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Encrucijada en el crepúsculo

Электронная книга - «Encrucijada en el crepúsculo». Краткое содержание книги:

Mat Cauthon huye con la hija de las Nueve Lunas mientras la Sombra y el imperio seanchan emprenden una persecución implacable. Por su parte, las Aes Sedai sienten un inmenso flujo de Poder en un lejano paraje del oeste y temen que sea obra de los Renegados o incluso de la propia Sombra.
La heredera del Trono de Andor, rodeada de enemigos y de amigos siniestros que planean su destrucción, puede caer en manos de la Sombra y arrastrar consigo al Dragón Renacido, y Egwene al’Vere pone sitio al centro de poder Aes Sedai, pero ha de vencer con rapidez para evitar que los Asha’man sean los únicos capaces de defender el mundo del Oscuro.
Tras limpiar la mitad masculina de la Fuente Verdadera, Rand al’Thor se ve obligado a correr grandes riesgos sin saber con certeza quiénes son sus aliados y quiénes son sus enemigos.
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—Me temo que tengo trabajo, Halima —dijo mientras se quitaba los guantes. Montones de trabajo, a diario. Los informes de Sheriam todavía no estaban en la mesa, claro, pero no tardaría en enviarlos junto con unas cuantas peticiones que en su opinión mereciesen la atención de Egwene. Sólo unas cuantas; diez o doce apelaciones de reparación por agravios sobre las que se esperaba que Egwene diera dictamen como Amyrlin. Tal cosa no podía hacerse sin examinar los casos y plantear preguntas si se quería dar un dictamen justo—. Quizá te apetezca comer conmigo. —Si terminaba a tiempo para no tener que conformarse con una comida allí mismo, en el estudio. De hecho, no faltaba mucho para el mediodía—. Entonces podremos hablar.

Halima se sentó de un salto, centelleantes los ojos y prietos los turgentes labios, pero su ceño se borró tan rápidamente como había aparecido. No obstante, en sus ojos quedaba un resto de ardor. Si hubiese sido una gata, habría tenido la espalda arqueada y la cola erizada como una estregadera. Se incorporó con gracilidad de los cojines y se alisó la falda sobre las caderas.

—De acuerdo. Si estáis segura de que no queréis que me quede.

Con increíble oportunidad, Egwene empezó a sentir un apagado pinchazo detrás de los ojos, una conocida señal precursora de una terrible jaqueca, pero aun así sacudió la cabeza y repitió que tenía que trabajar. Halima vaciló un instante, prieta de nuevo la boca y las manos empuñadas en la falda, tras lo cual descolgó bruscamente su capa de la percha y abandonó la tienda sin molestarse en echarse la prenda sobre los hombros. Su salud podría resentirse saliendo así, con el frío que hacía.

—Ese genio de pescadera la meterá en líos antes o después —rezongó Siuan antes de que las solapas de la entrada dejaran de mecerse. Ceñuda, se subió el chal a los hombros—. Se contiene cuando estáis vos delante, pero no se priva de usar su lenguaje más rudo conmigo. Conmigo o con cualquier otra persona. Se la ha oído gritar a Delana. ¿Desde cuándo una secretaria le grita a quien la emplea, que además es una hermana? ¡Una Asentada! No entiendo por qué la aguanta Delana.

—Eso es asunto de Delana, me parece a mí. —Cuestionar los actos de otra hermana estaba tan prohibido como interferir en ellos. Sólo por costumbre, no por ley, pero aun así algunas costumbres tenían tanta fuerza como la ley. No tendría que recordarle tal cosa a Siuan, precisamente.

Egwene se frotó las sienes y se sentó con cuidado en la silla de detrás del escritorio, pero de todos modos la silla se balanceó. Diseñadas para plegarse y guardarse en una carreta, las patas tenían la mala costumbre de doblarse cuando se suponía que no debían hacerlo, y ninguno de los carpinteros había sido capaz de arreglarlas tras varios intentos. La mesa se plegaba también, pero se mantenía más firme. Egwene habría querido tener la ocasión de comprar otra silla en Murandy, pero eran muchas las cosas que había que adquirir y el dinero no llegaba para todo, y más si ya tenía una silla. Por lo menos había conseguido un par de lámparas de pie y otra para encima del escritorio, las tres de hierro pintado en rojo, aunque con espejos que no tenían burbujas. Disponer de buena luz no parecía evitar sus jaquecas, pero aun así eso era mejor que tratar de leer con unas cuantas velas de sebo y una linterna. Si Siuan había captado censura en su comentario, no por ello se tomó las cosas con más calma.

