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Encrucijada en el crepúsculo

Электронная книга - «Encrucijada en el crepúsculo». Краткое содержание книги:

Mat Cauthon huye con la hija de las Nueve Lunas mientras la Sombra y el imperio seanchan emprenden una persecución implacable. Por su parte, las Aes Sedai sienten un inmenso flujo de Poder en un lejano paraje del oeste y temen que sea obra de los Renegados o incluso de la propia Sombra.
La heredera del Trono de Andor, rodeada de enemigos y de amigos siniestros que planean su destrucción, puede caer en manos de la Sombra y arrastrar consigo al Dragón Renacido, y Egwene al’Vere pone sitio al centro de poder Aes Sedai, pero ha de vencer con rapidez para evitar que los Asha’man sean los únicos capaces de defender el mundo del Oscuro.
Tras limpiar la mitad masculina de la Fuente Verdadera, Rand al’Thor se ve obligado a correr grandes riesgos sin saber con certeza quiénes son sus aliados y quiénes son sus enemigos.
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—Las Asentadas que quedan en la Torre deberían estar dispuestas a hablar —intervino Carlinya con un suspiro—. Tienen que saber que cuanto más se prolongue el asedio, más posibilidades tendrá lord Gareth de encontrar los barcos. Empero, no sé cuánto tiempo mantendrán las conversaciones cuando se den cuenta de que nuestra intención no es rendirnos.

—Elaida insistirá en ese punto —murmuró Myrelle, si bien no parecía argumentar, sino estar hablando consigo misma, y Sheriam se estremeció y se arrebujó en la capa como si hubiese dejado que el frío la afectara.

Sólo Beonin parecía satisfecha, sentada con aire expectante en la silla y el cabello dorado como miel enmarcando una ancha sonrisa bajo la capucha. Sin embargo, no hizo hincapié en su postura. Era buena negociadora, a decir de todas, y sabía cuándo tenía que esperar.

—Dije que podías empezar —manifestó Egwene. No es que lo hubiese dicho con otra intención que ganar tiempo, pero si se quería vivir de acuerdo con los Tres Juramentos, entonces había que atenerse a lo que se decía. Egwene no veía el momento de sostener la Vara Juratoria. Entonces sería mucho más fácil—. Sólo asegúrate de tener mucho cuidado con lo que dices. A menos que piensen que nos han crecido alas para ir volando hasta allí, deben de suponer que hemos descubierto el Viaje, pero no podrán estar seguras hasta que alguien se lo confirme. Nos conviene que sigan con esa incertidumbre. Éste ha de ser un secreto que has de guardar tan celosamente como el de nuestros topos en la Torre.

Myrelle y Anaiya reaccionaron con un sobresalto al oír aquello y Carlinya miró en derredor con aire atemorizado, aunque ninguno de los Guardianes ni los soldados se encontraban lo bastante cerca para escuchar a menos que alguna gritara. Morvrin simplemente mostró una expresión aún más avinagrada. Incluso a Nisao se le puso mala cara, si bien no había tenido nada que ver con la decisión de enviar hermanas a la Torre en secreto, supuestamente en respuesta a la llamada de Elaida. A la Antecámara le encantaría enterarse de que había diez hermanas en la Torre intentando socavar la posición de Elaida de la forma que pudieran, aun cuando aparentemente el esfuerzo no había dado fruto hasta el momento, pero ni que decir tiene que las Asentadas no estarían en absoluto encantadas al comprender que se había guardado en secreto porque esas mujeres temían que alguna de las Asentadas pudiera ser del Ajah Negro. Revelar tal cosa sería tanto como que Sheriam y las otras revelaran los juramentos prestados a Egwene. Las consecuencias para ellas no serían muy diferentes. Hasta ese momento la Antecámara no había ordenado azotar a nadie, pero por la forma en que la mayoría de las Asentadas se irritaban por el tema del control de la guerra de Egwene, no sería de extrañar que aprovecharan la ocasión para demostrar que todavía tenían cierta autoridad a la par que expresaban su desagrado de manera contundente.

Al parecer, Beonin había sido la única que se había opuesto a esa decisión —al menos hasta que resultó evidente que las otras iban a seguir adelante de todos modos—, pero también exhaló un trémulo suspiro y en torno a sus ojos asomó cierta tensión. En su caso, era muy posible que el hecho de darse cuenta de repente de la responsabilidad que había asumido tuviera algo que ver en su estado de ánimo. Simplemente encontrar a alguien en la Torre que estuviera dispuesta a hablar podría resultar una tarea de enormes proporciones. Los informadores que tenían en Tar Valon sólo podían ofrecer rumores de lo que ocurría dentro de la Torre; las noticias de la propia Torre llegaban en un goteo espaciado de hermanas que se aventuraban en el Tel’aran’rhiod para atisbar reflejos fugaces del mundo de vigilia, pero hasta la última de esas pizcas indicaba que Elaida gobernaba por edicto y a capricho, sin que ni siquiera la Antecámara se atreviera a hacerle frente. El semblante de Beonin adquirió un matiz grisáceo, hasta el punto de dar la impresión de que se sentía peor que Nisao. El aspecto de Anaiya y las demás era tan lúgubre como la muerte.

