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Encrucijada en el crepúsculo

Электронная книга - «Encrucijada en el crepúsculo». Краткое содержание книги:

Mat Cauthon huye con la hija de las Nueve Lunas mientras la Sombra y el imperio seanchan emprenden una persecución implacable. Por su parte, las Aes Sedai sienten un inmenso flujo de Poder en un lejano paraje del oeste y temen que sea obra de los Renegados o incluso de la propia Sombra.
La heredera del Trono de Andor, rodeada de enemigos y de amigos siniestros que planean su destrucción, puede caer en manos de la Sombra y arrastrar consigo al Dragón Renacido, y Egwene al’Vere pone sitio al centro de poder Aes Sedai, pero ha de vencer con rapidez para evitar que los Asha’man sean los únicos capaces de defender el mundo del Oscuro.
Tras limpiar la mitad masculina de la Fuente Verdadera, Rand al’Thor se ve obligado a correr grandes riesgos sin saber con certeza quiénes son sus aliados y quiénes son sus enemigos.
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Tres Guardianes con las capas de color cambiante salieron cabalgando desde el campamento mientras Egwene y los demás se acercaban a él. Uno de ellos era muy alto y otro muy bajo, de manera que parecían ir colocados de forma escalonada. Hicieron una reverencia a Egwene y a las hermanas y saludaron con una inclinación de cabeza a los otros Guardianes que iban detrás. Todos tenían el aspecto peligroso de hombres tan seguros de sí mismos que no tenían que convencer a nadie de lo peligrosos que eran, lo que de algún modo hacía más evidente tal condición. «Un Guardián en estado de reposo y un león tomando un descanso», rezaba un viejo dicho entre las Aes Sedai. El resto se había perdido con los años, pero en realidad no era preciso decir nada más. Las hermanas no se confiaban totalmente respecto la seguridad aunque fuese un campamento lleno de Aes Sedai, dadas las circunstancias. Los Guardianes patrullaban atentamente en kilómetros a la redonda, cual leones haciendo su ronda.

Anaiya y las demás, a excepción de Sheriam, se dispersaron tan pronto como llegaron a la primera hilera de tiendas, pasadas las carretas. Cada cual buscaría a la cabeza de su Ajah para informar de la marcha hasta el río de Egwene acompañada por lord Gareth y, lo más importante, para asegurarse de que las cabezas de los Ajahs supieran que algunas Asentadas estaban hablando sobre negociaciones con Elaida y que Egwene se había mostrado firme. Habría sido más fácil si ésta hubiera sabido quiénes eran esas mujeres, pero ni los juramentos de fidelidad incluían revelar tal dato. Myrelle casi se había tragado la lengua cuando Egwene lo sugirió. Que a una la pusieran a hacer un trabajo para el que no la habían entrenado no era precisamente el mejor modo de aprenderlo, y Egwene sabía que tenía montones de cosas que aprender todavía sobre cómo ser la Amyrlin. Muchísimo que aprender y al mismo tiempo mucho trabajo que hacer.

—Si me disculpáis, madre —dijo Sheriam cuando Beonin, la última en marcharse, desapareció entre las tiendas seguida de su Guardián de rostro marcado por cicatrices—. Tengo el escritorio con montones de papeles. —La falta de entusiasmo en su voz era comprensible. La estola de Guardiana venía con pilas y pilas de informes que ordenar y documentos que preparar. A despecho de su celo por el resto del trabajo, que en ese caso era mantener funcionando el campamento, cuando Sheriam se enfrentaba a otro montón de papeles se la había oído musitar fervientes deseos de que ojalá siguiera siendo Maestra de las Novicias.

Con todo, tan pronto como Egwene le dio permiso, puso al trote a su rodado de patas negras, lo que provocó la desbandada de un grupo de trabajadores vestidos con toscas chaquetas y bufandas enrolladas en las cabezas que cargaban grandes cestos a la espalda. Uno de ellos cayó de bruces en el barro medio congelado. El Guardián de Sheriam, Arinvar, un cairhienino delgado con canas en las sienes, se paró lo suficiente para asegurarse de que el tipo se ponía de pie y después taconeó su oscuro rodado en pos de la hermana, dejando al trabajador con sus maldiciones, la mayoría de las cuales parecían ir dirigidas a las risas de sus compañeros. Todo el mundo sabía que cuando una Aes Sedai quería ir a algún sitio, uno se apartaba de su camino.

