El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #1
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino». Краткое содержание книги:
—Shota, ¿qué es lo que sabes?
—Empecemos por lo más fácil. —La bruja suspiró—. ¿Recuerdas cómo detuviste el fuego mágico con la espada? Pues debes practicar el movimiento. Te puse esa prueba por una razón; Zedd usará el fuego mágico contra ti. Pero, la próxima vez, irá en serio. El fluir del tiempo no dice quién vencerá, sólo que tienes una oportunidad de ganarlo.
Richard abrió mucho los ojos.
—Eso no puede ser verdad…
—Tan verdad como un colmillo entregado por un padre para demostrar algo al custodio del libro, para demostrarle cómo fue conseguido —replicó la hechicera.
Richard se estremeció hasta el tuétano de los huesos.
—Y no, no sé quién es el custodio. —La mirada de la bruja se grabó a fuego en los ojos del joven—. Tendrás que averiguarlo tú mismo.
Richard apenas podía respirar y tuvo que forzarse a hacer la siguiente pregunta.
—Si ésa era la parte fácil, ¿cuál es la difícil?
Una cascada de cabello caoba cayó sobre un hombro de la mujer cuando apartó la mirada del joven para fijarla en Kahlan, aún inmóvil mientras las serpientes reptaban encima de su cuerpo.
—Sé quién es y por qué representa una amenaza para mí. —Shota enmudeció y se volvió hacia él—. Es evidente que tú no sabes qué es ella, o no estarías con ella. Kahlan posee un poder, un poder mágico.
—Eso ya lo sé —repuso Richard cautamente.
—Richard —dijo Shota, tratando de encontrar las palabras para explicarle algo que le costaba—. Yo soy una bruja y, como ya he dicho, uno de mis poderes es la capacidad de ver cosas que pasarán. Ésta es una de las razones por la que los necios me temen. —La hechicera acercó su rostro al de Richard, turbándolo. Su aliento olía a rosas—. Por favor, Richard, no seas tú uno de esos necios; no me temas por cosas sobre las que no tengo ningún control. Soy capaz de ver lo que pasará, pero yo no hago que suceda. El hecho de que vea esas cosas no significa que me gusten. Únicamente podemos cambiar el futuro mediante acciones en el presente. Demuestra que eres sabio y usa la verdad a tu favor; no clames contra ella.
—¿Y qué verdad ves, Shota? —susurró el joven.
Los ojos de la bruja lo miraron con una intensidad que lo dejaron sin aliento. La voz sonó tan cortante como una daga.
—Kahlan posee un poder y, si no muere, lo usará contra ti. —La hechicera examinaba atentamente los ojos de Richard mientras hablaba—. No hay ninguna duda. La Espada de la Verdad puede protegerte del fuego mágico, pero no de ella.
Las palabras de Shota se hundieron en el corazón del joven como un puñal.
—¡No! —musitó Kahlan. Ambos la miraron. El rostro de Kahlan se veía contraído por el dolor que le habían causado esas palabras—. ¡Yo nunca lo haría! Te lo juro, Shota, yo nunca le haría daño.
Las lágrimas le corrían por las mejillas. La hechicera dio un paso hacia ella y metió una mano entre las serpientes para acariciarle la cara y consolarla.
—Si no mueres, muchacha, me temo que lo harás. —Con el pulgar secó una lágrima de Kahlan—. Ya estuviste muy cerca, una vez —añadió, con voz sorprendentemente compasiva—. Te faltó muy poco. Estoy en lo cierto, ¿verdad? Díselo. Dile que digo la verdad.
Los ojos de Kahlan buscaron instantáneamente a Richard. Éste se sumergió en las profundidades de aquellos ojos verdes y recordó las tres veces que lo había tocado cuando él sostenía la espada, y cómo, debido al contacto, la magia de la espada le había lanzado un aviso. La última vez, en la aldea de la gente barro, cuando las sombras habían atacado, la reacción de la magia había sido tan fuerte que estuvo a punto de atravesar a Kahlan antes de darse cuenta de quién era. Kahlan arrugó la frente y achinó los ojos para eludir su mirada. Entonces se mordió el labio inferior y se le escapó un leve gemido.
—¿Es cierto? —preguntó Richard en un susurro, con el corazón en un puño—. ¿Has estado a punto de usar tu poder contra mí como afirma Shota?
