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Encrucijada en el crepúsculo

Электронная книга - «Encrucijada en el crepúsculo». Краткое содержание книги:

Mat Cauthon huye con la hija de las Nueve Lunas mientras la Sombra y el imperio seanchan emprenden una persecución implacable. Por su parte, las Aes Sedai sienten un inmenso flujo de Poder en un lejano paraje del oeste y temen que sea obra de los Renegados o incluso de la propia Sombra.
La heredera del Trono de Andor, rodeada de enemigos y de amigos siniestros que planean su destrucción, puede caer en manos de la Sombra y arrastrar consigo al Dragón Renacido, y Egwene al’Vere pone sitio al centro de poder Aes Sedai, pero ha de vencer con rapidez para evitar que los Asha’man sean los únicos capaces de defender el mundo del Oscuro.
Tras limpiar la mitad masculina de la Fuente Verdadera, Rand al’Thor se ve obligado a correr grandes riesgos sin saber con certeza quiénes son sus aliados y quiénes son sus enemigos.
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Desmontó delante de la tienda y entonces se topó con una dificultad insignificante. No había ningún sitio donde atar a Daishar. La Amyrlin siempre tenía alguien que corría a encargarse de las riendas del castrado; montones de novicias pasaban presurosas a su lado sin apenas dedicarle una mirada por encima, tomándola por una de las visitantes. A esas alturas, hasta la última novicia conocía de vista a todas las Aceptadas, pero pocas habían visto de cerca a la Amyrlin. Egwene ni siquiera tenía el semblante intemporal que les indicara que era Aes Sedai. Con una risa desganada, metió la mano en la bolsa del cinturón. La estola les mostraría quién era, y entonces podría ordenarle a una que sujetara su caballo durante unos minutos. A menos que pensaran que era una broma de mal gusto. Algunas novicias de Campo de Emond habían intentado quitarle la estola de un tirón para que no las metiera en líos. No, eso había quedado atrás y se había resuelto.

De pronto, la solapa se abrió y apareció Leane abrochándose la capa verde oscura con un broche de plata en forma de pez. La capa era de seda y ricamente bordada con hilos de plata y oro, al igual que el corpiño del traje de montar. También el envés de los guantes tenían bordados. Leane cuidaba minuciosamente su atuendo desde que se había unido al Ajah Verde. Sus ojos se abrieron sorprendidos al ver a Egwene, pero su semblante cobrizo recobró la inexpresividad al punto. Captó de inmediato la situación y alzó una mano para detener a una novicia que parecía encontrarse sola. Las novicias iban a clase en familia.

—¿Cómo te llamas, pequeña? —Leane había cambiado en muchas cosas, pero su eficiencia se conservaba intacta. Bueno, salvo cuando ella quería. Casi todos los hombres se volvían arcilla de alfarero en sus manos cuando la voz de Leane se tornaba lánguida, pero nunca desperdiciaba esa cualidad con las mujeres—. ¿Vas a hacer un encargo de una hermana?

La novicia, una mujer de ojos claros y que rondaba la madurez, con la tez perfecta de quien nunca ha pasado una jornada de trabajo en los campos, se quedó boquiabierta antes de recobrarse lo bastante para hacer una reverencia extendiendo la falda blanca con la destreza propia de la práctica. Leane, tan alta como la mayoría de los hombres pero esbelta, grácil y hermosa, tampoco tenía el semblante intemporal, pero su rostro era uno de los dos más conocidos en el campamento. Las novicias señalaban con sobrecogimiento a la hermana que en tiempos había sido la Guardiana y a la que habían neutralizado y posteriormente Curado, de modo que podía encauzar de nuevo, aunque no con tanta fuerza como antes. ¡Y que había cambiado de Ajah! Las mujeres de blanco más recientes ya habían aprendido que tal cosa nunca había ocurrido, pero por desgracia lo contrario empezaba a convertirse en parte del acervo popular. Resultaba difícil hacer que una novicia fuera despacio cuando no se podía advertir que se arriesgaba a poner fin a sus aspiraciones de conseguir el chal al sufrir la consunción y perder el Poder Único para siempre.

—Letice Murow, Aes Sedai —respondió respetuosamente la mujer con un cantarín acento murandiano. Dio la impresión de querer añadir algo, tal vez un título, pero una de las primeras lecciones al entrar en la Torre era que uno dejaba atrás lo que era antes. Para algunas resultaba una dura lección, sobre todo para las que tenían títulos—. Voy a visitar a mi hermana. No la he visto más de un minuto desde antes de salir de Murandy. —A las que eran familiares se las ponía en diferentes familias de novicias, al igual que a las mujeres que se conocían antes de inscribirse en el libro de novicias. Tal medida fomentaba que se hicieran nuevas amistades y cortaba las tensiones inevitables cuando una aprendía más deprisa que la otra o tenía un mayor potencial—. Tampoco tiene clases hasta por la tarde, y…

—Tu hermana tendrá que esperar un poco más, pequeña —la interrumpió Leane—. Sujeta el caballo de la Amyrlin.