—Es algo más que genio. En una o dos ocasiones me dio la impresión de que estaba a punto de golpearme. Supongo que tiene bastante sentido común para contenerse, pero no todo el mundo es Aes Sedai. Estoy convencida de que se las arregló de algún modo para romperle el brazo a un carretero. Él dice que se cayó, pero me pareció que me mentía por la forma en que esquivaba la mirada y por el temblor de la boca. No querría admitir que una mujer le había doblado hacia atrás el hombro, ¿verdad?

—Déjalo ya, Siuan —instó, cansada, Egwene—. Seguramente ese hombre intentó tomarse ciertas libertades. —Tenía que ser eso. No se explicaba cómo Halima podría haber roto el brazo a un hombre. Fuera cual fuera la descripción que se hiciera de la mujer, en ella no entraba el término «musculosa».

En lugar de abrir la carpeta que Siuan había dejado en la mesa, puso las manos a ambos lados de aquélla. Así evitaba llevárselas a la cabeza. Quizá si hacía caso omiso del dolor éste desaparecería. Además, para variar, tenía información que compartir con Siuan.

—Al parecer algunas de las Asentadas están hablando de negociar con Elaida —empezó.

Manteniendo el gesto inexpresivo, Siuan tomó asiento en una de las destartaladas banquetas y escuchó atentamente; sólo sus dedos se movieron, como acariciando la falda, hasta que Egwene terminó de hablar. Entonces apretó los puños y masculló unas cuantas maldiciones que sonaron fuertes aun viniendo de ella, empezando con el deseo de que todas se ahogaran en tripas de pescado de una semana y que después bajaran rodando a toda velocidad por una pendiente. El hecho de que salieran de un rostro joven y bonito hacía que sonaran peor.

—Supongo que obrasteis correctamente al dejar que siguiera adelante —murmuró una vez que acabaron sus invectivas—. El asunto se propagará, ahora que ha empezado, y de este modo os adelantáis. Supongo que lo de Beonin no debería sorprenderme. Es ambiciosa, pero siempre pensé que habría vuelto corriendo con Elaida si Sheriam y las otras no la hubieran metido en cintura. —Fijos los ojos en Egwene como para dar peso a sus palabras, siguió más deprisa—. Ojalá me hubieran sorprendido Varilin y esa pandilla, madre. Descontando a las Azules, seis Asentadas de cinco Ajahs huyeron de la Torre después de que Elaida dio su golpe de estado. —Sus labios se torcieron en una mueca al decir esto último—. Y aquí tenemos a una de cada uno de esos cinco. Estuve en el Tel’aran’rhiod anoche, en la Torre…

—Confío en que fueses prudente —la interrumpió secamente Egwene.

A veces Siuan parecía no saber lo que significaba tener prudencia. Había montones de hermanas esperando ansiosas a que les llegara el turno de utilizar los contados ter’angreal para el Sueño que tenían en su posesión, la mayoría para visitar la Torre, y aunque Siuan no lo tenía prohibido exactamente, sí se acercaba mucho a ello. Podría haber esperado una eternidad sin que la Antecámara accediera a que lo usara una sola noche. Aparte de las hermanas que la culpaban por la ruptura de la Torre —no se la había acogido tan afectuosamente como a Leane, debido a ello, ni nadie la mimaba—, aparte de eso, muchas recordaban su rudeza en la enseñanza cuando era una de las pocas que sabían cómo usar ese tipo de ter’angreal. Siuan no tenía paciencia con los necios, y todas lo eran las primeras veces que entraban en el Tel’aran’rhiod, así que ahora tenía que compartir el turno de Leane cuando quería visitar el Mundo de los Sueños. Si alguna hermana la sorprendía allí, la «casi prohibición» pasaría a ser un veto rotundo. O peor aún, pondría en marcha una investigación para descubrir quién le había prestado el ter’angreal, lo que podría acabar desenmascarando a Leane.

—En el Tel’aran’rhiod soy una mujer distinta con ropas distintas cada vez que doy la vuelta a una esquina —dijo Siuan, quitándole importancia con un ademán. Era una buena noticia, aunque lo más probable era que esos cambios tuviesen más que ver con la falta de control que con hacerlo a propósito. La confianza de Siuan en sus propias habilidades a veces superaba lo que estaría justificado—. La cuestión es que anoche vi una lista parcial de Asentadas y conseguí leer casi todos los nombres antes de que la hoja cambiara a una anotación con la cuenta de vinos. —Eso era algo común en el Tel’aran’rhiod, donde nada permanecía igual mucho tiempo a menos que fuese un reflejo de algo permanente en el mundo de vigilia—. Andaya Forae fue ascendida por las Grises, Rina Hafden por las Verdes y Juilaine Madone por las Marrones. Ninguna ha llevado el chal más de setenta años, máximo. Elaida tiene el mismo problema que nosotras, madre.

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