Kahlan palideció y lanzó un fuerte lamento. Entonces cerró los ojos y suplicó a la bruja entre sollozos:
—Por favor, mátame, Debes hacerlo. He jurado proteger a Richard y ayudarlo a detener a Rahl. Por favor. Es la única manera. Debes matarme.
—No puedo —susurró Shota—. Le he concedido un deseo, un deseo estúpido.
Richard apenas podía soportar el dolor de ver a Kahlan, suplicando que la mataran. Sentía una opresión tal en la garganta que apenas podía respirar.
De pronto, Kahlan lanzó un grito y alzó bruscamente los brazos para que las serpientes la mordieran. Richard se abalanzó sobre ellas, pero éstas habían desaparecido. Kahlan tenía los brazos extendidos y buscaba las serpientes.
—Lo siento, Kahlan. Si dejara que te mordieran, incumpliría mi promesa.
Kahlan cayó de rodillas y, hundiendo los dedos en la tierra, lloró con el rostro pegado al suelo.
—Perdóname, Richard —sollozó. Con los puños agarró matas de hierba y luego los pantalones del joven—. Por favor, Richard, he jurado protegerte. Ya han muerto tantos… Coge la espada y mátame. Te lo suplico, Richard, mátame.
—Kahlan… yo nunca podría… —El Buscador no pudo decir más.
—Richard —intervino entonces Shota, también ella al borde de las lágrimas—, si Kahlan no muere antes de que Rahl abra las cajas, usará su poder contra ti. No hay ninguna duda. Ninguna. Si vive, nada cambiará eso. Te he concedido un deseo y no puedo matarla. Así pues, debes hacerlo tú.
—¡No! —gritó él.
Kahlan volvió a lanzar gemidos de angustia y sacó su cuchillo. Ya iba a clavárselo cuando Richard le aferró la muñeca.
—Por favor, Richard —suplicó Kahlan, cayendo contra él—, no lo entiendes. Tengo que hacerlo. Si no muero, seré la responsable de lo que haga Rahl. Seré responsable de todo lo que ocurra.
Richard tiró de ella de la muñeca para que se levantara y la sostuvo con un brazo, mientras ella lloraba en su hombro. El joven mantenía el brazo de Kahlan a su espalda, para que no pudiera hacerse daño con el cuchillo. Entonces fulminó con la mirada a Shota, la cual contemplaba la escena sin intervenir. ¿Había algo de verdad en las palabras de la bruja? ¿Era posible? El joven deseó haber hecho caso a Kahlan cuando trató de disuadirlo de que fueran a las Fuentes del Agaden.
Al darse cuenta, por el modo como lloraba Kahlan, de que le estaba haciendo daño, Richard aflojó la presión sobre el brazo de la mujer. Le cruzó por la mente la pregunta de si debería permitir que se matara. La mano del Buscador empezó a temblar.
—Por favor, Richard —dijo Shota con lágrimas en los ojos—, ódiame si quieres por lo que soy, pero no me odies por decirte la verdad.
—¡La verdad tal como tú la ves, Shota! Pero quizás ésta no sea la verdad que será. No pienso matar a Kahlan porque tú lo digas.
La hechicera asintió tristemente y lo miró con ojos llorosos.
—La reina Milena tiene la última caja del Destino —musitó—. Pero escucha mi aviso: no la conservará por mucho tiempo. Ésta es la verdad que yo veo; créela si quieres. Samuel —dijo, dirigiéndose amablemente a su compañero—, guíalos fuera de las Fuentes del Agaden. No les quites nada que no te pertenezca. Me enfadaría mucho si lo hicieras. Y eso incluye la Espada de la Verdad.
Richard vio una lágrima que rodaba por la mejilla de la hechicera cuando ésta se volvió, sin mirarlo, y empezó a alejarse por el camino. Entonces se detuvo y permaneció inmóvil un momento. Su hermoso cabello caoba le caía por los hombros hasta media espalda. La bruja alzó la cabeza y dijo, sin darse la vuelta, y con voz preñada de emoción:
—Cuando todo esto acabe, y si tienes éxito…, no regreses nunca aquí. Si lo haces…, te mataré.
Con estas palabras se alejó en dirección a su palacio.