Letice dio un respingo y miró fijamente a Egwene, que por fin había conseguido sacar la estola de la bolsa. Le entregó las riendas de Daishar a la mujer, se retiró la capucha y se puso la estrecha banda de tela sobre los hombros. Ligera como la pluma dentro de la bolsa, la estola cobraba su verdadero peso al llevarla puesta. Siuan afirmaba que a veces se podía sentir a cada mujer que la había llevado colgando de los extremos, un constante recordatorio de responsabilidad y deber, y Egwene lo creía a pies juntillas. La murandiana la contempló más boquiabierta que a Leane y tardó más en reaccionar para hacer la reverencia. Sin duda había oído que la Amyrlin era joven, pero no parecía probable que se hubiese parado a pensar cuán joven exactamente.

—Gracias, pequeña —dijo sosegadamente Egwene. Había habido un momento en que le había resultado extraño llamar «pequeña» a una mujer diez años mayor que ella. Con el tiempo todo cambiaba—. No será mucho rato. Leane, ¿quieres pedir a alguien que vaya a buscar a un mozo para que se ocupe de Daishar? Ahora que me he bajado de la silla prefiero seguir a pie, y a Letice se le debería permitir ver a su hermana.

—Me ocuparé personalmente, madre.

Leane le dedicó una grácil reverencia y se alejó sin dejar entrever lo más mínimo que había entre ellas algo más que aquel encuentro fortuito. Egwene confiaba en ella más que en Anaiya o incluso Sheriam. Desde luego, con ella no tenía secretos, como tampoco los tenía con Siuan. Pero su amistad sí era un secreto que había que seguir guardando. Para empezar, Leane tenía agentes dentro de Tar Valon, aunque no en la propia Torre, y sus informes llegaban a Egwene y a nadie más. En segundo lugar, a Leane se la mimaba por adaptarse tan bien a su posición actual, muy inferior a la anterior, y todas las hermanas la recibían con agrado aunque sólo fuera porque era la prueba viviente de que la neutralización, el mayor temor de cualquier Aes Sedai, era reversible. La recibían con los brazos abiertos y, puesto que ahora estaba por debajo de la mitad de las hermanas del campamento, a menudo hablaban delante de ella sobre asuntos que no querrían que supiera la Amyrlin. Así que Egwene ni siquiera le dirigió una mirada cuando se marchó y sí dedicó una sonrisa a Letice —que enrojeció y volvió a hacer una reverencia—, tras lo cual entró en la tienda mientras se quitaba los guantes y los sujetaba debajo del cinturón.

En el interior, ocho lámparas de pie se alineaban a lo largo de las paredes entre arcones bajos de madera. Las lámparas, una de ellas con un poco de dorado desgastado y el resto de hierro pintado, tenían todas un número distinto de brazos, pero proporcionaban buena iluminación, aunque había menos luz que en el exterior. Una colección de mesas que parecían proceder de siete cocinas de granja diferentes formaban una fila en el centro del suelo de lona, con los bancos de las tres más alejadas ocupados por media docena de novicias, cuyas capas aparecían dobladas a su lado; todas ellas estaban envueltas en el brillo del Poder. Tiana, la Maestra de las Novicias, rondaba anhelante a su alrededor, caminando entre las mesas; sorprendentemente, Sharina Melloy, una de las novicias inscritas en Murandy, hacía otro tanto.

Bueno, Sharina no rondaba exactamente; se limitaba a observar con aire tranquilo, y quizá no tendría que haberle sorprendido encontrarla allí. Era una abuela de aspecto regio, con el cabello gris recogido en un prieto moño bajo; había dirigido una familia muy numerosa con mano firme y parecía haber adoptado a todas las otras novicias como nietas o nietas de una hermana. Había sido ella quien las había organizado en aquellas pequeñas familias, sin ayuda de nadie y al parecer por el mero desagrado de ver a todo el mundo deambulando al tuntún. La reacción de la mayoría de las Aes Sedai era un hermético silencio si se les recordaba tal cosa, aunque habían aceptado el arreglo con bastante rapidez al darse cuenta de que resultaba mucho más fácil organizar las clases y estar al corriente de lo que hacían las novicias. Tiana inspeccionaba con tal atención el trabajo que realizaban las que se encontraban dando clase en ese momento, que saltaba a la vista su intento de hacer como si Sharina no estuviese allí. Baja y menuda, con grandes ojos marrones y hoyuelos en las mejillas, Tiana parecía joven a despecho de su semblante intemporal, sobre todo en contraste con la cara arrugada y las anchas caderas de la alta novicia.

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