Encrucijada en el crepúsculo
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #10
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Encrucijada en el crepúsculo». Краткое содержание книги:
La heredera del Trono de Andor, rodeada de enemigos y de amigos siniestros que planean su destrucción, puede caer en manos de la Sombra y arrastrar consigo al Dragón Renacido, y Egwene al’Vere pone sitio al centro de poder Aes Sedai, pero ha de vencer con rapidez para evitar que los Asha’man sean los únicos capaces de defender el mundo del Oscuro.
Tras limpiar la mitad masculina de la Fuente Verdadera, Rand al’Thor se ve obligado a correr grandes riesgos sin saber con certeza quiénes son sus aliados y quiénes son sus enemigos.
Las dos Aes Sedai que encauzaban en la mesa más próxima a la entrada, Kairen y Ashmanaille, también tenían audiencia: Janya Frende, una Asentada del Marrón, y Salima Toranes, una Asentada del Amarillo. Todas, Aes Sedai y novicias, ejecutaban la misma tarea. Delante de cada una de ellas, una tupida red tejida con Tierra, Fuego y Aire rodeaba un cuenco pequeño o una taza u otro recipiente similar, todos hechos por los herreros del campamento, que no alcanzaban a entender para qué querían las hermanas tales objetos fabricados con hierro, por no mencionar el hecho de tener que realizarlos tan delicadamente como si fueran de plata. Un segundo tejido, formado con Tierra y Fuego, penetraba cada red para tocar el recipiente, que poco a poco se iba tornando blanco. En todos los casos, muy, muy despacio.
La habilidad con el tejido mejoraba con la práctica, pero de los Cinco Poderes, la clave era la Tierra, y aparte de la propia Egwene sólo nueve hermanas del campamento —junto con dos de las Aceptadas y casi dos docenas de novicias— poseían suficiente fuerza en él para conseguir que los tejidos funcionaran. No obstante, entre las hermanas eran contadas las que querían emplear tiempo en eso. Ashmanaille, tan delgada que daba la impresión de ser más alta de lo que realmente era, tamborileaba los dedos en el tablero de la mesa a ambos lados de la sencilla taza de metal que tenía delante y miraba ceñuda e impaciente cómo el borde del blanco ascendía un poco más arriba de la mitad del recipiente. Los ojos azules de Kairen contemplaban con tal frialdad la copa alta con la que trabajaba y en la que sólo se veía un fino borde blanco en el fondo, que parecía que su mirada sería suficiente para hacerla añicos. Debía de haber sido Kairen a quien Egwene había visto entrar en la tienda.
Empero, no todas mostraban tan poco entusiasmo. Janya, delgada, con el vestido de seda de color bronce pálido y el chal de flecos marrones echado sobre los brazos, observaba lo que hacían Kairen y Ashmanaille con el anhelo de quien querría poder hacer lo mismo. Janya deseaba saber todo, cómo se hacía y por qué ocurría así. Había experimentado una gran decepción cuando le resultó imposible crear ter’angreal —sólo tres hermanas aparte de Elayne lo habían logrado hasta ese momento, con resultados muy irregulares—, de modo que había puesto un gran empeño en aprender esta habilidad incluso después de que la prueba dejara claro que le faltaba fuerza en el uso de la Tierra.
Salima fue la primera que reparó en Egwene. De cara redonda y tez casi tan oscura como el carbón, la miró de forma inexpresiva y los flecos amarillos de su chal se mecieron un tanto cuando hizo una reverencia correctamente precisa, medida al centímetro. Ascendida a Asentada en Salidar, Salima formaba parte de una pauta inquietante: demasiadas Asentadas excesivamente jóvenes para ese puesto. Hacía sólo treinta y cinco años que Salima era Aes Sedai, y rara vez se nombraba para tal cargo a una mujer que no hubiese llevado el chal durante un siglo o más. Es decir, Siuan veía en ello una pauta y le resultaba inquietante aunque no sabía decir el porqué. A Siuan siempre le producía inquietud no entender cualquier pauta. Aun así, Salima había sido partidaria de declarar la guerra a Elaida y solía apoyar a Egwene en la Antecámara. Pero no siempre, y no en eso.