Una oleada de pesimismo se adueñó de Egwene. Estas mujeres se encontraban entre las que se mostraban más firmes contra Elaida, hasta la remolona Beonin, que siempre quería hablar en lugar de actuar. Bueno, las Grises destacaban por creer que cualquier cosa se podía resolver hablando lo que hiciera falta. ¡Debería intentar eso con un trolloc alguna vez, o simplemente con un asaltante de caminos, y a ver hasta dónde llegaba! Sin Sheriam y las otras, la resistencia a Elaida se habría hecho añicos antes incluso de tener ocasión de cuajar. Y aun así había estado a punto de irse al garete. Sin embargo, Elaida seguía instalada en la Torre tan firmemente como antes, y después de todo lo que habían soportado, de todo lo que habían hecho, parecía que hasta Anaiya creía que todo se desmoronaba y acabaría en desastre.

¡No! Egwene respiró hondo, enderezó los hombros y se sentó erguida en la silla. Ella era la legítima Amyrlin, pese a lo que la Antecámara hubiera creído que conseguía cuando la habían ascendido, y tenía que mantener viva la rebelión contra Elaida para tener alguna esperanza de cerrar la brecha abierta en la Torre. Si conseguirlo requería una simulación de negociaciones, no sería la primera vez que las Aes Sedai habían fingido apuntar hacia un objetivo cuando su blanco era otro. Haría lo que fuera necesario para mantener viva la rebelión y derrocar a Elaida. Lo que fuera necesario.

—Alarga las conversaciones cuanto puedas —le dijo a Beonin—. Puedes hablar de cualquier cosa siempre y cuando mantengas en secreto lo que hay que mantener oculto, pero no pactes nada y haz que sigan hablando.

La Gris se tambaleó en la silla; ciertamente, parecía encontrarse en peores condiciones que Anaiya. Daba la impresión de estar a punto de vomitar. Cuando tuvieron el campamento a la vista, con el sol casi a mitad de recorrido del cenit, la escolta de caballería ligera se apartó y regresó hacia el río, dejando a Egwene y a las hermanas solas con los Guardianes el último kilómetro de recorrido sobre la nieve. Lord Gareth hizo una pausa como si quisiera hablar con ella de nuevo, pero finalmente hizo volver grupas a su zaino y salió al trote en pos de la caballería para alcanzarla cuando los jinetes se perdían de vista tras un bosquecillo. No sacaría a relucir su desacuerdo ni sus discusiones donde cualquiera pudiera oírle, y creía que Beonin y las otras eran lo que todo el mundo pensaba: los perros guardianes de los Ajahs. La entristecía un poco tener que ocultarle cosas, pero cuantos menos supieran el secreto más probabilidades había de que siguiera siéndolo.

El campamento era una expansión de tiendas de todo tipo, tamaño, color y estado de conservación que casi cubría un extenso prado bordeado de árboles, a mitad de camino entre Tar Valon y el Monte del Dragón, dentro de un anillo de estacadas de caballos, hileras de carretas y carros de casi tantos tipos como número de vehículos. El humo de chimeneas se elevaba en varios lugares a unos pocos kilómetros detrás de la línea de árboles, pero los granjeros del lugar no se acercaban salvo para vender huevos, leche y mantequilla, o a veces cuando uno necesitaba la Curación por algún accidente, y no había la menor señal del ejército que Egwene había llevado tan lejos. Gareth había concentrado sus fuerzas a lo largo del río, una parte ocupando las ciudades de los puentes en ambas riberas y el resto en lo que denominaban campamentos de reserva, situados donde los hombres pudieran acudir rápidamente a ayudar en la lucha si se producía la salida de fuerzas de la ciudad, por si acaso se equivocaba con el mayor Chubai. «Siempre hay que pensar en la posibilidad de que las suposiciones que se hacen son erróneas», le había dicho. Nadie objetó las posiciones que dispuso; bueno, en general, no. Siempre había un número mayor o menor de hermanas que estaban prestas a encontrarle defectos a cualquier detalle, pero dominar las ciudades de los puentes era la única forma de poner asedio a Tar Valon, después de todo. Es decir, por tierra. Y a muchas Aes Sedai les complació no tener soldados a la vista, aunque no por ello se les iban de la mente.

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