Lo que se salió del cesto del tipo y se esparció por el suelo atrajo la mirada de Egwene y la hizo estremecerse: un gran montón de harina cuajada de gorgojos hasta el punto de que parecía haber tantos puntos negros en movimiento como el polvo de grano molido. Los trabajadores debían de llevar la harina estropeada a los montones de basura. No tenía sentido molestarse en tamizar lo que estaba infestado con plagas —sólo una persona que se estuviera muriendo de hambre lo comería—, pero eran demasiados los cestos con harina o grano que había que tirar a diario. En realidad, la mitad de los barriles con carne de cerdo y de vaca en salazón que se abrían para utilizar apestaban de tal forma que lo único que podía hacerse era enterrarlos. Para sirvientes y trabajadores, al menos los que ya habían vivido en campamentos, eso no era nada nuevo. Algo peor que lo habitual, pero no inusitado. Sin embargo, entre las Aes Sedai era causa de profunda preocupación. Cada barril de carne, cada saco de grano o de harina se había envuelto en un tejido de Conservación tan pronto como se compraba, y lo que quiera que quedara protegido por la Conservación no podía cambiar hasta que el tejido se retiraba. Pero aun así la carne se pudría y los insectos se multiplicaban. Era como si el propio saidar estuviera fallando. Era más fácil lograr que una hermana hiciera chistes sobre el Ajah Negro que conseguir hacerla hablar de eso.

Uno de los hombres que se reían se percató de que Egwene los observaba y dio con el codo al tipo manchado de barro, que moderó su lenguaje, aunque no demasiado. Incluso frunció el ceño como si ella tuviera la culpa de que se hubiese caído. Con el rostro medio oculto por la capucha y la estola de Amyrlin doblada y guardada en la bolsa del cinturón, al parecer la tomaban por una de las Aceptadas, no todas las cuales tenían bastante ropa para vestir adecuadamente como deberían, o quizás una visitante. Había mujeres que se introducían en el campamento y que a menudo ocultaban la cara en público hasta que se marchaban, tanto si vestían finas sedas o paño tosco, y mostrar un gesto avinagrado a una desconocida o una Aceptada era desde luego mucho más seguro que hacer lo mismo a una Aes Sedai. Le resultó extraño no tener a todo el mundo inclinándose y haciendo reverencias.

Llevaba montada en el caballo desde antes del amanecer, y si un baño de agua caliente estaba descartado —el agua había que acarrearla de los pozos que se habían excavado a más de medio kilómetro del campamento, lo que hacía que hasta las hermanas más maniáticas de la limpieza se midieran—, si un largo y caliente remojo no podía ser, al menos sí le gustaría volver a pisar el suelo. O mejor aún, poner los pies en alto en una banqueta. Además, negarse a dejar que el frío la afectara no era ni mucho menos como calentarse las manos en un agradable brasero. También su escritorio estaría lleno de montones de papeles. La noche anterior le había dicho a Sheriam que le pasara los informes sobre el estado de reparación de las carretas y de las provisiones de forraje para los caballos. Serían áridos y aburridos, pero hacía comprobaciones diarias en parcelas distintas para así saber al menos si lo que le contaba la gente se basaba en hechos o en deseos. Y siempre había informes de los «ojos y oídos». Lo que los Ajahs decidían hacerle llegar a la Sede Amyrlin podía pasar por una lectura fascinante si se comparaba con lo que Siuan y Leane le entregaban de sus informadores. No es que hubiera contradicciones, pero lo que los Ajahs decidían guardarse para sí podía presentar conclusiones interesantes. El deber y el deseo de ponerse a gusto la empujaban hacia su estudio —una tienda más, en realidad, aunque todo el mundo se refería a ella como el estudio de la Amyrlin—, pero aquélla era una oportunidad para mirar en derredor sin que todo se preparara precipitadamente antes de su llegada. Se caló un poco más la capucha para ocultar mejor la cara y taconeó suavemente los flancos de Daishar.

Había poca gente montada, en su mayoría Guardianes, si bien algún que otro mozo se sumaba al tráfago conduciendo un caballo casi al trote hasta donde lo permitía el profundo barrizal medio helado, pero nadie pareció reconocerlas ni a ella ni a su montura. En contraste con las calles casi vacías, las aceras de madera, que no eran más que simples planchas toscas clavadas sobre trozos de troncos, se movían levemente bajo el peso de la gente. Un puñado de hombres, que resaltaban entre el torrente de mujeres como pasas en un pastel barato, caminaban dos veces más deprisa que el resto. A excepción de los Guardianes, los hombres acababan sus asuntos entre las Aes Sedai lo antes posible. Casi todas las mujeres llevaban cubierto el rostro y el aliento se convertía en vaho entre las aberturas de las capuchas, pero aun así era fácil distinguir Aes Sedai de visitantes tanto si las capas eran sencillas como bordadas y forradas con piel. La muchedumbre se apartaba al paso de una hermana. Cualquier otra mujer tenía que zigzaguear para caminar. Tampoco es que hubiese muchas hermanas fuera esa gélida mañana. La mayoría se encontrarían recogidas en sus tiendas. Solas o en grupos de dos o tres, estarían leyendo o escribiendo cartas o preguntando a sus visitantes qué información les llevaban. La cual sería compartida o no con el resto del Ajah, cuanto menos con cualquier otra persona.

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