—Madre —saludó con frialdad.
Janya levantó bruscamente la cabeza y sonrió de oreja a oreja. También había apoyado la guerra y, a excepción de Lelaine y Lyrelle, dos de las Azules, era la única que había sido Asentada antes de que la Torre se dividiera, y si no respaldaba invariablemente a Egwene, en eso sí lo hacía. Como ocurría siempre, habló a borbotones.
—Nunca dejará de maravillarme esto, madre. Es simplemente asombroso. Sé que no tendríamos que sorprendernos ya cuando planteáis algo que no se le había ocurrido a nadie. A veces pienso que nos empeñábamos demasiado en hacer las cosas de determinada manera, convencidas de lo que éramos capaces de hacer y de lo que no. Sin embargo, ¡discurrir cómo hacer cuendillar…! —Hizo una pausa para respirar y Salima aprovechó la interrupción para intervenir suavemente. Y con frialdad.
—Sigo pensando que está mal —manifestó, firme—. Admito que el descubrimiento fue algo brillante por vuestra parte, madre, pero las Aes Sedai no deberían crear cosas para… venderlas. —Salima utilizó el término con todo el desdén de una mujer que aceptaba las rentas de sus heredades en Tear sin plantearse siquiera de dónde habían salido. No era una actitud inusual, a pesar de que la mayoría de las hermanas vivían de la generosa asignación anual de la Torre. O lo habían hecho antes de que la Torre se dividiera—. Y para colmo —continuó—, casi la mitad de las hermanas forzadas a hacer esto son Amarillas. Recibo quejas a diario. Nosotras, al menos, tenemos usos más importantes en los que emplear el tiempo que fabricar… baratijas. —Aquello la hizo merecedora de una mirada fulminante de Ashmanaille, una Gris, y otra gélida de Kairen, que era Azul, pero Salima hizo caso omiso. Era una de esas Amarillas que parecían pensar que los otros Ajahs eran simples complementos del suyo que, naturalmente, para ellas era el único que tenía un propósito útil.
—Y las novicias no deberían llevar a cabo tejidos de tal complejidad —agregó Tiana, que se reunió con ellas. La Maestra de las Novicias nunca se mostraba remisa en dirigirse a las Asentadas ni a la Amyrlin. Su expresión era contrariada y al parecer no se daba cuenta de que el gesto le marcaba más los hoyuelos, dándole apariencia de estar enfurruñada—. Es un descubrimiento extraordinario y desde luego yo no pongo objeciones al comercio, pero algunas de estas chicas son apenas capaces de conseguir que una bola de fuego cambie de color sin vacilaciones. Permitirles manejar tejidos como éste sólo conseguirá que sea más difícil impedirles que salten a cosas que no controlan, y la Luz sabe lo difícil que resulta ya eso. Puede que incluso se hagan daño a sí mismas.
—Bah, tonterías —exclamó Janya mientras agitaba la esbelta mano desestimando la mera idea—. Todas las chicas que se han elegido pueden crear ya tres bolas de fuego a la vez y esto sólo requiere un poco más de Poder. No existe peligro mientras una Aes Sedai supervise lo que hacen, y siempre hay alguna. He visto la lista de turnos. Además, lo que fabricamos en un día nos proporcionará suficiente para pagar al ejército durante una semana o más, pero las hermanas solas no pueden producir tanto ni de lejos. —Estrechó ligeramente los ojos, dando la sensación de estar viendo algo a través de Tiana. La avalancha de palabras no cesó, si bien parecía que hablaba consigo misma, al menos a medias—. Habremos de tener cuidado con las ventas. Los Marinos tienen una voraz apetencia por el cuendillar y todavía hay muchos barcos suyos en Illian y Tear, a decir de todos. Y los nobles de allí también lo buscan con avidez, pero hasta el hambre más voraz tiene un límite. Todavía no estoy segura de si será mejor aparecer con todo a la vez o sacarlo con cuentagotas. Antes o después, el precio del cuendillar empezará a caer. —De repente parpadeó y miró primero a Tiana y después a Salima, con la cabeza ladeada—. Entendéis a lo que me refiero, ¿verdad?