trago, no pensar en lo que deberían hacer ahora.

—Lo hicimos todo muy bien —dijo Alim—. Nos adelantamos bastante al furgón, derribamos un árbol con una sierra a pilas, en un sitio estrecho... ¡Tendrías que haberlo visto! Aquellas motos se paran y mis hombres estaban ante sus narices. No estábamos bien armados y tuvimos que usar mucha munición, pero al final todo, salió perfecto. No hicimos ningún agujero en las motos. Allí estaba el furgón, parado, y el conductor manos arriba... Y el furgón ni siquiera tenía un rasguño en su bonita pintura azul.

1 ... 133 134 135 136 137 138 139 140 141 ... 189
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)